Los ojos de Mona, de Thomas Schlesser

Por Fernando Mendoza

¿No vas a llevar ninguno?

La cara de extrañeza de mi hijo Fer me hizo retroceder y volver a los anaqueles.

¿Te sientes bien?

Fuera de una ligera cefalea, yo me sentía muy bien. Tomaba la manita derecha de Ethan y sentía su calor que me irradiaba una alegría matutina aquel domingo de mayo.

Así que regresé a los anaqueles y me encontraba de nuevo en la mesa en medio de todos esos libreros bien acomodados en la sección en español de Barnes & Noble, la amplia librería en El Paso. Ya había pasado por allí tres veces y no me decidía por algún libro.

Había vuelto con las manos vacías y así me encontró el Fer. Luego vinieron las dos preguntas que me hicieron retroceder. Me llamó la atención un anaquel completo, de arriba abajo, lleno de Biblias y de temas espirituales. También tenían de autores latinoamericanos, destacando Gabriel García Márquez. La de historia estaba bien surtida. Me dio gusto encontrarme con Crímenes de Pancho Villa, del estimado amigo Reidezel Mendoza, aunque creo que a él no le gustaría saber el vecino que le tocó: Grandeza, de López Obrador… bueno, no siempre se escogen a los vecinos.

Al regresarme para ver el último anaquel me encontré con la mesa al centro. Una portada que mostraba solo un ojo de una mujer, como queriendo guiñarme con el ojo que no podía verse. Los ojos de Mona, de Thomas Schlesser, con el subtítulo de “una novela en 52 obras maestras”.

No muy convencido, lo tomé. Llegaron Ethan y el Fer. ¿Te llevas solo eso? Tercera pregunta. Y salí con él, tomado de la mano de mi nieto, con una sonrisa muy bien asentada en mi rostro quemado por el sol de mayo en el desierto de Texas.

Los ojos de Mona se quedó en el buró algunos días. Cuando salí de los compromisos de la presentación del libro del Padre Maldonado, limpiándome aún las lágrimas, tomé a Schlesser y me introduje a las 52 obras maestras.

Mona es una niña normal. Estudia la primaria, hija única, vive con sus padres, pasea con su abuelo materno, tiene sus amigas más íntimas y gusta divertirse en el recreo. De pronto tiene un episodio de ceguera temporal. Más de una hora sin ver absolutamente nada. Allí comienza la historia de Los ojos de Mona.

Estudios médicos, visitas a especialistas, sustos, noches insomnes, miedos…

Es necesario que Mona visite a un psiquiatra. Con tantos compromiso laborales de los padres, se decide que el abuelo se haga cargo de las citas con el psiquiatra. Aquí comienza la verdadera historia de Los ojos de Mona.

El abuelo no cree que su nieta necesite a este especialista, y temiendo que Mona tuviera otra crisis de ceguera y que se convirtiera en permanente, decide que debe enseñarle la belleza del arte. Los colores, las formas, el tiempo, el espacio y el pensamiento que pintores y escultores han dejado plasmados en sus obras.

En lugar de llevar a Mona cada miércoles con el psiquiatra, van de la mano a visitar los museos de París, donde viven.

Así, durante 52 miércoles nieta y abuelo visitan en especial una obra de arte, una en específico. El ejercicio consiste en que Mona observe detenidamente la obra correspondiente. Los minutos que sean, sin hablar, solo observar cada detalle, cada pincelada, cada cincelada, cada emoción. Luego, la niña expondrá sus sentimientos, qué le dicen los colores, los claroscuros y las formas. Habrá un diálogo al respecto con el abuelo. Después, él irá hilvanando la vida del artista con su obra, para darle un ambiente de conocimiento a cada visita al museo.

Al final, cada miércoles se obtendrá una especie de conclusión sobre la pintura o la escultura, obtenida por ambos.

Visitan los museos de Louvre, Orsay y Beaubourg, conociendo la obra de Boticelli, da Vinci, Rafael, Miguel Ángel, Rembrandt, Poussin, Benoist, Courbet, Manet, Degas, Cézanne, van Gogh, Frida Kahlo, Picasso…

Durante los recorridos, además del protocolo seguido para conocer y hablar sobre las obras de arte, Schlesser va dando a conocer la vida familiar de Mona, y se va desvelando un secreto familiar, gracias a la perspicacia de la niña. Así que no solo es una novela en 52 obras maestras, sino el conocimiento de una familia llena de arte y llena de secretos, que se van desgranando en la medida que se va avanzando en las casi 500 páginas del texto.

En las visitas a los museos de Mona y su abuelo, uno como lector va adentrándose al conocimiento de la pintura y la escultura. No todo es color, figuras, formas, trazos, perspectivas y claroscuros. También es historia, emoción, intención, ambiente. Dar vista a las obras de arte es acercarse a la belleza, rozarse de tú a tú con esa fuerza que puede llevar a la contemplación.

No seré spoiler y no diré nada sobre la ceguera permanente de Mona… no dije nada del final, ¿verdad?

Mona y su abuelo me adentraron a ese mundo del arte, del que soy un neófito, que me lleva de la mano a contemplar la belleza, como cuando tomé de la mano a Ethan y su calor me recordó la vida que fluye a través de esos diminutos dedos que se entrelazan con mis arrugas, y me hace subir por la vereda de la vida. Ethan me hace vivir la vida.

Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

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