Cuento: Taquicardia

Por Jesús Chávez Marín

El paranoico que no creía serlo tiene un hijo muy amable que una vez lo invitó a que lo acompañara a El Paso a comprar unas garras. El hombre se alegró mucho, pero también se puso incapaz de preocupado, no aguantaba los nervios. Tembloroso fue al lugar más recóndito del trinchador, donde guardaba los documentos vitales, y respiró aliviado al ver que allí estaba su visa, a Dios gracias. Por si las dudas, también sacó su pasaporte mexicano que tenía en un bote de la Avena número uno, donde guarda otro bonche de papeles de suma importancia. Para su buena suerte, allí estaba también, intacto.

Pero el paranoico que no creía serlo pensaba para todo que tenía una suerte de la fregada, algo iría mal. Tal vez a su hijo y a él los detendría la migra nomás por quítame estas pajas: su hijo se salvaría de seguro, porque era un ingeniero chingón de la industria global, pero a él de seguro lo meterían a la cárcel al confundirlo con otro José Medina, porque Joseses Medinas hay un montón y algunos de seguro eran ilegales o algo. Diosito santo ayúdame a que nada me pase. Aunque ya le había dicho a su hijo que sí, tomó el teléfono para decirle que siempre no, que su salud no le permitiría viajar, y era cierto, la taquicardia no lo dejaba en paz con tanta preocupación. Pero no llamó. Prefirió consultar este peliagudo dilema con su exesposa.

─Oye, me invitó Martín a El Paso, ¿iré? ─preguntó después del obligado saludo y luego de pensar muy bien en las palabras que le iba a decir, pero que a la hora de la hora no dijo.

─¡Qué lindo m´hijo! Qué bueno que procura a su padre, a pesar de todo. Y pues, claro, ve con él, te la vas a pasar a toda madre, ya ves que él es muy alegre y muy espléndido. Además trae muy buena música en el radio de su troca ─respondió ella a su estilo, tan segura de sí misma y tan bonita siempre, a pesar de todo.

─Pues ya sé, pero es que acabamos de salir de la pandemia, me pasé dos años encerrado, hasta mandé poner en mi casa un cajón giratorio para que los mensajeros de Alsúper me pasaran la comida, y los de la farmacia mis obligatorias medicinas. Parecía yo Salinas: ni los miraba ni los oía, nomás les ponía mensajes en el celular. Y ahora, así como así, voy a salir a la intemperie, me da pavor ─exclamó el paranoico que no creía serlo, con la confianza propia del caso.
─Mira, tú ve con tu hijo, él te cuida, no te apures. Si pensara que te iba a exponer en algún peligro, te aseguro que no te hubiera invitado, él es muy responsable y organizado, ya lo conoces.

En la única persona de este mundo en quien confiaba el paranoico que no creía serlo era en su exesposa, quien además de ser psicóloga era la santa madre de sus hijos. Siguió su consejo y fue, claro, tomando todas las precauciones que consideraba pertinentes.

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