El miedo no anda en “Peje”

Por Francisco Ortiz Pinchetti

El inopinado “regreso” de AMLO a la escena pública sólo se explica por la convicción –largamente anunciada– de que el gobierno de Estados Unidos va por él. Y ya no son sólo rumores o especulaciones: es un hecho que cada vez se cierra más el círculo en torno suyo. Como dice el dicho, ahora sí la lumbre le llega a los aparejos.

Primero fueron los 10 cochinitos de Sinaloa, encabezados por el Gobernador de Rubén Rocha Moya, hombre cercanísimo al mesías de Macuspana. Ahora son los gobernadores morenistas Alfonso Durazo Montaño, de Sonora, y Américo Villarreal Anaya, de Tamaulipas, ambos impuestos y protegidos por él, el primero su Secretario de Seguridad Pública. Todos, presuntamente implicados en temas del crimen organizado, narcotráfico o huachicol.

Si atendemos a los vaticinios publicados en las últimas semanas por varios comunicadores –de las que algunos se burlaban–, y que se han venido confirmando, en la lista siguen los más cercanos personajes del exmandatario: su ex secretario de Gobernación, Adán Augusto López Hernández; el exdirigente de Morena y actual titular de la SEP, Mario Delgado Carrillo, y su propio hijo amado, Andrés López Belterán, el ya célebre “Andy”.

Detrás del inoportuno “respaldo incondicional” a la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo (¡no me defiendas, compadre!) y su aparente reclamo al injerencismo de Donald Trump, lo que yo leo en su extenso y farragoso texto difundido el miércoles por X es evidencia de un miedo incontrolable. A la vez acusa, ruega, evade, adula, supone, miente. Lo imagino con esa risa nerviosa tan suya mientras agita su pañuelito blanco, pero ahora para clamar clemencia, ¡recurriendo a su supuesta buena relación con el Presidente estadunidense durante el primer gobierno del anaranjado mandatario gringo!

Es el suyo un texto de antología.

Claro, se contradice en cada línea. “No me extraña –escribe– que en la embestida del gobierno de Estados Unidos contra el de México se utilicen las prácticas nada escrupulosas de siempre”. Agrega que ahora se utiliza “el pretexto” del combate a la migración y al narcoterrorismo.
Ahora resulta que al final del mandato del republicano, “eran tan buenas las relaciones y había tanta confianza en nuestro gobierno que, cuando elementos de la DEA y del Departamento de Justicia, en venganza contra el Ejército Mexicano fabricaron un expediente en contra del General Salvador Cienfuegos, secretario de la Defensa durante el Gobierno del Presidente Peña, y lo detuvieron en Estados Unidos, solicité al Presidente Trump que nos permitiera revisar las pruebas, porque dudábamos de la autenticidad de las mismas, a lo cual accedió”, ordenando que se radicara el caso en México para ser enjuiciado acá. Compromiso, por cierto, que el Gobierno de AMLO incumplió.

Es claro, escribe también el tabasqueño, que “estos ataques no son motivados, como bien lo dijo nuestra presidente Sheinbaum Pardo en el pasado domingo, por un interés genuino de resolver el grave problema que lamentablemente sufren los estadounidenses por la prologada pandemia de adicción al consumo de drogas; no, se trata de un asunto de carácter político y electoral…”

Y entonces repite la cantaleta:

“Para ser más claros: algunos funcionarios de Estados Unidos están tratando de debilitar a Morena y fortalecer a la oposición de derecha en México con la idea de volver a disponer de un gobierno entreguista, corrupto mafioso, cruel y, por lo mismo, vulnerable, subordinado y fiel a sus designios intervencionistas”.

Por supuesto, no menciona ni por asomo los casos concretos de sus gobernadores involucrados y sujetos a investigación en Estados Unidos ni a las reiteradas afirmaciones de que México está gobernado por los cárteles del narcotráfico. En cambio, asegura que lo único que le llama la atención es “el sorprendente cambio de actitud del presidente Donald Trump, en especial en la relación con México”.

Y pone, textual:

“Mientras fui Presidente, se abstuvo de hablar mal de los mexicanos y de mencionar el muro, firmamos el nuevo tratado comercial; no puso trabas a las exportaciones con pretextos sanitarios, ambientales o de otra índole, como es frecuente con el tomate, el atún o el ganado. Tampoco aumentó los cobros por el envío de remesas; aceptó nuestra propuesta de no incluir el petróleo de México en el tratado, por respeto a nuestra soberanía energética.

Más falso que un billete de tres pesos suena al afirmar enseguida que, hablando de lo que le consta y puede probar, “el Trump de ahora es distinto al que traté”. En su experiencia, agrega, “fueron varios los asuntos que resolvimos, en bien de nuestros pueblos, mediante el diálogo argumentado y sin confrontación…”

Y agachando la cabeza, claro, acatando sus órdenes, cediendo a sus amenazas, ¿verdad, Marcelo?

La verdad es que durante el periodo de coincidencia presidencial entre López Obrador y Trump (diciembre de 2018 a enero de 2021), la relación bilateral enfrentó severas crisis en migración, comercio, seguridad y energía. El punto de mayor tensión ocurrió en mayo de 2019, cuando Trump amenazó con imponer aranceles progresivos a las importaciones mexicanas si no se frenaba el flujo migratorio, lo que llevó a México a desplegar la Guardia Nacional en sus fronteras y a aceptar el programa Quédate en México (Remain in Mexico) para solicitantes de asilo.

En materia comercial, la relación estuvo marcada por la dura renegociación del TLCAN, que concluyó con la firma y posterior entrada en vigor del T-MEC en julio de 2020. En seguridad, los momentos más críticos fueron la masacre de la familia LeBarón, que provocó que Trump amagara con catalogar a los carteles de la droga como organizaciones terroristas, y el arresto en Los Ángeles del exsecretario de la Defensa, Salvador Cienfuegos; este último incidente desató una fuerte presión diplomática que derivó en el retorno del general a México y en una reforma legal interna para restringir la inmunidad y operación de los agentes de la DEA en territorio nacional. A esto se sumaron los primeros roces por la política energética mexicana y sus efectos en las inversiones de empresas estadounidenses.

Pese a la retórica de Trump y a estos complejos diferendos, ambos mandatarios mantuvieron un pragmatismo político que evitó en efecto una ruptura total, consolidado con la visita oficial de López Obrador a la Casa Blanca en julio de 2020, que fue percibida por analistas y críticos como un espaldarazo político muy oportuno para Donald Trump, debido al complejo escenario interno que enfrentaba el mandatario estadounidense en ese preciso momento.

Ese encuentro, un caso de claro injerencismo por parte del Gobierno mexicano, ocurrió a menos de cuatro meses de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, justo cuando Donald Trump se encontraba abajo en las encuestas frente a Joe Biden debido a la crisis de la COVID-19 y las intensas protestas por el caso de George Floyd. Al ser el primer viaje internacional de López Obrador, el encuentro ofreció al mandatario estadounidense un oportuno escenario para ganar legitimidad internacional ante su aislamiento en ese momento, agravado por la ausencia del primer ministro canadiense Justin Trudeau. Los elogios del presidente mexicano en el Jardín de las Rosas, donde agradeció a Trump haber tratado a México “con gentileza y respeto”, fueron capitalizados de inmediato por la campaña de reelección republicana para suavizar la dura retórica antimexicana de Trump y atraer el voto hispano. Esa participación fue interpretada por analistas y por el propio Partido Demócrata como una intervención indirecta en los asuntos internos de Estados Unidos, que rompió con la tradicional neutralidad de la diplomacia mexicana.

Sin embargo, ahora habla de “el sorprendente cambio de Trump” y lo atribuye a sus falsos amigos y consejeros internos y del exterior que “lo han estado embarcando en viles y siniestras aventuras….” Por lo mismo, dice, no descarta –“y deseo”- que el Presidente Trump rectifique; “ojalá que vuelva a gobernar como antes, con entusiasmo, de manera personal, no delegando lo fundamental, confiando en su juicio práctico y en su instinto certero, y que mande al carajo a las rémoras que lo rodean y azuzan, trátese de quien se trate, sean paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores o malvados…”.

Lo dicho: el miedo no anda… ¡en Peje!. Válgame.

@fopinchetti

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