Cuento: La casa del varillero

Por Jesús Chávez Marín

Julio era el mayor de los hijos y era muy aprensivo, y más en aquellos años, porque a su papá no le andaba yendo bien, la pobreza entraba por la puerta y el amor salía por la ventana, como dicen. Pero no era por los centavos, la verdad; sus papás estaban acostumbrados a sortear las adversidades: él hombre era muy cumplido con el chivo, trabajaba todo el día de varillero vendiendo casa por casa por todas las colonias de la ciudad; la mujer era un genio para hacer rendir el poco dinero, alcanzaba para todo, a pesar de que tenían seis hijos. Como vulgarmente se dice: seis bocas qué alimentar.

Los problemas entre ellos empezaron de manera distinta, pero eso el niño, siendo niño, nunca lo llegó a saber. Resulta que dos años antes regresó del otro lado Enrique Iracheta, uno que años antes había sido novio de la madre. Para entonces ella, claro, era una mujer casada y el muchacho se le había quedado en el alma como el típico amor platónico que algunas personas guardan como talismán, prendidos en algún hilito de esperanza. Enrique había sido muy popular en aquella época; cuando ella era una joven de 18 años cumplidos, él se fue de bracero y todo mundo pensó que jamás volvería.

―Ya vivo en Chicago. Me acomodé en una fábrica de maquinaria y me ha ido bien, gracias a Dios. Solo vine por unos días a visitar a mi mamá. En todos estos años no había podido, no podía pasar; pero ahora ya tengo la green card, ya puedo moverme de allá para acá ―le dijo a ella cuando, al día siguiente de llegar, fue a visitarla a donde le dijeron que vivía ya de casada.

―Qué bueno, Quique. Tu mamá ha de estar muy contenta de verte ―respondió ella, dominando por completo la emoción de volverlo a ver, más guapo que antes, más hombre, de más porte.

―Y yo de verte a ti. Te he extrañado cada día todos estos años―. Lo decía con sencillez y con verdad, no como si tratara de meter aguja para sacar hebra. Enrique siempre había sido un hombre sincero en donde crece la palma.

―Yo también te guardo cariño, Quique. Pero ahora, ya ves, estoy casada y tengo cinco hijos que son todo mi amor. ¿Tú no te has casado?

―No. En todos estos años me he dedicado a trabajar duro y hasta hace poco empiezo a ver claro. Ahora soy jefe de piso, gano bien, pero ya hasta se me está pasando el camión, jajaja, como luego dicen.

―Ay, a ustedes nunca se les pasa el camión, en cambio a nosotras desde los veinticinco ya de quedadas no nos bajan.

Durante buen rato estuvieron platicando muy a gusto, mientras ella cocinaba con el cuidado y la delicadeza que pone en todas sus acciones, pues en una hora llegarían los hijos mayores de la escuela. Hablaban con la confianza y la calidez de quienes habían sido amigos desde niños y también los grandes amores de la juventud, el primer amor que llegó en la vida. Ya casi para despedirse, él se puso muy serio, halló por fin la manera de acomodar estas palabras a las que les había estado dando vueltas desde un mes antes:

―Quiero pedirte que me acompañes en el tren a Topolobampo y de allí a Navojoa, porque necesito corregir un error que sale en mi acta de nacimiento. Necesito el acta corregida, resulta que desde hace seis meses tengo una novia, la única que he tenido después de que ti, y nos vamos a casar, pero me exigen que el acta esté bien. ¿Irías conmigo?

Por increíble que parezca en aquellos años, a mediados de los años sesenta, el esposo varillero estuvo de acuerdo; se ofreció a cuidar a los cinco hijos, y así los dos exnovios viajaron un día completo, de ida en el tren Chihuahua al Pacífico hasta Topolobampo, de allí en camión a Navojoa. Se hospedaron en el Hotel del Río, se quedaron tres días. Enrique hizo su trámite en el Registro Civil y los dos fueron muy felices, se cumplieron la luna de miel que había quedado pendiente. Final feliz. Luego tomaron en camión a Topolobampo, tomaron el tren, viajaron otro día completo de regreso y la vida siguió su curso como siempre, a veces tranquilo y a veces agitado.

Dos años después, cuando ya había nacido la niña más pequeña, el honrado varillero se preguntaba si por angas o por mangas hubiera cabido la posibilidad de que no fuera hija suya, a pesar de que era su vivo retrato.

 

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