Por Jesús Chávez Marín
Desde que construyeron el Hospital Morelos del Seguro Social, y muchos años después de su trágica muerte, Virginia Ozeta sube hasta la intemperie y baja hacia el abismo, siempre en el mismo cubo de acero reforzado.
Francisco Grijalva conoció a la atractiva mujer cuando ella estaba a punto de jubilarse. De buenas a primeras, le habló como si lo conociera de toda la vida:
―Buenos días, doctor. Supongo que usted es el nuevo residente. ¡Válgame! Cada vez terminan más jovencitos la carrera de medicina, y qué bueno, sangre nueva ―le dijo con desparpajo y coquetería.
El joven le respondió en el mismo tono:
―Válgame pues, y muy encantado de que sea usted el comité de bienvenida ―respondió, mirando discreto los generosos pechos en el altorrelieve que se dibujaba en la blusa de la enfermera, donde venían escritas dos palabras: Virginia Ozeta.
―No lo soy, pero de usted lo seré. Para que sienta bonito el ambiente de trabajo, lo invito este viernes a la fiesta de mis deliciosos cincuenta. No me vaya a decir que no, prométame que irá. Van a venirse todos los compañeros y las compañeras, desde intendentes hasta el director. Después de todo, no se cumplen cincuenta todos los días. Aunque parezco de treinta, ¿no es cierto?
La perorata de la mujer le parecía graciosa y extravagante, en especial aquello de “van a venirse todos los compañeros”. También le impresionaban las hermosas piernas de su alegre interlocutora, quien de verdad no parecía una cincuentona, sino una modelo de espectacular minifalda.
Luego de aquella fiesta de cumpleaños, el joven médico y la parlanchina enfermera se hicieron amantes y fueron felices. Hasta que los separó la muerte.
En uno de esos meses regresó de Chiapas el comandante Trevizo, quien estaba encaprichado con Virginia Ozeta. Vivieron juntos unos años, hasta que a él lo cambiaron de plaza. Le pidió que se fuera con él, pero ella le dijo que de ninguna manera: no estaba dispuesta a dejar su trabajo, ni a irse tan lejos de la familia. Y menos con un hombre casado. Y ahora, luego de diez años, regresa muy orondo como si yo fuera una vil Penélope, nomás tejiendo bufandas sin punta. No, chiquito.
El comandante enloqueció de furia cuando le dijeron que su antiguo amor ya tenía novio, uno mucho más joven y bello. Eso no podía tolerarlo.
A él no lo conocía, pero a ella la esperó una mañana entera en la planta baja, con paciencia inaudita, hasta que al abrirse la puerta automática del elevador Otis, apareció la hermosa figura de la mujer. El comandante Trevizo disparó con precisión de cirujano, le vació la carga completa de su Remington 45 reglamentaria, crucificándola a balazos.
Desde entonces Virginia Ozeta se aparece en el elevador Otis exclusivo del personal médico. En las noches y en el día menos pensado.
