Cuento: Los vericuetos del arte

 

Por Jesús Chávez Marín

El artista incomprendido lloraba por los rincones, bueno, no lloraba por los rincones físicamente, al menos no a todas horas, pero tenía esa actitud cuando había alguien presente que atisbara las profundidades del dolor y la injusticia humana. Lo primero que decía era algo como esto:

―Ayer llevé mis cinco acuarelas a la Secretaría, las metí al concurso del Premio Chihuahua. Ya sé que no voy a ganar, pero qué le hace.

La bonita interlocutora, no tan conmovida ante el dolor ajeno, le hizo esta pregunta de lo más razonable:

―Si sabes que no vas a ganar, ¿por qué las llevaste?

El artista incomprendido no se esperaba ese golpe de dados de la lógica, sino un poquito de compasión ante el evidente drama que estaba por suceder, o sea, que los dictaminadores no sabrían apreciar las cinco llevadas y traídas acuarelas; de seguro premiarían a un influyente o a una influyenta, como suele suceder. No debería ser así, piensa él, y luego responde:

―Siempre concurso en todos los certámenes, pero nunca gano. He gastado un dineral en marcos, aceites, brochas, pinceles, tambos enteros de pintura y nadie me reconoce ―afirma casi en tono de lamento funeral el artista incomprendido.

La bonita interlocutora ya estaba por irse, porque desde el primer minuto de esta conversación de lágrimas y risas ya se sentía aburridísima, pero cometió el error de comentar lo siguiente:

―Oye, tengo entendido que en los concursos los dictaminadores no conocen los nombres de los concursantes, puesto que los trabajos se presentan con seudónimo. ¿Por qué dices que ganan puros recomendados?

Al artista incomprendido no le gustaban los giros que su amiga daba a su relato. Él hubiera deseado que ella dijera: A los verdaderos genios nadie les compra ni un cuadro, la gente tiene un gusto pésimo, buscan puras cosas decorativas, no el verdadero arte, como el tuyo. Bueno, pero como ella no elucubró eso, había que responderle a su pregunta insidiosa:

―Pues no sé cómo le hacen, pero siempre ganan los mismos y las mismas de siempre. Esos mediocres.

―¿Mediocres? Nombres, dime nombres, Artemio ―preguntó ella con cierta impaciencia y ya muy visible fastidio, pues nunca le habían gustado los llorones abstractos.

―Tú sabes muy bien a quiénes me refiero, Adelaida. No quiero ofender dándote una lista en la que también tendría que incluirte, amiga.

El artista incomprendido era incomprendido, pero también muy canijo cuando no le seguían la corriente de sus tribulaciones y quebrantos

 

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