Cuento: El prócer

Por Jesús Chávez Marín

Cuando estaba por cumplir los sesenta, Ramón Quintana había acumulado una vasta suma de odios y silencio, y a pesar de ello había destacado como un hombre de letras, pues escribía con fina pulcritud los discursos que pronunció en vida Prisciliano Ruy Fernández, afamado político de la región.

Me acuerdo que una vez cuando, siendo presidente municipal de Jiménez, don Prisciliano tuvo a bien nombrar a Ramón director de la Casa de la Cultura del lugar.

─¿Pero cómo se te ocurre darme ese nombramiento, Pichano?, si en este pueblo no hay Casa, ni Cultura, ni Instituto de nada ─reclamó el hombre, haciendo la cara de aflicción que le fue característica.

─Pues para eso te di ese cargo, Ramoncito, yo sé que saldrás adelante. No coloqué a ningún lefio, sino a ti, todo un ingeniero del Politécnico Nacional.

Y en efecto, Ramón con su gran ingenio de ingeniero fundó la Casa de la Cultura, que aún persiste hasta nuestros días y, no conforme con eso, también se dio tiempo para abrir junto con otros el Tecnológico de Jiménez, de donde años después llegó a jubilarse con honores.

Lo que nadie llegó a comprender fue cómo, a pesar de ser todo un prócer, fuera tan rencoroso por cualquier pendejada. Que no llegaron a tiempo unos bocadillos de Camacho, y lo hizo quedar mal en presencia del gobernador que vino de visita para inaugurar la biblioteca pública, jamás se lo perdonó a Camacho, le retiró el saludo para siempre. Que Alicia Muro publicó en El Sol de Parral un poema que Quintana interpretó que era en su contra, la borró del Círculo de Escritores, Artistas y Similares A. C. que también fundó él y del cual fue presidente vitalicio. Que Chendo no lo saludó en forma debida cuando iba pasando por La Calzada, a Chendo ya jamás lo invitaron.

Y así se la fue llevando, hasta que se peleó con medio mundo. Por eso a la fiesta de sus sesenta años no llegó nadie, cuando él pensaba que una multitud agradecida llegaría para rendirle los honores a quien tanto hizo por el terruño. Tan grande desaire fue muy mentado, dicen que se le quedó todo: las carnitas, la ensalada, el pastel, la sopa de repollo, los jamoncillos, cuatro barriles de cerveza y una placa de bronce que se mandó hacer a sí mismo para conmemorar el natalicio, el cual le sería entregado por un grupo de notables del municipio, grupo que también brilló por su ausencia.

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