Por Guadalupe Ángeles
I
Sin mi cabellera sería como una señora de setenta años. No me ofende saberlo. Una amiga muy querida me lo dijo cuando le enseñé una foto mía con el pelo recogido y la mirada oculta tras unas enormes gafas oscuras. No tengo todavía esa edad, pero ya casi. No me importa ser una vieja. Lo que me alarma es serlo y tener la mente de una niña que todavía cree en la bondad de los verdugos.
Lo que realmente me conmociona, me ha abierto el suelo y veo aquí, parada ante la grieta humeante de ese abismo que de repente me regalaron, es lo frágil de esta alegría que llevaba siempre conmigo. A ella es a la que extrañaría mucho si de veras se muriera.
Yo tenía, hasta ayer un corazón de niña, cierto, un poco malvada, un poco morbosa, asomándose a un lugar que creía a punto de derrumbarse, y quizá sólo con el ánimo de ser la primera en estar ahí, para echarse a jugar con las ruinas de esa casa, que, ahora lo sé, también puede caer sobre mi cabeza y matarme.
A la vieja (y hoy me parece un poco tonta) pregunta de ¿quién soy yo?, ha venido a sustituirla una certeza terrible: soy la sustancia, algo diluida, es verdad –pero eso no me salva del todo– de un veneno.
Siempre me gustó jugar con la idea de que no soy hilo de ningún lazo, así, podría volar tan lejos como quisiera. (Pero esa idea también era un juguete para entretenerme, es decir, una alegre mentira.)
Y con esa prisa de siempre, hoy mi corazón va corriendo como loco, está buscando la salida como si no viera con claridad que ya no hay muros, ni puertas; ahora está en el corazón del desastre, ya no hay casa de la que escapar porque, quizá sólo para su reconstrucción, se ha derrumbado.
Sí, en sueños ya vino el maestro de obras, envolvió en cobijas mis viejos juguetes para no dañarlos mientras vuelve a levantar la casa que yo creía íntegra hasta la última vez que la vi.
Y ahí, en ese camino regio hacia lo más profundo de mí, los trabajadores que volverán a levantarla me cuestionan las tareas más simples, como si no entendieran que mi infancia ordenaba la casa, mi casa, que soy yo y es ella porque de su cuerpo vengo, de los juegos que hizo la propia vida para estar en la existencia y tener estas manos y escribir estas palabras.
No es que no sea yo, más bien, sólo a una niña muy chica le parecería tan sencillo no serlo, porque como si fueran flores para deshojarlas, viviría los días de esa manera, ignorando las arrugas de su cara.
Si soy no yo, porque soy la vida simplemente, la materia prima de algo que sólo sé se llama espíritu, conciencia.
Y jugar seriamente a ser yo y también no yo, es la única manera de mantener la vertical, no desmoronarme.
Sí, a nivel abstracto hasta es un juego divertido, pero en el tiempo de todos los días, ahora que cada minuto me parece mucho más largo, cuesta trabajo.
“Ser y no saber nada, y ser sin rumbo fijo.” “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente”. Qué razón tenía ese poeta, lo creo de veras ahora porque siempre quise, sobre todo, sentir. Pero sentir que se viene abajo la casa que yo era, no tiene gracia, o es, quizá, una gran suerte. Puede que sea verdad: Quien nada tiene, nada tiene ya que perder.
Y para hacer un palacio digno de mi gran animal extraño, inmaterial, inconcreto, sobre todo indeciso: incapaz de tomar una forma definida, ése que me habita, tendré que pasar algunos días entre estos muros en obra negra, no hay remedio.
Soy la casa y no, porque soy la manifestación de la vida, la encarnación de un proyecto inconcluso, no es de extrañar entonces que de repente me llame monstruo o humo o sustancia impura diluyéndose al contacto simple del aire, porque todo eso soy, y aunque tenga muchas ganas de decir: no importa, es lo más trascendente que pudo haberme pasado: ver, completamente despierta, el derrumbe, sin que la muerte me tocara.
II
Si todo puede transformarse en literatura, hoy tengo en mis manos un tesoro de proporciones inmensas.
