Excélsior

Por Francisco Ortiz Pinchetti

El pasado miércoles 8 de julio se cumplieron, sin mayor estridencia, 50 años del llamado Golpe a Excélsior: la maniobra urdida desde el gobierno del Presidente Luis Echeverria Álvarez para desplazar a Julio Scherer García de la dirección general del periódico más importante de América Latina, uno de los 20 mejores del mundo.

Molestaban al Presidente las críticas agudas de los articulistas, en especial de Gastón García Cantú y Daniel Cosío Villegas; pero lo que motivó realmente el zarpazo censor fue la línea informativa adoptada por Scherer García: el descubrir, a través de reportajes investigados y documentados, el verdadero rostro de un México de desigualdad, injusticia, explotación y corrupción que con la complicidad de una prensa domesticada y corrupta los gobiernos del PRI habían ocultado durante décadas.

El operativo –que incluyó la invasión previa del fraccionamiento Paseos de Tasqueña, propiedad de la cooperativa, para desestabilizarla internamente– logró su objetivo con la complicidad de Regino Díaz Redondo, entonces presidente de la Cooperativa editora del diario. En una asamblea espuria, controlada por golpeadores ajenos a la cooperativa, tocados todos ellos con sombreros de palma, se acordó la suspensión de Scherer García y otros cinco cooperativistas, entre ellos el gerente general, Hero Rodríguez Toro, y el secretario de redacción del diario, Leopoldo Gutiérrez Ortega.

Lo que Echeverría Álvarez y sus cómplices no previeron fue que alrededor de 200 cooperativistas de distintas áreas, pero principalmente de las redacciones, renunciamos en solidaridad con nuestro director. Tampoco imaginaron la diáspora que sobrevendría después y que se materializó en el nacimiento de nuevos medios: fundamentalmente el semanario Proceso, el diario Unomásuno y la revista Vuelta.

En buena medida, ese episodio infausto marcó a Echeverría Álvarez como represor de la libertad de prensa. Y fue sin duda un punto de quiebre para el periodismo mexicano.

A lo largo de esas cinco décadas transcurridas desde entonces, la figura de Scherer García, reportero de excepción toda su vida, ha sido mitificada. Al grado de convertirlo en un prócer inmaculado, lo que evidentemente no fue.

Les platico que en lo personal Excélsior fue literalmente mi casa. Desde niño, allá en los años cincuenta del siglo pasado, acompañaba a mi padre José Ortiz y Ortiz a la redacción del semanario Jueves de Excélsior, en el edificio de Bucareli 17, del que era jefe de Redacción. Recuerdo mis “travesías” –por los pasillos olorosos a metal fundido y entre el estruendo de la rotativa–, a través de la sala de formación, el área de linotipos y las redacciones del diario, para entregar en la mesa de Redacción, todos los domingos en la noche, la crónica taurina de Don José, como se firmaba mi padre. Varias veces me topé en el camino, no sin sobresalto, con el mismísimo Scherer García. En Jueves haría luego mis pininos reporteriles, a los 17 años de edad.

Cabe recordar que a principios de los años 70 del siglo pasado Excélsior era, para los aprendices de reportero como yo, sencillamente la Meca. No había mayor aspiración que ingresar a esa Catedral del Periodismo y publicar en el periódico más prestigiado de México, uno de los 20 más importantes del mundo. No era fácil, sin embargo, ingresar a ese ámbito privilegiado. Muchos jóvenes lo intentaron en balde y no pocos vieron frustrados sus anhelos al no pasar la prueba y ser echados del paraíso.

La norma era que los aspirantes a reporteros entraran a la redacción de algunas de las dos ediciones del vespertino Últimas Noticias. La Primera aparecía hacia el mediodía y la Segunda, conocida popularmente como “la extra”, estaba en las calles a partir de las cinco de la tarde. El acceso directo a la redacción de Excélsior estaba vedado. Que yo recuerde, en mi generación sólo hubo una excepción a esa regla: José Reveles Morado llegó y obtuvo una plaza en el diario. Los demás ingresaron a la Primera, que llegó a conjuntar en su redacción una cartilla de excelentes reporteros, jóvenes todos, que serían la cimiente informativa del periódico dirigido desde 1968 por Julio Scherer García. Entre ellos recuerdo de memoria a Rodolfo “El Negro” Guzmán, Elías Chávez García, Antonio Andrade, Rafael Cardona, Marco Aurelio Carballo, Guillermo Mora Tavares, Roberto Vizcaíno, Federico Gómez Pombo.

Todos ellos trabajaban ya en la edición que dirigía Jorge Villa Alcalá cuando Miguel Ángel Granados Chapa me llevó a la oficina de Scherer para proponerme con su aval como presunto reportero, a mediados de 1973. El director llamó por teléfono a Villa Alcalá, que le informó que tenía completa su planta. No había lugar. Entonces pidió a su compadre Regino Díaz Redondo, que era el director de la Segunda, que acudiera a su despacho, para presentarnos. Granados Chapa, a pesar de la insistente petición de Scherer de que se quedara, salió disparado antes de que llegara Regino. Un signo, sin duda. Al día siguiente empecé a trabajar en la extra.

Cuando ingresé a la Segunda, tenía ya algunos antecedentes en publicaciones de la casa Excélsior. Además de mis primeros reportajes en Jueves de Excélsior que mencioné antes, en la extra publiqué más tarde crónicas taurinas. Durante varios meses trabajé también en la redacción de Magazine de Policía, un bisemanario de nota roja dirigido por el reportero policiaco Manuel Camín, que aparecía lunes y jueves y que Scherer suprimió junto con el semanario humorístico Ja ja al llegar a la dirección. Y había empezado a colaborar ya con Vicente Leñero en la renovada Revista de Revistas, el semanario “madre” del diario Excélsior, fundada en 1910, seis años antes que el diario. Leñero, que dirigía la revista femenina Claudia, había sido invitado en 1972 por Scherer García para hacerse cargo del semanario, al que transformó totalmente.

El propio director general me ordenó, además de mi trabajo cotidiano en la Segunda, cubrir la guardia en la redacción de Excélsior. Era un requisito. Durante 78 días, sin descanso –y sin cobrar un quinto–, cubrí la guardia de las siete y media de la noche a la una de la madrugada, cuando menos. La tarea básicamente consistía en tomar a máquina las notas que dictaban por teléfono los enviados especiales y checar permanentemente los servicios de policía, cruz roja, bomberos. Además de reportear asuntos de último momento y redactar las notas respectivas. También cubrí en ese lapso asuntos especiales para el diario, reportajes básicamente, algunos de ellos fuera de la capital como enviado especial. Un fogueo duro, pero muy formativo.

Posteriormente fui invitado por Leñero para ocupar la jefatura de Información de Revista de Revistas. Dejé mi plaza en la Segunda y abandoné la guardia en Excélsior. Scherer me llevó entonces a su balcón, molesto. “Los acuerdos son para cumplirse, don Francisco”, me advirtió. “No deje su guardia, al menos una vez a la semana, no se despegue”. Y accedí, por supuesto.

La redacción de Excélsior era absolutamente misógina, como su director. No había entonces, en ninguna de las ediciones, una sola mujer reportera. Sólo recuerdo la presencia un tanto esporádica de Sarita Moirón, pionera entre las mujeres periodistas. La participación femenina se limitaba a la sección de Sociales, que dirigía Ana Cecilia Treviño, “Bambi”.

Pasillo de por medio estaba la redacción de Deportes, que dirigía Manuel Seyde (el mismo que bautizó a la selección mexicana de futbol como “Los ratoncitos verdes”) y dónde trabajaba como reportero mi inolvidable amigo Paco Ponce (y que sería a la postre coordinador de la sección deportiva en Proceso). Y, al fondo, el área de Corresponsales y la sección Internacional –comandada por Francisco Fe Álvarez–, con sus ruidosos, incansables teletipos. Junto a la dirección había acceso a una suerte de tapanco, metido ya en el edificio adyacente, donde trabajaban Miguel Ángel Granados Chapa y Miguel López Azuara, encargados de las páginas editoriales.

La verdad es que la imagen de excelencia que proyectaba al exterior el mítico Excélsior no tenía una correspondencia cabal en la realidad. Internamente, el periódico adolecía de una organización eficiente y de la ética profesional que muchos suponían. Había fallas frecuentes, improvisaciones, pugnas internas, abusos, injusticias, desorganización. Sin embargo, mantenía una alta calidad informativa gracias al rigor impuesto por los directivos. En suma, Excélsior distaba mucho de ser lo que aparentaba, pero demostraba cada mañana que era el mejor periódico de este país.

El diario había conjuntado un elenco de colaboradores nunca antes –ni después– logrado. Entre los articulistas se contaban Octavio Paz, Daniel Cosío Vilelgas, Gastón García Cantú, Vicente Leñero, Rosario Castellanos, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Miguel León Portilla, Hugo Hiriart, Carlos Alvear Acevedo, Miguel Ángel Granados Chapa, Ramón de Ertze Garamendi, Miguel Ángel Asturias, Abraham López Lara, José Alvarado, Ángeles Mastretta, Heberto Castillo, Ricardo Garibay y Jorge Ibargüengoitia, así como el extraordinario cartonista Abel Quezada. Sin embargo, la fuerza, el músculo del periódico, como diría su propio director, radicaba en la información. Durante esos años Excélsior cobró fuerza y se convirtió en un medio excepcional, fundamentalmente por sus reportajes especiales y sus noticias exclusivas.

Hubo algunas de éstas que literalmente cimbraron el país. Caso célebre, la publicación a ocho columnas de un proyecto del gobierno de Luis Echeverría Álvarez para instaurar un impuesto patrimonial que gravara bienes y riquezas… y hasta la posesión de plantas de ornato y mascotas. Ardió Troya. Brincaron cámaras y organizaciones empresariales, partidos políticos, órganos legislativos. La nota, firmada por José Dudet Peraldi, fue oficialmente desmentida. José López Portillo, entonces Secretario de Hacienda, admitió la existencia de ese “anteproyecto”, como lo llamó, pero alegó que había sido desechado tiempo atrás. Acusó al periódico dirigido por su primo, Scherer García, de sacar las noticias de la basura… Y así lo publicó Excélsior al día siguiente.

Es cierto que al interior de la cooperativa había bandos, disputas, envidias, favoritismos. Esto se daba muy claramente entre la resentida gente de talleres y de administración, por un lado, y los privilegiados de redacción; pero también entre los propios periodistas. Los reporteros que tenían su plaza en el diario, veteranos en su mayoría, gozaban de privilegios y canonjías evidentes.

Había sin duda un caldo de cultivo para la traición y la venganza.

Se había perdido todo espíritu cooperativista. La naturaleza de la sociedad de trabajadores creada en 1932 se había desvirtuado por completo. La cooperativa, sin embargo, funcionaba bien en lo económico. A pesar de los bajos sueldos, los ingresos de los socios se veían compensados tanto por la posibilidad de trabajar turnos extra como de beneficios como el reparto trimestral de dividendos, la obtención de participaciones accionarias y un aguinaldo de 100 días de salario. Adicionalmente, los cooperativistas disponían de cartas de crédito para la adquisición de bienes y servicios diversos –muebles, aparatos eléctricos, viajes, restaurantes, cursos– con cargo a los convenios de intercambio que la cooperativa tenía con anunciantes. Esas cartas llegaron a ser objeto de comercio, pues algunos socios las solicitaban para luego venderlas a menor precio y obtener un ingreso adicional. Por supuesto, esta práctica auspiciaba con frecuencia actos de corrupción.

En lo social, la cooperativa no respondía en absoluto a la esencia de esas organizaciones gremiales basadas en la solidaridad. Los trabajadores ingresaban a ella luego de una etapa de trabajo y previa aprobación del Consejo de Administración, sin conocer ni siquiera los principios cooperativos más elementales. No había ningún tipo de capacitación ni se aludía siquiera a principios como la igualdad de derechos o la democracia elemental. Había intereses, no convicciones.

Durante la gestión de don Julio, como todo mundo le llamaba, se vendían todavía espacios informativos, inclusive en primera plana. Prevalecía, como en todos los periódicos mexicanos, la práctica de publicar gacetillas (publicidad disfrazada de información) a tanto la línea ágata y debidamente facturadas. Scherer García decidió suprimir definitivamente la venta de la cabeza principal del periódico, la de ocho; pero se vendían otras “notas” destacadas en la portada, incluido el cintillo, que era la cabeza enmarcada que se publicaba en la parte superior de la primera plana, arriba del cabezal, segunda en importancia.

El Excélsior de Julio Scherer. Válgame.

@fopinchetti

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