Un día avistamos una situación inusual. Dos agentes de la Patrulla Fronteriza y uno de la policía forcejeaban con un hombre a media calle. Se trataba de un africano-descendiente que suplicaba no ser deportado. Me acerqué y le pregunté cómo se llamaba. “Me llamo Troy Watson y soy americano”, me respondió. Apunté su nombre en una libreta y le aseguré que iba a dar seguimiento a su caso y que no lo deportarían. Me agradeció y me miró con ojos confiados antes de que los agentes cerraran de un portazo la camioneta en que se lo llevaron a toda velocidad. Unos minutos más tarde, mientras caminaba con mis compañeros por un callejón aledaño, apareció nuevamente la van de la migra. De ella bajaron tres agentes corpulentos y uno de ellos pidió que me identificara. Cuando me rehusé, argüyendo mis derechos, uno de ellos me empujó por la espalda y entre los tres me sometieron y esposaron. En un abrir y cerrar de ojos terminé al lado de Troy Watson. Nos remitieron a la cárcel, a Troy por beber en la vía pública y a mí por “payaso”. Esa fue la explicación que me dieron los agentes que me detuvieron. Los cargos formales fueron obstrucción al trabajo de la autoridad, pero salí con fianza y sólo pasé unas horas en la cárcel. Eventualmente, los cargos fueron retirados. Un tiempo más tarde desactivaron los operativos de la foot patrol y nosotros dejamos de monitorear a la migra en las calles de El Paso.
En estas semanas recientes han regresado con insistencia los recuerdos de aquella experiencia de monitoreo ciudadano, al ver a través de los medios la disidencia en las calles de Minéapolis. El ICE se ha convertido en una fuerza de ocupación (4 mil 500 agentes) que no solamente busca deportar migrantes indocumentados, sino que ha emprendido una guerra contra un enemigo interno compuesto por ciudadanos estadunidenses empáticos y solidarios que en gran parte se han dedicado a documentar los abusos dirigidos por Greg Bovino, el infame comandante de ICE, conocido por sus eslóganes y tácticas crueles e incendiarias.
Hace unos días, uno grupo de agentes de esa corporación ejecutó a Alex Pretti, un enfermero de 37 años que grababa con su celular los movimientos de la migra en la ahora tristemente célebre Nicollete Avenue (“ What the fuck did you just do?”, gritó una voz en off en uno de los videos). Las escenas de su asesinato, captadas desde diferentes ángulos –también documentadas por teléfonos móviles–, muestran el modus operandi de esta fuerza policiaca que aparentemente está fuera de control, pero que en realidad se articula con una estrategia general de amedrentamiento a los medios comunicación, los bufetes jurídicos, las universidades y las acciones ciudadanas disidentes. Las declaraciones de Kristi Noem, uno de los personajes orwellianos del amplio elenco de Trump, y titular del Departamento de Seguridad Nacional, después de los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti son ilustrativas del afán retórico del gobierno actual por descalificar a la disidencia y configurar el fantasma de una amenaza interior. Se pretende presentar a Estados Unidos como un país resquebrajado por la presencia de intrusos solapados por la debilidad de los liberales y las fuerzas progresistas.
En estos tiempos trumpianos, Troy Watson pudo haber sufrido el mismo destino de George Floyd, el africano-descendiente asfixiado por la policía en una calle de Mineápolis en mayo de 2020. Y es muy probable que mis compañeros (David, Andrés, Jesús, Joe, Inés) y yo hubiéramos sido calificados de terroristas domésticos. No se trata de aducir que los tiempos pasados fueron mejores, sino que todo escenario presente empezó a construirse en el pasado, y es preciso no olvidar los referentes. Como ha proclamado Bruce Springsteen en su reciente oda a la resistencia en las nevadas calles del norte, “ Oh,Minneapolis I hear your voice singing through the bloody mist… ICE out, right now”.
*Profesor de la Universidad de Texas. Novelista, ensayista y traductor. Su libro más reciente es Fabular Juárez: marcos de guerra, memoria y los foros por venir. Premio Chihuahua 1995
