Cuento: Emprendimiento

Por Jesús Chávez Marín

En los negocios hemos sido pendejos pero entusiastas. Mi socia y yo nos conocíamos desde niños, y cuando la corrieron de Stym Yu, en aquella crisis de maquiladoras donde cerraron más de la mitad de las plantas, se fueron de golondrinas a Corea, ella me dijo:

―Ya basta de trabajar para otros, Esteban. Hay que poner nuestro propio negocio.

Era ingeniera industrial y le dieron un montón de dinero como indemnización, se sentía la reina de Wall Street; yo en cambio era licenciado, pero en Letras, y sobrevivía de milagro con un taller literario y ocasionales trabajos editoriales, todo eso una forma de decir que andaba desempleado, la verdad.

―Estás loca, Santa Rosalía. No tengo ni un cinco partido por la mitad para lanzarme de empresario ―le contesté, con la proverbial sinceridad que me caracteriza. Le dije Santa Rosalía porque así le pusieron de nombre sus padres, Santa Rosalía, por una manda que hicieron.

―Tú no digas que tienes frío, aunque te arrope la nieve ―repicó. Esa especie de Mantra me hizo recuperar la fe perdida.

Abrimos una fábrica de tornillos. Santa Rosalía era la proyectista, jefa de producción, la de logística y materiales. Yo era el administrador, jefe de intendencia, cobrador, contador y el que va por las sodas y los burritos.

Nos fue bien los primeros años, pero nos comieron los impuestos y la renta estratosférica que además aumentaba cada seis meses; nuestra casera era una señora muy canija que traía la escuela libanesa de cobrar polvo de oro y sangre por los numerosos edificios que heredó de su tiznada madre.

Lo que nos vino a dar la puntilla es que Santa mandó traer de Alemania un torno de última generación con todos sus aditamentos. Aditamentos, así decía ella. Lo sacó fiado en dólares, pagó un montón por concepto de flete en un barco chino, lo instaló ella misma con una grúa que alquiló en Materiales Estrada y nos pusimos a producir toneladas de tornillos de todas las medidas y funciones. Pero las ventas no pudieron ir al mismo ritmo porque casi todas las fábricas de aquí traen los materiales de Estados Unidos y de China. Valimos. Quebramos. Cerramos. Y ahora mi socia y yo estamos endrogados con unas deudas tan abultadas que de milagro no hemos ido a dar al bote. Todavía.

 

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