Por Jesús Chávez Marín
El hipocondriaco sin remedio amaneció con un fuerte dolor en el costado y llamó de inmediato a su médico familiar.
―Doctor perdone que llame a estas horas, pero creo que esto es urgente: durante la noche me dieron todos los síntomas de que traigo el bazo hecho garras. No me quiero morir, dígame cómo le pongo remedio a lo que me está pasando, seguramente porque ayer me ataqué de carnitas con un montón de cervezas en la casa de mi amiga Hortensia; usted la conoce, dígame si no valió la pena ―bramó ansioso, porque además de hipocondriaco era verborreico.
Me lleva el carajo, cómo se me ocurre contestarle a don Óscar, se dijo el doctor Villasana para sus adentros; lo que pasa es que me agarró dormido, estas no son horas de consulta, es más, ni de consulta ni de nada, son las seis de la mañana, me lleva la chingada.
―Don Óscar, por favor hábleme más tarde al consultorio. Estoy atendiendo un parto ―mintió.
―Ay, doctor, se lo suplico por lo que más quiera, sálveme la vida porque me le voy, ¡me le voy!, siento que me desvanezco, hay una luz al final del túnel, le pago lo que sea; un parto lo puede atender cualquiera, encárgueselo a una de sus enfermeras, allí en el hospital tiene hasta para aventar para arriba, en cambio yo estoy solo en mi casa, agonizando, se lo juro, por caridad venga, le pago lo que sea con tal de salir vivo de esta desgracia, ¿por qué a mí, Diosito santo, si yo hago ejercicio todos los días, me alimento sano casi siempre, por más que lo necesite no uso viagra ni ese tipo de cosas, por favor, doctor, no sea malito, venga.
Con tal de poder cortar la llamada sin perder al cliente, el doctor prometió:
―Está bien, voy para allá.
Pero no fue nunca, claro. Puso el celular en silencio y tuvo la buena suerte de recuperar el sueño. Durmió hasta las diez y media, despertó muy a tiempo para alistarse y llegar a las doce a su turno de consulta en el Seguro Social, donde ya lo esperaba una fila de pacientes, unos reales y otros tan ficticios como don Óscar, como suele suceder en la medicina social. Ya en la tarde le llamaría por teléfono para ver cómo estaba, atención que nunca se le olvidaba brindar a sus clientes habituales.
