Las piernas nacionales se han cubierto de gloria

Por Francisco Ortiz Pinchetti

Aclaro de entrada mi absoluta ignorancia en el tema futbolístico y mi lejanía de siempre de ese deporte mundialmente popular. Debo decir que nunca he presenciado personalmente un partido formal, que ni siquiera conozco el Azteca y que nunca he entrado a un estadio de futbol salvo una vez para asistir a un concierto.

Sin embargo, no puedo sustraerme de la vorágine mundialista que envuelve a nuestra ciudad, a nuestro país, a nuestro continente y creo que al mundo entero. No es posible aislarse del tema, que se te presenta en cualquier café, en cualquier restaurante, en cualquier comercio, en las oficinas públicas o privadas, en las escuelas, en las calles, las peluquerías, el Metro y desde luego en los medios de comunicación, para los que parece que las únicas noticias dignas de difundir son los partidos de futbol, los goles y los comentarios de los cronistas.

Supongo que no soy el único al que, a pesar de mi ignorancia y mi supuesta indiferencia hacia el torneo, le resulta a la vez imposible no interesarse en la eliminatoria que va definiendo el rumbo –y el inmenso negocio– del Mundial. Reconozco que es una contradicción flagrante. Supuestamente me vale madre el futbol y sin embargo estoy al tanto del resultado de cada partido, como ocurrió la tarde de este jueves con el inesperado triunfo de Ecuador sobre Alemania 2 a 1.

Dicho lo anterior puedo reconocer mi inevitable involucramiento a la ola nacionalista que se desató el miércoles por la noche en el Estadio Azteca y envolvió a la ciudad toda. Y mi sorpresa ante los alcances que tuvo la celebración de la tercera victoria de la Selección Nacional, que según las cifras oficiales sacó a 800 mil fanáticos a las calles, sólo en la Ciudad de México. Dicen que otros 140 mil en Monterrey y 60 mil en Guadalajara. Y miles y miles más en todos los rincones del país.

El fenómeno escapa a las consideraciones sociológicas. Es la exaltación máxima del nacionalismo, de lo mexicano, de lo nuestro. El desfogue, seguramente, del ánimo afectado por los agobios y problemas de la vida cotidiana. Nada es más importante, nada más trascendente, nada más histórico.

Si, histórico.

La euforia en la que cayeron los narradores televisivos ayudó sin duda a la exaltación del triunfo de nuestros muchachos, justamente convertido en héroes nacionales. Y al día siguiente, los encabezados de los diarios, los comentarios por radio y televisión, las pláticas en las calles, las conversaciones festivas en los corrillos de las oficinas.

La narrativa mediática se desbordó sin remedio tras el partido, calificando lo ocurrido como una “noche soñada” o “la noche mágica” en la que México “irrumpió en la historia” y “conquistó al mundo”. Entre titulares que celebran este “paso perfecto e histórico”, se insiste en que estamos ante “la noche grande del fútbol mexicano”, un evento donde la “entrega, esfuerzo y pasión” de los jugadores fueron vistos como símbolos que nos “llenan de orgullo” y “representan con grandeza a México”. La Presidenta Sheinbaum Pardo dijo que “la emoción que se vivió en cada rincón de México demuestra que el fútbol nos une como Nación…”

Bajo este clima, los espacios de opinión llaman a “¡vamos con todo!” ante la certeza de que el Tri, finalmente, “se supera a sí mismo”. Se describe el encuentro como el momento en que se “rompió el maleficio”, una “marea verde” donde se vive una “noche que pasará a la historia”, consolidando un entusiasmo colectivo que eleva el resultado deportivo a una escala de hazaña nacional.

Todo eso, y más, me llevó a buscar una frase que describiera esta hazaña inigualable, única, histórica. Escudriñé entre las grandes glorias de nuestro país –que lamentablemente no son muchas– y recordé finalmente la victoria militar del Ejercito de Oriente mexicano sobre las tropas de Napoleón en Puebla de los Ángeles. Nuestra victoria efímera, pero trascendente hasta la inmortalidad en la historia patria de los libros de texto.

“Las armas mexicanas se han cubierto de gloria”, puso el general Ignacio Zaragoza en un telegrama que envió al Ministro de Guerra del gobierno juarista, Miguel Blanco Múzquiz, el 5 de mayo de 1862, al término de la batalla. Me parece que la proeza del estratega texano y sus muchachos resulta absolutamente equiparable a la de los pupilos de Javier Aguirre Onaindía, más conocido como “El Vasco”, en el llamado Coloso de Santa Úrsula.

El desenlace histórico de aquella hazaña gloriosa, que esperamos no se repita en el caso de nuestra Selección, es un tanto triste: tras el repliegue obligado por la derrota –muerto de tifo pocos meses después el general Zaragoza–, los franceses regresaron con una fuerza superior de 30 mil soldados y el apoyo de conservadores mexicanos. Luego de un largo y devastador sitio que duró poco más de dos meses, Puebla cayó finalmente en manos francesas en mayo de 1863, lo que abrió el camino para la ocupación de la Ciudad de México y el establecimiento del Segundo Imperio Mexicano con Maximiliano de Habsburgo.

Nada que ver por supuesto con nuestras expectativas ante las próximas jornadas del Mundial que esperan a la Selección Mexicana. No importa que según opinión de algunos especialistas, mientras la narrativa oficial se esfuerza por edificar un monumento a la eficacia organizativa, el análisis técnico revela una realidad menos heroica: el equipo mexicano transita por el torneo entre dudas estructurales y una dependencia absoluta de chispazos individuales.

En El País, el cronista Andrés Burgo destaca en su cobertura que, más allá de los goles de Mateo Chávez, Julián Quiñones y Álvaro Fidalgo, lo más relevante es que México ha roto su propio “maleficio” histórico en primeras fases. El enfoque periodístico subraya que la Selección ha superado la incertidumbre inicial para proyectar una imagen de suficiencia, aprovechando la localía en el estadio Azteca.

No obstante, el medio español hace un contraste necesario: mientras la afición vive una euforia justificada por la histórica racha, el análisis sugiere que la verdadera prueba de fuego será cuando el Tri enfrente a oponentes de mayor jerarquía, advirtiendo que el éxito actual no debe ocultar las carencias estructurales en la formación de talento joven, un tema que suele quedar en segundo plano ante la inmediatez de los festejos.

Los expertos que leí coinciden en que la solidez y el orden táctico —prometidos por el “Vasco” Aguirre— “siguen siendo una promesa en construcción”. Detrás de los números, persiste una fractura evidente entre la contundencia del marcador y la pobreza de un juego que, lejos de emocionar, genera más incertidumbre que certezas de cara a las instancias decisivas.

Eso, sin embargo, no importa ahora: las piernas nacionales se han cubierto de gloria. Válgame.

DE LA LIBRE-TA

BIENVENIDO, MAJESTAD. En el antiguo Palacio Virreinal donde vive –construido sobre el mismo predio en el que Hernán Cortés construyó su residencia tras la Conquista– Claudia Sheinbaum Pardo recibió la tarde del jueves al rey Felipe VI de España. Sin querer queriendo, como diría Chespirito, la mandataria puso fin con un emblemático apretón de manos a la pausa absurda y caprichosa con la que su antecesor tabasqueño entorpeció las relaciones entre ambos países. Luego informó que acordaron “fortalecer la relación bilateral”. Lo dicho: sin hacer ruido… ni alharaca.

@fopinchetti

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