Era 1996. Un año de mucha actividad periodística. Escribía para diversos medios con una aportación semanal en cada uno de ellos, además de mi trabajo cotidiano para el que trabajaba.
Además tenía mis clases matutinas y nocturnas. Precisamente en una de esas noches de frío intenso, que hacía necesario el uso de bufanda adentro del salón, un joven de lentes circulares me hizo una pregunta que me llevó a una respuesta extensa. “¿Qué entrevistas le faltan por hacer y quisiera hacer con toda la ilusión?”. Vaya. Lo resumí con tres personajes. La Madre Teresa de Calcuta, el Papa Juan Pablo II y el Dr. Bernard Nathanson.
No hubo tiempo para la Madre Teresa, que falleció en 1997. A Juan Pablo II lo vi en su visita a Chihuahua el 10 de mayo de 1990 e hice mi crónica de esa pequeña estancia, y que al leerla 36 años después me doy cuenta que era un imberbe acomodador de palabras. Su larga enfermedad ya no dio tiempo, y por supuesto no tenía ni idea de cómo llegar a él para solicitar la entrevista.
Sí pude hacer la del Dr. Nathanson. Una destacada eminencia en el campo de la medicina, aunque con un pasado no oculto muy complejo. Con sus propias manos practicó más de cinco mil abortos, incluyendo el de su propio hijo. Gracias a las estudios del ultrasonido y similares pudo descubrir solo por la ciencia que lo que se desarrolla en el vientre de la madre es una persona. Vino su conversión y se dedicó en los últimos años de su vida a promover la vida desde la concepción. Lo entrevisté en esa última etapa.
Una de tres. No está mal.
Algunos años después, una joven de sonrisa abierta me preguntó sobre los escritores a quien desearía entrevistar. En primer lugar, Susanna Tamaro. Luego García Márquez, Vargas Llosa, Khaled Hosseini, Joaquín Antonio Peñalosa, Jorge Ibargüengoitia…
Iba a hacer más larga la lista cuando me acordé del libro La ciudad de las luces muertas, de David Uclés, que pudo conjuntar en este texto a una cuarentena de escritores, pintores, arquitectos, músicos y otros artistas, vivos y muertos, en una sola noche para que platicaran entre ellos.
Ojalá que hubiera podido estar allí con mi grabadora y traerme de vuelta a este mundo todas esas entrevistas.
Uclés hace un buen libro para reunir a todos estos artistas para que dialogaran sobre sus proyectos, sus vidas, sus anhelos, sus polémicas, sus arrebatos y sus ilusiones idas que no pudieron plasmar en sus obras.
Aunque el libro comienza con la prematura muerte del grandísimo Carlos Ruiz Zafón, el libro realmente se inicia con Carmen Laforet, quien asiste a los Juegos Florales en una noche interminable de la que no quiere que llegue al final. Pero termina. Justo en ese tiempo de frontera del fin pide un deseo para alcanzar la inspiración que está buscando para escribir su novela: la oscuridad que el día le está robando.
Su deseo se cumple. Barcelona se queda en completa oscuridad durante todo un día.
En esas tinieblas reviven todos los artistas muertos, que conviven con los de otra época y la del presente provocando diálogo de erudición y descubrimientos.
Imagínense los diálogos de personajes como Pau Casals, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Ana María Matute, Simone Weil, Picasso, Dalí, Woody Allen, Gaudí (tenía que ser), Miró, Rubén Darío, Bolaño, los hermanos Goytisolo, Freddie Mercury, Magic Johnson, Orwell, García Márquez, Machado, Vázquez Montalbán, García Lorca, Rosalía…
Con todos estos personajes, Uclés juega con sus vidas y sus pasiones, sus vicios y virtudes, sus talentos y sus torturas. Y a la vez juega con la obscuridad y cómo vencerla. Así, los mismos personajes hablan de sí mismos, de los demás y también de sus obscuridades y sus luces, de cómo convencerse que la luz vence a la obscuridad y cómo desde sus competencias pueden alcanzar la luz que venza por fin a las tinieblas que se han apoderado de la gran Barcelona.
Tiene razón el texto de la contraportada. Las Barcelonas que han existido convergen y se superponen en el mismo lugar: reaparecen edificios desaparecidos y surgen otros del futuro. En ese territorio donde conviven tiempos y miradas que jamás debían coincidir, la ciudad queda desbordada por todas sus épocas.
Cierto. Porque la Ciudad de las luces muertas trata también algunas cuestiones de ciencia ficción.
Ahhh… si hubiera podido estar en esas páginas de Uclés me hubiera acercado a García Márquez y a Vargas Llosa para que me dijeran de unas vez por todas qué realmente sucedió segundos antes de los puñetazos entre ambos. Ups. Y a Gaudí para que me hablara sobre el esplendor de la Sagrada Familiar y la belleza de las líneas y las curvas.
Mientras, sigo soñando en las entrevistas que no he logrado. Me acercaría a mi tocaya la Melchor para que me sumergiera en sus párrafos interminables sin puntos ni comas. Con Hosseini para que me alegrara las tardes con sus cometas en el cielo y me recordara al diácono Pablo Aarón Martínez.
Iría al norte de Italia. Al Trieste, a ese campo en despoblado, para que entre gallinas, burros, centenares de flores y macetas y una media docena de perros, poderme sentar a tomar el café con la adorable Susanna Tamaro y pudiéramos abrir ambos corazones mientras la mañana se convirtiera en tarde y la tarde en noche y la noche en una fogata para hacer rescoldos que amparen la belleza del interior.
Ojalá.
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!
