Por Jesús Chávez Marín
Hola cómo están, soy Felipe Colmeneros González y dispensen que ponga primero mi nombre, es por precaución. Ya registré este importante mensaje en Derechos de Autor para que no se les ocurra, nunca falta quien caiga en la tentación de sacar con su firma lo que escribo, o salir citado de repente en alguna historia que se plagia tan campante la información mía, como el Jesús Vargas, que no pone de dónde ni de quién, a menos que sea, claro, de alguna vaca sagrada y esos sí ponen demandas en dólares: allí sí se cuida.
Quiero decirles que mi sangre aunque plebeya también tiñe de rojo, ay sí, no sé dónde leí esa máxima pero me gustó y cada rato la repito porque me da mucha risa; es que yo casi no leo, para no contaminar mi estilo, y a pesar de eso, ahí donde me ven, llevo dos libros publicados, uno bien ochentero donde unos cholos se la pasan tomando caguamas en las esquinas y trabajan de yeseros en la obra, uno de ellos se enamora de Angélica María, una chava del barrio que está buenísima pero ni caso le hace.
Mi libro no se vendió gran cosa, pero recibí muchos comentarios, bueno, no tantos, un crítico de cantina de esos que nunca faltan dijo que estaba muy aburrido. Me cayó gordo. Lo que pasa es que no comprendió mi estilo.
Para festejar que salió de imprenta el segundo, al que le puse por título Simplemente F, mandé hacer con un herrero una F como la de Fantomas, acá bien gótica y toda la cosa, y me salió con esta F tan sin embargo; dijo que era de bajo presupuesto, pero que refleja mi férrea personalidad, replicó.
Así es la vida de los literatos de por estos rumbos pero es que las autoridades no se ocupan de los que escribimos y por eso tarda uno en hacerse famoso. Bueno, ni modo. Como escritor no soy muy conocido, pero como yesero agarro muy buenos contratos, no como otros.
