Por Jesús Chávez Marín
Al eterno galán ya se le habían pasado los mejores años, pero él procuraba no darse demasiada cuenta, a pesar de que todos los espejos que tenía en su casa reflejaban la imagen de un hombre de sesenta años, levemente gordo; algunas canas se le escapaban del cuidadoso teñido de su pelo a color negro que le costaba un dineral en La Estética de Alberto, a donde asistía religiosamente cada mes. Pero por lo visto el galanismo no se cura, porque él todavía le hacía la lucha con esmero, disimulando tantas cuitas amorosas y rechazos y ardideces que almacenaba su ancho corazón.
―¿Cómo le va, Laurita? Qué bonita su blusa, ¿la trajo de Chiapas? ―le recitaba con voz aceitosa a la joven mesera a la que para su mala suerte le hubiera tocado atenderlo esa mañana en la fonda La Guadalupana.
―Sí señor. ¿Qué va a querer? ―contestaba ella en tono neutro, profesional.
―Pues de querer, querer, mejor ni le digo. Pero, pues, tráigame el número 7, con un café, leche aparte y azúcar de estevia.
“Ay qué viejo tan odioso”, pensaba Laurita. Pero dijo muy atenta y en el mismo tono de me vales madre:
―Muy bien, en seguida le traigo su orden.
Esa fresca mañana, el eterno galán había invitado a su vieja amiga Odillete, quien desde años inmemoriales lo había mandado a la goma, pero él no perdía las esperanzas. Jamás abandono el advenimiento del deseo que se cumple, se decía a sí mismo en su pantanoso corazón de oscuros pensamientos. La dama, cual debe de ser según el protocolo absurdo de las relaciones amorosas o amistosas de antes, llegó tarde, porque primero debe llegar el bato, según esto, es humillante que ella espere sola en la mesa o en donde sea, por eso ellas procuran llegar poquito tarde, a veces demasiado tarde.
―Buenos días, Mauricio, ¿ya tienes mucho esperando? ―interroga Odillete, sin que le importe un comino la respuesta.
―Pues si lo dices en calidad de metáfora, la respuesta es sí. Años. Si lo dices por nuestra cita a desayunar, la respuesta es no, casi acabo de llegar, aunque ya le ordené a Laurita unos huevos, por mientras llegabas, pero enseguida le pido que te atienda, mi reina ―respondió el eterno galán, creyéndose flor de ingenio, pero en realidad bastante nervioso. Esa mujer le imponía mucho, era demasiado hermosa y los años no pasaban por ella, además de la portentosa personalidad que seguramente le daba ser una de las quince jefas de producción de Dx IQ, la famosa maquiladora global que se instaló hace años en Chihuahua y ya cuenta con cinco plantas.
―Ay, Mauricio. Ya eres el único ser de este mundo que todavía dice Mi reina. Ya ni me enojo, me da risa ―respondió ella muerta de risa.
―Siendo así, conseguí mi propósito: hacerte reír ―volvió a sonar el tono aceitoso del obsoleto galán.
―Al principio me daba coraje, me sentía ridícula. Una de las veces hasta te di una cachetada y me fui del lugar, ¿te acuerdas?
―La verdad, no. De ti solo guardo recuerdos hermosos ―dijo el viejo que procuraba no verse tan viejo, sin bajar la guardia.
―Mejor ya párale, mi rey. Vamos hablando en serio, no como si estuviéramos en una fotonovela de los años cincuenta del siglo pasado.
―Ay, Odillete. Bueno. Está bien. Trataré de mirarte como si no te quisiera tanto y como si no estuviera enamorado de ti, como si eso no tuviera la menor importancia. Mira. Te pedí que nos reuniéramos porque tengo un sobrino que acaba de salir del Tec de Chihuahua, y necesita trabajo en la industria. Y como tú eres una de las grandes capitanas de todo eso, pues pensé que tal vez pudieras ayudarle.
―Muy bien. Por ti lo voy a hacer. Mándamelo para que le hagan una entrevista y a ver qué pasa.
Desayunaron muy a gusto, ya en un ambiente más relajado, como los grandes amigos que habían sido durante los últimos cuarenta años. Luego ella dijo:
―Yo también traía un asunto contigo, Mauricio. Hasta me da un poquito de pena decírtelo, pero se trata de esto: Quiero que me acompañes a mis vacaciones de Semana Santa. Renté una suite en el Riu de Vallarta y tengo boletos para dos personas. Compré ese tour pensando en nosotros dos, en nuestro pasado ya tan lejano, pero tan vivo; en el recuerdo de aquella vez en El Soberano que, ya sabes. Y, bueno, también siento que te la debo, después de tantos años que me has hecho la lucha, cosa que me halaga y me molesta a la vez, pero ni modo, así es la vida. ¿Aceptas mi decorosa propuesta?
Lo que no se sabe en este cuento es si esta última parte sucedió en la realidad o en los sueños guajiros del otoñal señor de los espejos.
