Por Jesús Chávez Marín
René Palomino quería muchísimo a Pamela Balderrama, pero ella trabajaba en la calle Décima y Libertad, ya saben, de la vida galante que le dicen. La conoció de chiquilla galopando en la pradera de La Casita, un rancho aquí cerca; en aquel entonces era casi el paraíso, todo verde y el río muy alegre, siempre con agua cristalina y perfumada de jarillas.
Allí crecieron juntos. Desde que estaban en sexto de primaria René quedó prendado de la bonita Pamela, una güerita de rancho nariz respingada, varita de nardo, melena de Janis Joplin.
Pero a la familia le llegó la de malas porque a su papá lo mataron de un balazo, les quitaron las tierras y la familia se vino a la ciudad, a la casa de una tía que era como el diablo: a su propia hermana la puso de sirvienta y a las tres bellas sobrinas las metió al talón.
Pamela era la más chica, pero de todos modos.
René Palomino se quedó chiflando en la loma, literalmente, pues nunca se animó a venirse para acá por Pamela, siguió de ranchero y no se casó; recordaba muy terco a la novia linda.
