Por Jesús Chávez Marín
Conocí a Miguel Sánchez en una típica fiesta de los años ochenta, de aquellas que daba yo en mi casa con abundantes cigarros, licores y alguna que otra precaria comida dizque artesanal que traían algunos o algunas de los invitados en cazuelas de barro. Sánchez era conocido de un primo lejano, y ese día nos hicimos amigos porque me dijo que había comprado un libro mío del que no se acordaba el título, donde venía un cuento que le pareció padrísimo, así dijo, y que un día de estos pensaba aventarse el volumen completo, para adentrarse con el contenido de tan profunda filosofía. Mi libro era de chismes, no de filosofía, pero de todos modos me sentí halagado con su acertado comentario.
A Sánchez nadie lo conocía, ni yo, y mucho me temo que era uno de esos individuos que tienen un detector de fiestas ajenas y se la pasan a toda madre los fines de semana sin gastar un centavo. En su favor debo añadir que era simpático y educado, derrochaba ese ingenio aproximado que suele surgir en el viaje alcohólico y que, ya visto de cerca, es vano y vulgar, pero que la gente celebra muerta de risa, al andar todos igual de atizados.
A mí me cayó muy bien Miguel Sánchez, estuvimos platicando buen rato en medio de la algarabía, a veces a gritos cuando alguien le subía demasiado al tocadiscos donde sonaba música de Los Doors, Pink Floyd, ese tipo de clásicos. Me contó que era contador, había salido de la Facultad de Contaduría y Administración, así dijo, y que llevaba las cuentas de PH Steel, una empresa con siete sucursales en el estado y otras quince en el resto del país. Por no dejar, también me preguntó a qué me dedicaba. Con tantita pena expresé que tenía una editorial casera donde hacía libros y revistas.
―¿De modo que eres empresario, Chávez? Nunca me lo hubiera imaginado ―celebró con aspavientos, y yo todo avergonzado, rogándole a Diosito santo que nadie lo hubiera oído, como así fue, todo mundo estaba en lo suyo.
―No soy empresario de nada, te dije que era editor, no negociante ―repliqué, para no quedar en ridículo, porque en aquel entonces yo me vestía con ropa de El Pasito, usaba chamarras del Army compradas en las segundas, y estaba seguro de que un empresario siempre usa traje y corbata.
―Claro que eres empresario, mi buen. Tienes clientes y proveedores, comercializas un servicio indispensable para la economía del país. Eres un empresario hecho y derecho ―declaró.
Creí que me estaba vacilando, como seguramente así era, así que le dije:
―Espérame tantito, voy al Oxxo por unos hielos.
Una semana después llegó muy orondo a mi flamante negocio, según él, o sea, al cuarto donde tenía yo un escritorio y una computadora del año del caldo.
―Oye Chávez, fíjate que se me acabó el efectivo y tengo que hacer unos pagos. Te quiero pedir el gran favor de que me cambies un cheque prefechado para dentro de cuatro días, que es quincena.
Miguel Sánchez suponía, y suponía bien, que yo, como todo empresario, usaba una chequera y una cuenta de banco. Para los lectores jóvenes: un cheque era un documento con logotipo aparatoso donde se consignaba una cantidad de dinero a nombre de quien aparecía en la raya de arriba, enseguida la cantidad con números, y en la raya de abajo, de las únicas dos rayas, se ponía dicha cantidad en un texto escrito, por ejemplo: un mil doscientos pesos, que es la cantidad que me pidió Miguel Sánchez que le cambiara, no que le prestara, y mediante ese cheque yo podría cobrar en el banco cuatro días después.
Cantidad que no cobré jamás, porque el cheque no tenía fondos, y quizá jamás había tenido. Para que vean ustedes hasta dónde puede a uno arrastrarlo la vanidad: me dijo que le había gustado un cuento mío, agregó que yo era un empresario con toda la barba, y me ensartó con gran facilidad un cheque sin fondos, que aún conservo en una carpeta que dice: cuentas por cobrar.
