Por Guadalupe Ángeles
Me voy contra los muertos. Ellos son los únicos responsables de mi ira de hoy. Hay uno en especial. Nada sabe de mí ni de nada desde hace demasiado tiempo como para echarle a perder la tranquilidad ganada. Sí, soy como un equilibrista haciendo gala de mi insensatez mientras la gente allá abajo espera verme desplomarme contra la tierra hollada por los elefantes y los payasos. No. No hay culpables cuando ya sabes el sabor de la muerte. Allá él con sus mentiras. Con sus juegos de palabras y su poder ejercido con toda conciencia. Esas formas suyas hicieron las nuestras. Por supuesto. Pero yo sí quiero tener un hermano. No hay demasiados ángeles en esta tierra. Sé que tal vez no veré sus alas, ni sabré de qué color son o si seguirá por aquí reprochándole a quién sabe quién que su padre no era el mío o viceversa. Ningún hijo tiene padre si su madre no quiere. Claro que me explico, tuve dos hermanos. Ya se fueron. Que vengan y me reclamen esta ira sin freno que me tiene en vela. Que vengan y me digan ya cálmate, deja en paz a los muertos. “Que los muertos entierren a sus muertos”. Yo quiero tener un hermano. Ya no me queda ninguno.
Y como sigo viva tengo la obligación de darme como un regalo el sueño. Quédense los muertos con sus actos humanos, demasiado humanos.
