Una gran ola de solidaridad con Gaza se abate sobre el mundo. Es similar a otras que se han dado por causas inobjetablemente justas y que abarcan de manera horizontal a las sociedades. Lo mismo a la diversidad racial que a la religiosa, a los más pobres y también a los que están en situación económica ventajosa. Estudiantes, maestros, intelectuales y artistas de las principales universidades del mundo se han pronunciado de las más distintas maneras, denunciando el genocidio israelí y contra el despojo del pueblo palestino.
Pero siendo similar a otras campañas mundiales, esta tiene una característica particular: ha puesto en su justo límite el dilema de estar a favor o en contra del más esclarecido sentido de lo que es la humanidad. Porque eso es lo que está a prueba.
De todas las resistencias que hay en el mundo, me llama la atención la que se da al interior del propio Israel. Ayer 26 de agosto, en las calles de Tel Aviv, más de 350 mil manifestantes exigieron el fin de esta guerra de agresión en Gaza, guerra que afecta a poblaciones no militares. En esa demostración se reivindicó –así lo pienso– que el sionismo imperialista y colonialista está practicando los mismos crímenes de los que el pueblo judío ha sido víctima por siglos, especialmente durante el nazismo alemán, con sus campos de concentración y hornos crematorios.
La resistencia interna está poniendo en grave crisis al gobierno de Netanyahu, lo que, complementado con la repulsa internacional, ha de terminar con su derrota, misma que debe traer consigo el enjuiciamiento por crímenes de guerra y genocidio en contra del actual grupo gobernante de Israel.
En la escena mundial, poderosos países tomarán en septiembre decisiones trascendentales, entre ellos Francia e Inglaterra, que reconocerán a Palestina como estado libre. No está de más decir que ambas naciones pasaron por procesos de descolonización muy dolorosas y saben la lección de todo esto, aunque lo de Gaza es inédito y es, según se acostumbra decir, lo que no tiene nombre.
Me conmovió que una madre israelí, el día de ayer, la ciudadana de ese país, Silvia Cunio, haya gritado “¡ya basta!”, no obstante que uno de sus hijos ha estado en cautiverio en la franja desde hace 690 días. Es una madre que tiene corazón y voz para gritarlo ante el mundo; no se puede dejar de escucharla.
Hoy la solidaridad con Gaza es esencial. Hagamos poco o mucho, pero no dejemos de hacerlo.
Una bandera se impone en México: reclamar al gobierno de Claudia Sheinbaum el rompimiento inmediato de relaciones con Israel. Exijámosle que cumpla en este aspecto con los principios, muy claros, que establece la Constitución.