Por Francisco Ortiz Pinchetti
En apenas ocho días, la palabra gentrificación se ha convertido en tema de conversaciones, debates, noticias, especulaciones, denuncias… y pretexto para actos de vandalismo. Está en los medios, en las redes; es materia de análisis y se escudriña a través de encuestas.
La verdad es que la gentrificación –palabra que por cierto la mayoría de los mexicanos nunca había escuchado antes– ni es nueva ni se refiere únicamente a la “invasión” de determinado núcleo urbano por extranjeros, que desplazan a los antiguos habitantes.
Una definición generalmente aceptada por sencilla y clara es que la gentrificación es un proceso urbano en el que un barrio o zona anteriormente degradada o popular se transforma a través de la renovación y mejoras, atrayendo a residentes de mayor poder adquisitivo y desplazando a los habitantes originales.
El barrio donde vivo es un buen ejemplo de gentrificación relativamente reciente. Checa exacto. Xochimanca (“lugar donde se ofrecen flores”, en náhuatl), cual es su nombre original, era a principios todavía del siglo 20 un pueblo de floricultores de origen mexica. Sus antepasados se asentaron ahí, a la orilla entonces del Lago de México, mucho antes de la llegada de los españoles.
Hasta mediados de los años cuarenta del siglo pasado, era uno de los pequeños pueblos vecinos de la villa de Mixcoac –donde se establecieron desde décadas atrás villas y mansiones campestres de las familias acaudaladas de la Ciudad de México–, como lo son Actipan, San Juan Evangelista Malinaltongo, Nonoalco y Tlacoquemécatl, en el territorio que hoy ocupa la Alcaldía Benito Juárez.
San Lorenzo Xochimanca, como ya para entonces se llamaba, era todavía un pueblo rabón de no más de un millar de habitantes, con calles de tierra y ausencia de servicios básicos. La vida de sus pobladores transcurría en torno a las tradiciones religiosas, que tenían –y siguen teniendo– su centro en la devoción a San Lorenzo Mártir, venerado desde hace más de 400 años en una capilla franciscana construida parcialmente a finales del siglo 16 y terminada hacia el año 1720 que hoy se conserva como una verdadera joya de la arquitectura colonial religiosa (catalogada como Monumento por el INAH en 1931). Se ubica en el parque que lleva el nombre del santo, entre las actuales calles de Manzanas, San Lorenzo, Fresas y Magnolias.
Aquella comunidad de floreros y alfareros con sabor campirano poco a poco fue siendo rodeada por el monstruo urbano. Primero fue el inicio de la urbanización al sur del Río de la Piedad, con el fraccionamiento a partir de 1908 de la colonia Del Valle. La apertura en los años treinta del tramo sur de la avenida de los Insurgentes, conocido inicialmente como Calzada Nueva. La construcción del Centro Urbano “Presidente Alemán” (CUPA) a finales de los cuarenta y de la Ciudad de los Deportes (1946), con la plaza de toros México y el estadio conocido luego como Azul, y el acondicionamiento del Parque Hundido, ambos en terrenos de la Nochebuena que presentaban grandes oquedades debido a la explotación de ladrilleras. La apertura de la avenida Extremadura-Félix Cuevas y la introducción del tranvía eléctrico por esa nueva arteria y por la avenida Coyoacán. Y más recientemente la construcción del Circuito Interior y los Ejes Viales, y la introducción del Metrobús por la avenida Insurgentes Sur y de la Línea 12 del Metro justo en el límite sur del antiguo poblado.
La transformación urbana de la zona se aceleró a partir de los años cincuenta, cuando se fraccionaron y urbanizaron paulatinamente los terrenos que pertenecieron a las grandes haciendas de San Borja y Postales y los ranchos “Amores”, “Santa Rita” y “Nápoles”, entre otros, a la vez que la colonia Del Valle se expandía rápidamente hacia el sur. En 1962 se abrió la tienda Liverpool Insurgentes, en las colindancias del pueblo, lo que vino a ser un factor importante en la transformación del barrio.
Justo a mediados de los años sesenta vino un cambio drástico en la fisonomía de Xochimanca. Por un lado, las autoridades capitalinas que entonces encabezaba Ernesto P. Uruchurtu, dispusieron el desalojo de una ciudad perdida que se había formado a través del tiempo en un hoyanco formado por una ladrillera en las inmediaciones del templo de San Lorenzo. Los habitantes de decenas de casas de cartón y materiales de desperdicio fueron entonces reubicados por el rumbo de Santa Cruz Meyehualco, en Iztapalapa, donde el gobierno construyó casas de interés social que les vendió con facilidades.
A la vez, el propio Regente de Hierro consumó el postergado traslado de los restos de los difuntos enterrados en el cementerio que asistía en el atrio de la propia capilla, para ser trasladados al Panteón de Guadalupe, en Mixcoac. El área desalojada fue entonces incorporada al parque original, al que se agregó luego la parte liberada de la ciudad perdida y con el cierre de una cuadra de la calle Tejocotes se unificó en un sólo jardín. Frente a éste se edificó un nuevo templo, moderno, dedicado a Santa Mónica, de los Agustinos Recoletos.
También se llevó a cabo por ese tiempo la pavimentación y un trazo ordenado de las calles, y la introducción paulatina de servicios como agua potable, drenaje, alumbrado público y energía eléctrica, lo que dio pie al encarecimiento del valor del suelo e hizo atractiva la zona para los voraces desarrolladores inmobiliarios.
Edificios de departamentos en renta empezaron a sustituir a las casas de habitantes originarios que decidieron vender sus propiedades ante la presión de la demanda creciente y el alza de precios, la gentrificación pues, de modo que cuando llegué a vivir ahí en 1982 encontré ya una colonia formal con edificios de media edad y residencias recién construidas. Esta nueva fisonomía fue sustituida a la vez, pocos años después, por el acelerada construcción de condominios habitacionales de lujo, que actualmente predominan. Cada día hay menos casas.
La expulsión de los habitantes originarios fue paulatina, pero constante. A la fecha, únicamente 12 de las familias originarias se mantienen en la actual colonia, denominada Tlacoquemécatl del Valle. Pocos elementos históricos, como el centenario árbol Laureano, quedan en el entorno del antiguo pueblo, cuya fisonomía difiere cada vez menos de otras colonias residenciales de la demarcación juarense como la Nápoles, Narvarte, Acacias, Nochebuena o la propia Del Valle.
Hoy Xochimanca posee una ubicación privilegiada en el centro geográfico de la capital. Está comunicada por grandes avenidas y ejes viales, y por servicios de transporte público como la línea 12 del Metro, tres líneas del Metrobús y el sistema de Trolebuses y autobuses de RTP. En su ámbito cercano dispone de grandes centros comerciales, cines, salas de espectáculos, restaurantes, cafeterías, parques públicos, mercados, hospitales.
El precio de la tierra se ha disparado. Hoy el metro cuadrado se cotiza en un promedio de 45 mil pesos. Un departamento de 90 metros cuadrados con dos recámaras y estacionamiento tiene una renta promedio de 18 mil pesos mensuales y un valor de venta superior a los ocho millones de pesos. Esto es a la vez causa y resultado del arribo de residentes de clase media alta y alta a una zona antiguamente habitada por campesinos y colonos pobres.
Los sobrevivientes originarios mantienen viva la devoción religiosa a San Lorenzo Mártir, aunque ésta ya prácticamente se limita a la organización de la fiesta patronal cada 10 de agosto, a la que acuden todavía numerosos expobladores desplazados, que hoy residen en otras partes de la ciudad. La fiesta se ve cada vez más limitada, tanto en su duración –hoy limitada a un par de días, cuando antes se prolongaba por más de una semana– como en la extensión ocupada por los juegos mecánicos y puestos de vendimias. Aún la tradicional quema de fuegos pirotécnicos, fundamental en las fiestas religiosas tradicionales, se ha visto limitada por las crecientes quejas de los residentes de los nuevos edificios que reclaman el estrés que causa a sus mascotas el estallido de los cohetes. Válgame.
@fopinchetti.