Cuento: “Ruin herencia”

Por Jesús Chávez Marín |

En la a veces tan árida vida, la personalidad discreta de Silvia hacía la diferencia para Francisco, quien en su infancia se había acostumbrado tanto al dolor que ya lo sentía como parte natural del cuerpo. Rigoberto, su padre, lo había soportado nomás porque no le quedaba de otra, ni modo de echar al niño a la calle cuando murió la madre, pero para él fue un estorbo. En cuanto se quedó viudo se dedicó a vivir muy triste y también a darle vuelo a la hilacha con cuanta mujer le daba entrada; se volvió de lo más promiscuo él, que antes había sido un modelo de fidelidad y de cariño para la que siempre sería típicamente el amor de su vida.

Pero al hijo nunca lo había querido, y no porque dudara de que fuera suyo, sino porque simple y sencillamente no le gustaban los niños. Y además porque de por sí era un miserable de siete suelas. No quería darse por entendido de que la misma muerte de la mujer también había sido por culpa de sus esmerados ahorros, pues, a pesar de quererla tanto, cuando se puso grave, en vez de llevarla a un buen hospital fue y la aventó en el sótano de urgencias del IMSS, que la verdad parece una antesala del infierno donde en camastros con sábanas percudidas se van amontonando enfermos y moribundos a la espera de que algún médico misericordioso les abra un lugarcito en sala general donde apenas empiecen el tratamiento hospitalario que requerían desde que los llevaron dos, tres, siete horas antes.

Y ahora fue Francisco, el hijo, quien se quedó solo. La miserable historia se repite; pero Silvia no se murió, ella se fue a otra vida menos taciturna, luego de cinco años de estar casada en aquel hogar donde esperó a que llegara la felicidad, y esa nunca llegó.

 

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