Por Jesús Chávez Marín
A la escritora agorzomada le llegó invitación para el Encuentro de Escritores Lunas de Octubre. En la carta la ponían por las nubes y le ofrecían el mar, hotel de lujo y la grandiosa presentación de su más reciente libro, con tres comentaristas eminentes y famosas. La escritora agorzomada sintió un escalofrío de entusiasmo y de íntimo gozo, y casi de inmediato el consabido mareo de su angustia.
Ay, cómo le iré a hacer, pensaba. En sus manos el fino papel de la carta se movía al ritmo de los espasmos de su nerviosismo, a los que ya estaba acostumbrada, aunque no debería estarlo, sino que desde hace años hubiera tenido que buscar ayuda médica, o psiquiátrica, o psicológica, qué sé yo, algo que le quitara lo manillenta.
Le daba terror nomás de pensar el grito en el cielo que pondría su marido talibán cuando supiera que la habían invitado a La Paz Baja California con gastos pagados, y durante una semana tendría que ausentarse de la casa, de los cinco hijos y de los brazos amorosos y fuertes y gandallas que la aprisionaban en el hogar dulce hogar.
Haciendo de tripas corazón, contestó por e mail con un sí. Que sí le mandaran los boletos de avión. Que sí reservaran su habitación en el hotel. Que apreciaba mucho la cordial invitación y agradecía el honor de ser presentada por las tres literatas tan prestigiosas, de las cuales era ella una rendida admiradora. Okey, a lo hecho pecho.
Su nombre apareció en el programa en un espacio distinguido, porque seguramente entre los organizadores de Lunas de Octubre alguien consideraba que los poemas que la escritora agorzomada publicaba en un sinfín de revistas literarias, además de sus dos libros, tenían un alto valor artístico, lo cual era cierto, porque la verdad es que la escritora agorzomada era una gran escritora, pero tan agorzomada que nadie la conocía, porque no iba a ningún lado, ni tenía Twitter, ni Facebook, ni fotos, ni selfies, ni redes. Y a pesar de que su nombre había aparecido en otros encuentros literarios por todas partes del país, nunca se presentaba. A última hora mandaba un mensaje de dos renglones avisando que no llegaría. Mi embarazo me lo impide, me salió trabajo de última hora, se me puso malo el más pequeño, mi marido tuvo que salir de viaje.
Esta vez de las Lunas de Octubre sucedió lo mismo: La respuesta afirmativa con entusiasmo. Los días que pasan. Los carteles que anuncian su ponencia, su lectura y su presentación. Y, dos días antes, la pálida disculpa y la ausencia de la escritora agorzomada.
