Por Jesús Chávez Marín
Hacia el interior de estos vidrios angulares pueden mirarse hasta los pensamientos, recórcholis, espero que no porque entonces se me descubriría el plan que traigo de irme para siempre.
Aquí no me ha ido bien, por eso me voy. Conseguí trabajo en Metron Wu, pero a las tres semanas me corrieron porque no alcanzaba los estándares de producción: siempre he sido lento con las manos. Estuve muy a gusto esas tres semanas, un camión de la planta me recogía en la esquina de la casa todos los días a las cinco y media, antes del amanecer; me sentía muy importante por eso. Mi mamá me echaba lonche y me daba la bendición, tan linda.
Y ahora la voy a abandonar, ya sé que le dolerá mucho saber que ya jamás nos veremos, pero no hay de otra.
Ganaba mi dinerito, le daba la mitad a ella, pero nunca duraba en ningún trabajo. La verdad, no sirvo para nada. Unas señoras del barrio le dijeron a mi jefa que no es que yo sea tonto, que, al contrario: soy un genio, pero autista. Yo no sé lo que es eso, le aconsejaron que me llevara con un doctor, pero, poscuándo, con qué. Lo que pasa es que no me gusta hablar con la gente, ni siquiera con mi mamá hablo, nos entendemos con gestos y señas, así nos acostumbramos desde que yo era un niño. Me salí de la escuela porque todos me caían gordos y yo les caía gordo a todos.
En fin, ni modo. Ya me voy. A ver si (en el más) allá me va mejor.
