Por Jaime García Chávez
No está bueno el holán, y menos tan ancho. Esta es mi primera reacción a la carta con la que Andrés Manuel López Obrador dice dar su apoyo incondicional a la presidenta Claudia Sheinbaum.
Al momento de escribir estas notas tengo la percepción de que se ninguneó la misiva del tabasqueño en prácticamente todos los medios. Ya sus pronunciamientos están lejos del estrépito que causaban hace poco más de dos años, no sólo porque ya no es una novedad el haber roto su propio compromiso de retirarse absolutamente de la vida política del país, sino también porque se ha conducido con falsedad, abonando al propio injerencismo en una Presidencia que no es la suya… o quién lo sabe.
Empero, conviene hacer algunas observaciones, empezando por enfatizar que el apoyo en realidad no es tal, sino todo lo contrario. Con la fama que tiene de preservar las ínfulas de Jefe Máximo, subraya un aspecto que en las relaciones internacionales se detestan, como recurrir a agencias informales para decidir los problemas que existen entre los estados.
López Obrador porfía y se arriesga a que alguna vocería norteamericana le pregunte a la presidenta Sheinbaum quién ejerce el poder en México, y si está en la jefatura que se supone tiene su sede en Palacio Nacional o en Palenque, Chiapas. No se decantará la respuesta por esa vía, así lo entiendo, pero no se dejará de tomar nota en los grandes círculos del poder norteamericano el protagonismo indebido, irresponsable y lesivo que transpira la carta. Ya veremos cuando nos acusen recibo.
Además llama la atención la actitud de la presidenta Sheinbaum al no poner distancia, sino por el contrario, tomar la misiva como plausible, sin más fundamento que la facciosidad que se oculta por compartir el mismo lenguaje, que es coherente con la retórica pro soberanista, antiinjerencista, que viene acompañada del establecimiento de una abstracta causal de nulidad electoral, en proceso, por la intervención que pueda haber desde fuera de México en asuntos político-electorales.
La carta exuda el narcisismo de su autor. Pareciera que está en competencia con la presidenta Sheinbaum por los subrayados que hace cuando se refiere a su gestión ante el Trump del primer mandato. Él sí arregló, él sí solucionó, él sí defendió el petróleo y firmó el T-MEC, todo lo que ahora pende de otra administración que, por lo pronto, no ha ofrecido resultados. Vaya, hasta el propio general Cienfuegos, de ingrata memoria, salió ileso y condecorado por el propio López Obrador cuando lo recibió de manos de Trump. Él sí pudo revisar las pruebas contra el general, no como ahora que sólo se quedan en un clamor suplicante de la presidenta en el caso Rocha Moya y los que se acumulen.
Dice López Obrador que el Trump con el que trató es diferente al de hoy y da a entender que era mejor. Incluso, autoparafraseándose, exclama: “¡Por el bien de todos, que regrese el otro Trump!”. Se requiere, en efecto, ser narciso, ignorante o cínico para plantear esto.
La periodista ganadora del Premio Pulitzer, Maggie Haberman, publicó en 2024 una biografía del presidente de Estados Unidos en cuyo título ya va implícita una caracterización suya: “El camaleón. La invención de Donald Trump”. En algún capítulo escribe: “Donald Trump empezó a fraguar su regreso igual que había fraguado todos los anteriores: negándose a reconocer ningún error”. Este es el Trump que López Obrador quiere que regrese.
Esta observación se suma a esclarecidos análisis que han ido examinando críticamente a Donald Trump desde sus orígenes, su crecimiento exponencial de millonario, su carácter atrabiliario, su racismo y supremacismo, a la vez que su primera administración y la que hoy ostenta.
Entre estas dos se interpone un hecho que López Obrador seguramente reconoce como bueno, porque fue de el Trump que él desea. Y me refiero al intento de incitar a la insurrección a los sectores conservadores, pagados para asaltar la Casa Blanca, luego de su derrota a manos del demócrata Joe Biden. Como es sabido, hoy con el apoyo del voto popular pretende destruir esa democracia; pero, como Hitler, también se abonó su propio golpe de Estado, que al nazi sí lo llevó a la cárcel, pero a Trump lo llevó a la silla presidencial para un segundo mandato, en un tercer intento.
De alguna manera López Obrador presume conocer a Trump, tanto que hasta lo cataloga, sutilmente, de títere: “…atribuyo el sorprendente cambio de Trump a sus falsos amigos y consejeros internos y del exterior que lo han estado embarcando en viles y siniestras aventuras (…); que mande al carajo a las rémoras que lo rodean y azuzan, trátese de quien se trate, sean paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores o malvados”. Todo esto, por si le faltaran adversarios a Sheinbaum.
Probablemente, empeñado en utilizar la práctica de las epístolas evangélicas, López Obrador lanzó su carta, pero no tiene buenas nuevas, sino puras malas, pues como dice el refrán, a lo único que contribuye es a dejarnos la víbora chillando.
Es el error que cometen los que consideran que la política exterior de un país se dicta desde el interior; es negar lo mejor de la política internacional mexicana, pero sobre todo es falta de autocontención y no meterse, como prometió, donde no le llaman.
***
Jaime García Chávez. Político y abogado chihuahuense. Por más de cuarenta años ha dirigido un despacho de abogados que defiende los derechos humanos y laborales. Impulsor del combate a la corrupción política. Fundador y actual presidente de Unión Ciudadana, A.C.
