Por Jesús Chávez Marín
Para mi cumpleaños me trajo Kimball una pluma muy hermosa, marca Parker Frontier de color verde con punta de fierro, herrajes dorados y la tapa de acero pulido. No la envolvió para regalo, venía en un estuche metálico como las que se usaban antes para guardar jeringas y otro tipo de instrumentos quirúrgicos esterilizados. Me dijo:
―No te escribí una tarjeta de obsequio, me hubiera gustado ponerla, porque sé que guardas todo tipo de papeles, hasta las notas de la planchaduría ―aclaró con esa seriedad suya que esconde a un tremendo burlón.
―Pues entonces voy a traerte una tarjeta de las que tengo nuevas en una cajita de Newberry, y escríbemela con la pluma, sirve de que la estrenas: qué mayor gloria para esta pluma tan bonita que ser inaugurada por un gran escritor como lo eres tú ―le pedí, sin la menor ironía ya que, como todo mundo sabe, considero a Luis uno de los más finos escritores que ha habido en el mundo.
En vez de sonreír con satisfacción, o con esa humildad sin razón alguna de ser que lo caracteriza, noté en él cara de preocupación, se le veía de veras apurado, como si lo hubiera puesto en un brete.
―No puedo tocarla, o más bien, no debo tocarla ―advirtió.
―¿Es por la pandemia? ―pregunté, porque en esos días todo tenía que ver con el Coronavirus
―No es por eso. Es que lo que te traje es un objeto/ señal. Si la pluma la toca alguien que no seas tú, te manda señales en el color verde del casquillo, es decir, tiene reacciones químicas que te indican el alma y las intenciones de quien la toque. Puede cambiar de color, o aparecen anillos luminosos, o hasta puede producirse un ácido que te lesione los dedos cuando la persona que la haya tocado te la devuelva ―explicó Luis con esa meticulosidad con la que se toma su tiempo para desarrollar cualquier tema. Por cierto, hasta la fecha no he hallado ni un solo tema del cual no lo sepa todo, con gran detalle.
―Ay, no mames. Me estás vacilando, ya sabes que no creo en ninguna de esas patrañas esotéricas ―le repliqué, porque, la pura verdad, no creo en ninguna de esas patrañas esotéricas.
―Bueno, pues allá tú. Pero ten cuidado. Te traje esa pluma porque me vi apurado y de momento no hallé nada más qué regalarte cuando me invitaron tus hijos a tu fiesta de cumpleaños.
De eso ya va para un año. He prestado mi pluma muy escasas veces, solo cuando no puedo negarme, cuando me agarran en curva y me dicen de pronto ¿Traes una pluma para firmar esta solicitud de vacuna? o algo por el estilo. Ni modo de decirles no traigo, si la ven en la bolsa de mi camisa. Solo pocas veces la he soltado. Y a pesar de eso, la pluma ya solo es verde en la parte de abajo, porque se fue volviendo negra, guinda, roja, blanca, dorada y de otros colores indefinidos en la parte de arriba.
