Proceso, 50 años después

Por Francisco Ortiz Pinchetti

A los reporteros de Proceso.

Este viernes 6 de noviembre se cumplen justo 50 años de la aparición del semanario Proceso. De sobra es conocida la génesis de esta publicación fundada por un grupo de periodistas encabezados por Julio Scherer García que fuimos expulsados de la cooperativa Excélsior por una maniobra del gobierno represor de Luis Echeverría Álvarez, en 1976. Nuestra revista fue producto –y respuesta– de un golpe ruin contra la libertad de expresión.

El editorial del primer número (escrito por el director gerente, Miguel Ángel Granados Chapa, aunque publicado sin firma), cobra hoy una asombrosa actualidad. Entre otras cosas, ponía:

“Esta publicación surge , entre dificultades remontadas penosamente, al calor de la lucha por la libertad de expresión, lucha perenne entre la prensa que busca ser responsable y el poder que no se ciñe a la legitimidad […] En medio de señales ominosas, entre las cuales la información y la crítica pudieran parecer exóticas o peligrosas, Proceso asume el compromiso de brindarlas. Nos empeñamos en hacerlo porque estamos persuadidos de que es importante contribuir a que la nación se reconozca a si misma para que a partir de su propia conciencia pueda delinear su porvenir justo y libre”.

Quienes lo fundamos, y muchos de los que se sumaron al proyecto a lo largo de sus primeras dos décadas, entendimos a Proceso como una causa. Y la asumimos. El rigor periodístico, la libertad y la independencia fueron las premisas. Así de simple y así de trascendente. No víctimas, ni héroes, ni paladines: reporteros. Scherer García, el primero. Scherer García el periodista, no el mito. Ni impoluto ni infalible, un tigre en busca de la verdad; el líder. “Sin ustedes no soy nada”, me dijo varias veces.

Me tocó redactar el texto principal de ese primer número, alimentado por las aportaciones informativas de una decena de reporteros. Cuartilla por cuartilla, conforme salían de mi destartalada Olivetti, fue pasando la nota de mano en mano por el escrutinio de Granados Chapa, Miguel López Azuara, Vicente Leñero y finalmente el director. Un balance critico y severo del gobierno de Echeverría Álvarez, sus contradicciones esenciales, muchas. “Las palabras y los hechos”, fue su título en la portada del naciente semanario, aparecido por voluntad colectiva tres semanas antes del término del sexenio del golpista.

“En el recuento de los rasgos políticos más significativos de un régimen en mucho contradictorio, el de Luis Echeverría –escribí al inicio del reportaje, hace medio siglo–, aparece como signo dominante la tendencia hacia la consolidación del poder personal del Presidente de la República…”

Durante 20 años, los sucesivos gobiernos de Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, Proceso fue en efecto el escudriñador terco y certero, riguroso siempre, del abuso autoritario, los negocios al amparo del poder, el enriquecimiento de los funcionarios públicos, el cinismo político, la violación de los derechos humanos, la farsa electoral, los fraudes. La estricta investigación periodística, su esencia.

Hay que decirlo: Proceso fue sin duda un hito en la historia del periodismo mexicano. Demostró que se podía hacer un periodismo autofinanciado, critico e independiente, sin pedirle permiso al Presidente ni ceder a las presiones del poder económico o político. Se convirtió en el archivo vivo de las grandes denuncias, la corrupción y los abusos de autoridad, sirviendo de escuela para generaciones enteras de reporteros.

En lo personal, también lo digo, jamás recibí en esas dos décadas –durante las cuales realicé más de un millar de reportajes– una indicación sobre el sentido de mis informaciones o una sugerencia de censura. Jamás en esos 20 primeros años se modificó un texto mío. Tuve un respeto absoluto a mi trabajo, a partir de la confianza profesional. Lo presumo con orgullo, creo que se vale: nunca recibí un desmentido.

Nunca tampoco aceptó el director, ni cuando se lo pedí expresamente, leer algún texto mío antes de que estuviera publicado. “Ni muerto, don Francisco, ¡ni muerto!”, me replicaba muy a su estilo.

Con el paso de los años, y el cambio paulatino de las condiciones política del país, el semanario se fue anquilosando, envejeciendo, al tiempo que surgían nuevos medios dispuestos a ejercer la crítica informativa, la investigación periodística. Nuestros temas se volvían repetitivos y empezábamos a “refritearnos” a nosotros mismos. Conscientes de esta situación, los reporteros nos organizamos en una asociación civil, Reporteros en Proceso, A. C., para incidir en las decisiones editoriales y empujar una renovación del semanario, tanto en su contenido como en sus características gráficas. Encontramos absoluta cerrazón por parte de Scherer García. “Mientras esté Julio es imposible un cambio en Proceso”, me confió resignado el ya entonces subdirector Vicente Leñero.

En noviembre de 1996, al cumplir Proceso sus 20 años de edad, el propio Leñero empujó a Scherer García a cumplir lo pactado entre ellos desde el inicio: dejar la revista al cumplirse los primeros 20 años, aunque manteniéndose como miembros del Consejo de Administración. Sin embargo, nuestro director tuvo antes de dejar el cargo uno de sus más graves errores: no preparó su propia sucesión. Y ante la eventualidad de dejar el semanario en manos de Rafael Rodríguez Castañeda, Carlos Marín y Froylan López Narváez (“no les tenemos confianza”, me dijo textualmente el subdirector) optaron por una aberración: conformar una dirección colectiva de ¡seis integrantes! A los tres mencionados, nos incorporaron a Gerardo Galarza Torres, Carlos Puig y a mí, al llamado “sexteto”. El resultado fue desastroso. Meses después, el sexteto se convirtió en cuarteto, con aquellos tres y el gerente Enrique Sánchez España, y luego en un trío; pero la encarnizada pugna entre Rodríguez Castañeda y Marín Martínez por quedarse con la dirección estuvo a punto de hundir al semanario.

Y fue entonces cuando, a propuesta de Galarza Torres y yo, se decidió una salida insólita en un medio de comunicación mexicano: la elección por parte de la redacción en pleno de un nuevo, único director. Marín Martínez y López Narváez decidieron entonces no someterse a la votación y retirarse, irse del semanario… y Rodríguez Castañeda, a quien sin duda apoyaban mayoritariamente en ese momento los reporteros, ganó por default la dirección, en marzo de 1999.

En el año 2000 Rodríguez Castañeda nos encargó a mi hijo Francisco Ortiz Pardo, reportero también del semanario, y a mí, la cobertura permanente de la campaña presidencial del panista Vicente Fox Quezada, a quien había ya cubierto en sus campañas electorales en Guanajuato. Semana tras semana, durante más de cuatro meses, consignamos puntual y objetivamente el desarrollo de una campaña cada vez más viva y exitosa. Sin embargo, a un mes de las elecciones, a finales de mayo, los dos fuimos echados de nuestro semanario, nuestra casa –en el que yo había estado 24 años y mi hijo, 12–, de manera indigna, totalmente injustificada y sin explicaciones, por ordenes de Julio Scherer García. El pretexto fue una carta al director en la que desconocíamos un texto que fue intencional, dolosamente adulterado y publicado bajo nuestras firmas.

“La ropa sucia se lava en casa”, nos advirtió Julio Scherer García.

Sin entrar en elucubraciones a estas alturas inútiles, permítaseme por esta vez aportar cuatro claves sobre nuestro inesperado despido. Uno: en ese momento, la campaña de Fox Quezada cobraba un repunte que a la postre sería definitivo para su triunfo, luego del equivocadamente llamado “martes negro” del panista, cuando se empeñó en la celebración de un debate con sus contrincantes, el priista Francisco Labastida Ochoa y el perredista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano ese mismo día (23 de mayo de 2000), con su terca demanda del célebre “hoy, hoy, hoy”. Dos: a partir de ese episodio, el gobierno y su partido apretaron las pinzas sobre los medios de comunicación para que cerraran espacios a Fox Quezada, como en su momento fue documentado. Tres: Julio Scherer Ibarra, el hijo mayor de Scherer García que años después sería el Jurídico de Presidencia con López Obrador, trabajaba entonces con el PRI, en la campaña de Labastida Ochoa, como asesor en materia de comunicación, encargado por cierto de presionar a editores y columnistas. Y cuatro: a partir de nuestra salida del semanario, éste dejó inexplicable pero elocuentemente de publicar información sobre la campaña de Fox Quezada en su victoriosa, crucial etapa final… La historia completa está contada en nuestro libro El Fenómeno Fox, la historia que Proceso censuró (Ed. Planeta, 2001).

Durante la gestión de más de 20 años de Rodríguez Castañeda Proceso entró en una etapa gris y decadente, condescendiente –por decir lo menos– hacia la causa de Andrés Manuel, cuyo mito del supuesto fraude de 2006 secundó. El medio que fue ejemplo de imparcialidad perdió paulatinamente credibilidad y su influencia en la opinión pública se erosionó drásticamente. Con el relevo ocurrido en febrero de 2020, el nuevo director, Jorge Carrasco Araizaga, intentó recobrar el espíritu original del semanario y asumir una línea editorial crítica e independiente frente al gobierno. Y topó con el “Peje”.

La respuesta del Presidente morenista fue drástica: recortarle toda la publicidad oficial al semanario, al que acusó reiteradamente de estar al servicio de la derecha, la oligarquía, la mafia del poder, etcétera, etcétera. “No ha querido revisar su línea editorial –dijo con cinismo en su conferencia matutina del 23 junio de 2023– y terminó por alejarse del pueblo”.

A final de cuentas AMLO fue quien mató a Proceso.

La revista cayó en una aguda crisis económica que derivó en la cancelación definitiva de su edición semanal y el surgimiento de una publicación mensual, francamente insulsa. Hoy, como se dijo del diario Excelsior tras nuestra salida en 1976 –y lo digo con dolor–, a sus 50 años Proceso acaba convertido en sombra de sí mismo. Válgame.

DE LA LIBRE-TA

LOS FUNDADORES. En el directorio del primer número de Proceso, el 6 de noviembre de 1976, aparecieron los siguientes fundadores: Director general: Julio Scherer García; Director Gerente: Miguel Ángel Granados Chapa; Editores: Vicente Leñero y Miguel López Azuara. Coordinadores: María de Jesús García, Carlos Marín y Rafael Rodríguez Castañeda. Reporteros: Carlos Borbolla, Miguel Cabildo, Felipe Cobián Rosales, Dolores Cordero, Elías Chávez, Federico Gómez Pombo, Rodolfo Guzmán, Roberto Hernández, Abelardo Martín, Sara Moirón, Rosa María Nava, Raúl Pérez López Portillo, José Reveles, Carlos Reynaldos, Miguel Angel Rivera, Roberto Vizcaíno. Redactores: Magdalena de Bastién, Francisco Gómez Maza, Francisco Ortiz Pinchetti, Hugo L. del Río. Fotógrafos: Roberto Bolaños, Rogelio Cuéllar. Cultura, Espectáculos y Deportes: José Antonio Alcaraz, Emilio García Riera, José Emilio Pacheco, Nadia Piemonte, Armando Ponce, Francisco Ponce, Manuel Robles, Manuel Sandoval, Esther Seligson, Ignacio Solares, Raquel Tibol, Juan Tovar.

@fopinchetti

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