Por Fernando Mendoza
Hay fechas que se han quedado adheridas a mi memoria. En medio de una plática cualquiera, surgen sin solicitarlas. “Eso que me dices sucedió el 8 de agosto de 1987, como a eso de las 10:18 de la noche, mientras el día se negaba a terminar y la lluvia había dado un respiro”. Con la cara circunspecta de mi interlocutor me doy cuenta de mi certeza. Agrego: “era sábado”.
En su mayoría no ejerzo ningún esfuerzo por aprenderlas. De pronto, me doy cuenta que la fecha sin saber la causa se quedó en alguna sinapsis de mis cada vez más escasas neuronas. Cito un ejemplo: mi primera clase de la Universidad fue el lunes 13 de agosto de 1984, a las 11 de la mañana, en el salón 27, la asignatura de Administración con la maestra Beatriz… No sé para qué me sirva, pero allí está ocupando espacio en mi memoria.
Hay otras fechas que tienen más historia común. El 13 de mayo de 1981 atentaron contra Juan Pablo II, en un miércoles de audiencias públicas. El 20 de julio de 1969 Neil Armstrong pisó la superficie lunar. Era domingo. El lunes 24 de marzo de 1980 asesinaron a Mons. Romero en la capilla de la Divina Providencia, anexa al Hospitalito, en San Salvador, y el 16 de noviembre de 1989, muy cerca de allí, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, mataron a seis jesuitas y a Elba y su hija Celina.
Así, en algún momento de la primaria, teniendo alrededor de unos 9 años, me aprendí nosécómo las fechas del 6 y 9 de agosto de 1945. No sabía ni pronunciar las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, pero sí sabía que en esas fechas se habían tirado dos bombas atómicas en sendas poblaciones.
En secundaria, para ampliar mis conocimientos bombísticos me dio por conocer los pormenores de la segunda guerra mundial, cuyo nombre no merece mayúsculas. Desde entonces he leído no pocas cosas al respecto. Lo más reciente, Últimos días en Berlín, de Paloma Sánchez Garnica.
Es una voluminosa novela que narra la vida de Yuri Santacruz, hijo de un español, nacido en Rusia, que transita entre Alemania y la Unión Soviética, pasando por horrores y disputando cada día un espacio y una hora para vivir.
No es un libro de historia. Es ficción, pero ayuda a comprender cómo se vivió en Alemania el ascenso de los nazis, la guerra cruel, los campos de concentración, el avance hacia la Unión Soviética, la derrota y las crueldades de los soviéticos contra los sobrevivientes alemanes. Y sobre todos estos temas, subyace la trama de cómo los judíos sufrieron el terror.
Paloma logra una novela con mucho detalle. Va describiendo historias alrededor de Yuri: su familia, su salida intempestiva de la Unión Soviética, cómo su madre y su hermano se quedan, cómo su padre huye con los hijos, la muerte de su hermana y su llegada a Berlín. Con lujo de detalle, la autora va desgranando la supervivencia en los años 20 y 30 del siglo pasado, dando pormenores de cómo los nazis se van haciendo del poder y cómo la vida de los judíos se va complicando.
También es una novela de amor. De amor por la familia, por el terruño, por el hogar… de amor por la pareja. Yuri va encontrando el amor en la medida que va ayudando a quien lo necesita y va descubriendo cómo se va perdiendo la humanidad en la medida en que el odio de las autoridades va en aumento.
Pero también es una novela en que se hace conciencia de lo que va ocurriendo. “¿Cómo puede estar pasando esto en un país que presume de los mejores músicos, de los más grandes científicos, de los escritores más leídos y reconocidos? Barbarie en vez de cultura. Dios santo”, Paloma Sánchez Garnica hace gritar de dolor a Yuri.
Cuando la guerra llega a un equilibrio entre las fuerzas y se va menguando el poderío nazi, la autora hace volver gritar a sus personajes. “Todo esto es una gran mentira. Una gran falacia: nuestro ejército, la fortaleza de nuestros hombres, la superioridad de la raza… Una monumental farsa”. Además: “Alemania se ha dejado guiar por un gigante con pies de barro”.
He de decir que no soy mucho de las novelas con tramas a cada capítulo, con múltiples historias subyacentes. Pero también he de decir que Últimos días en Berlín fue de mi agrado. La novela la había comprado con mis amigos de la Librería Infinito, pero no me animaba a tomarla, a pesar de la insistencia de mi compañero Oscar González Comadurán, que cada vez que charlábamos me preguntaba por Paloma. Por fin le puedo decir que ya la leí.
Ahora que he fotografiado su portada para contar esta historia, me doy cuenta que fue finalista del Premio Planeta, que acaba por entregarse este 2026 y cuya ganadora fue Isabel Allende, con la secuela de la Casa de los Espíritus. Por lo general, no leo novelas por los premios ganados, si acaso por el Nobel. Y leí a Paloma sin saber que era finalista. Si leo a Isabel Allende, lo haré por otros motivos.
Por lo pronto, seguiré lidiando con mis fechas: 1 de mayo de 1987, 21 de septiembre de 1991, 24 de mayo de 1993, 9 de junio de 2023, 18 de diciembre de 2025, 5 de mayo de 2026…
Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!
