Por Jesús Chávez Marín
Al dramaturgo platónico ya se le había olvidado Valentina Colmeneros, de quien estuvo tan enamorado allá en sus juventudes, pero la vio en Sears una tarde cuando fue a dar el abono mensual de su cuenta, y del antiguo fuego cenizas quedaban. Ella andaba volteando etiquetas, probándose perfumes, midiéndose blusas que no pensaba adquirir, pero le quedaban muy bonitas.
No es que a ella le faltara el dinero, puesto que su exesposo le pasaba una jugosa pensión y además le había conseguido trabajo en la Secretaría de Recursos Hidráulicos, donde él era jefe a nivel nacional, pero ella nunca de los nuncas engrandecería con su compra ese tipo de tiendas transnacionales hiper burguesas, y menos si ya las hubiera comprado Carlos Slim.
─Ernesto, dichosos los ojos ─exclamó con esa coquetería de calienta pendejos que la caracteriza desde tiempos inmemoriales.
─Valentina, desde que te vi entrar me dije: “Ahorita voy a saludarla”. Pero no te quise interrumpir. ¿Viniste a visitar a tu mamá? ─preguntó él, entre emocionado y dubitativo.
─No, ya vivo aquí. Regresé a mi tierra. No quería estar en Ciudad Juárez, donde todo es tan improvisado y sucio, ya no aguantaba. Pedí mi cambio y aquí me tienes ─dijo ella, midiendo con mucho cuidado el doble sentido de la frase, pues no quería que el inocente dramaturgo se fuera a ilusionar demasiado.
Solo un poquito, eso no le hace daño a nadie.
Quedaron de verse al día siguiente para desayunar en el Enrizos de la Deportiva, como en los viejos tiempos. Ernesto volvió a encender la llama del platonismo cuando ella dijo: “Y aquí me tienes”. Echó a volar le imaginación: en la prehistoria de ellos languidecía el recuerdo del amor eterno que le tuvo siempre a la bella Valentina Colmeneros, de cuando la visitaba los jueves en su casa, platicaban horas y horas de literatura y de los chismes de la farándula literaria mientras ella atendía a sus tres hijos y cocinaba la cena para el esposo. El dramaturgo enamorado respiraba hondo cada rato y se complacía en la miel del amor imposible. Así durante años.
Luego la familia feliz se fue a vivir a Ciudad Juárez y después los dos esposos se divorciaron. Ella se quedó con los hijos y con la responsabilidad de criarlos, además de una jugosa pensión, como ya se dijo, y la oportunidad que a toda mujer se le abre de rehacer su vida, como en todo melodrama que se respete, de tal manera que anduvo un buen rato en la tandariola, hasta que se enamoró de un doctor que la hizo ver su suerte, de tan mal que la trataba.
Todo eso lo supo Esteban porque desde lejos, para mejor sufrir, siempre estuvo al pendiente en saber la vida de su amada; a los conocidos mutuos lo primero que hacía era preguntarles por ella, eternamente por ella hasta la necedad. Si alguien cultivaba el amor platónico como a una selva bruta, era él.
Para el desayuno se alistó con ilusión y con unos billetes porque, conociéndola, sabía que, por muy feminista rabiosa que ella era, jamás pagaría ni un centavo partido de la mitad de lo que tomara y bebiera, porque además era una dama de las de antes, y una dama jamás paga en ningún lado, su sola compañía era sobrado privilegio.
En la sobremesa, él casi le recitó esto:
─Valentina, te tengo una propuesta decorosa. Compré dos boletos para el baile de fin de año en el Club de Leones, van a tocar Los Apson.
─¡Ay, qué padre! Siempre he querido conocerlos. Desde que estaba en la secundaria los oía y me encantaban. Sí. Vamos. ¿El boleto incluye la cena?
─Claro que sí. Y también los gorritos esos que le dan a uno y cuanta cosa. En el baile tocará además El Grupo Soul de Camargo. Todo va a estar muy bonito, y, contigo, más ─agregó el, procurando domeñar el entusiasmo.
─Muy bien, yo llevaré una botella de Etiqueta Negra, para nuestro brindis de año nuevo ─prometió ella muy contenta.
Pero nada estuvo bonito, al contrario.
Valentina Colmeneros bailaba toda cueruda, nunca permitió que su enamorado se le acercara más allá de los conveniente. Casi en todas las canciones se ponía a bailar suelta, mirándose a sí misma en el espejo del salón, tan bonita y tan sin gracia como ella misma.
Como si fuera la prefecta de la escuela, se puso a darle instrucciones al cándido palomo de cómo se baila correctamente. Nunca se mueven los hombros, dijo.
Para colmo, no llevó la botella de Etiquete Negra que había ofrecido, sino las sobras de un Etiqueta Roja, unos quedes malolientes; la botella solo traía la mitad de un licor que más seguro ya tenía meses en el refrigerador y ahora era un alcohol agrio, de tal forma que el galán se vio obligado a comprar en el salón unas cervezas carísimas.
Ernesto regresó a su casa de muy mal humor, pero con el saludable regalo de que se le curó para siempre aquel virulento platonismo.
