Cuento: “Flores blancas”

Por Jesús Chávez Marín

Natalia, traje flores. Siempre me dijiste que no debo gastar en estas cosas, que las flores luego se marchitan; además, según tú, ayudo a que los comerciantes las cultiven con mejorales y luego las arranquen para venderlas; no las dejan vivas y hermosas hasta la plenitud de su ciclo natural.

¿Qué otra cosa puedo ya ofrecerte en esta helada tumba, qué puedo hallar como símbolo de homenaje para ti sino la efímera presencia de estas rosas blancas que tanto te gustaba contemplar en el rosal que planté en el patio de nuestra casa cuando vivimos juntos? Cuando vivías.

Luego me fui de allí, me pediste que me fuera, lo consideraste necesario y, la verdad, yo también. Extrañé tantos años nuestra vida juntos, y luego poco a poco me fui acomodando a vivir solo, resignarme al fracaso de mis ilusiones, visitar a mis hijos como si fuera un extraño.

Por suerte pudimos recuperar la amistad, nuestra conversación. De vez en cuando íbamos al cine todos, o a La Deportiva, en familia como antes. Algunas veces me invitabas a tu casa, a comer o en algún cumpleaños. A la que tantos años fue nuestra linda casa familiar, donde diseñabas espacios confortables y hermosos y los seguiste formando siempre hasta hace dos años, cuando te fuiste para siempre.

Aunque ya tengo otra situación, la pena de seguir vivo sin ti, el vacío de tu muerte es el umbral más alto del dolor.

Me arrepiento de haberte traído flores, no te gustó nunca que lo hiciera. Y me duele ser yo el que esté aquí frente a una tumba con tu nombre: la ley natural y la cronología marcan que debió de ser al contrario: yo muerto y tú alegre y esplendorosa como siempre fuiste.

Estas bromas crueles del destino son ineluctables.

Adiós, Natalia, ¿hasta pronto, Natalia? Ya no estás en esta dimensión, pero seguiré trayéndote flores blancas para que la luz y los colores del día esfumen un poquito el ambiente de este lugar sombrío.

 

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