Por Guadalupe Ángeles

— Dicen los que saben, que para escribir uno necesita dejar que se calme la emoción, luego tomar la pluma o sentarse frente a la computadora (los modos son lo de menos) y empezar a escribir. Si yo hubiera tomado el consejo, no habría escrito esta nota desgarrada, sin embargo, si debo una disculpa a quienes se atrevan a leer los párrafos que siguen, es ésta: Necesitaba hacerlo así, tómese la frase como dicha por un exorcista. Quienes me conocen sabrán porque, quienes no, no considero una indiscreción decirles que mi padre murió cuando yo tenía seis años; ah, y que odio ser testigo del sufrimiento de seres nacidos para el amor y condenados al desamparo.

La historia de un libro bien puede entrar en la conciencia de forma brutal. Esto me sucedió con la novela “Entre los rotos” de la escritora mexicana Alaíde Ventura Medina, distinguida con el Premio Mauricio Achar en 2019 y publicada por Literatura Random House en noviembre pasado.

Por lugar de nacimiento soy heredera de la tradición occidental, ello significa que, por instinto, buscaré siempre una explicación racional a todo fenómeno en que se involucren mi entendimiento o mis sensaciones, ¿a dónde voy con esta reflexión que parece hueca? A mencionar un hecho contundente y cierto que ocurrió en esos lugares donde habita (a falta de mejor nombre), eso que se ha dado en llamar “inconsciente”; el hecho fue que pude asesinar (no sin grandes trabajos y mucho miedo) al padre de los protagonistas principales de “Entre los rotos” de una certera cuchillada en el pecho; puede decirse en mi descargo que esto ocurrió en sueños, apenas anoche o en las primeras horas de este día.

Como toda investigación llevada a cabo en las aguas densas del inconsciente, ésta arrojó los resultados obvios de que era absolutamente necesario eliminar a ese personaje de la faz de la tierra de mi pensamiento, so pena de ser perseguida por su estatura enorme de monstruo indestructible a través de mis sueños.

El libro cuenta la historia de una familia narrada por la hija, hermana de Julián, con quien comparte unos padres que tal vez no debieron serlo, y no debieron por la sencilla razón de no ser capaces de anteponer sus necesidades a las de sus hijos; me explico: es obvio que todos necesitamos tranquilidad, no es obvio en absoluto que para obtener esa calma, asesinemos a otros.

El asesinato cometido en estas páginas fue un asesinato diferido.

A través de los breves capítulos en que somos testigos de la crueldad perpetrada donde debió haber ternura, el lector es llevado por una angustia que, no sé si fue premeditada y medida por la autora, tal vez sí, y de ser ello cierto, habremos de atribuirlo a sus dotes de hábil narradora; de mi parte puedo decir que a los dos o tres párrafos iniciales de la novela, ya odiaba a muerte al padre.

La voz narrativa que nos lleva por esta colección de heridas es la de una mujer joven, lo hace con una sencillez no exenta de dramatismo, pues en su decir hay una pregunta que, sin formularse, obsesivamente la persigue: ¿es inevitable ser un rompecabezas armado por los hechos que nos rodean, es inevitable que la víctima se transforme en victimario? A ratos parecen diluirse las fronteras entre estas dos figuras antagónicas, al grado de imaginar que esta historia merecería un subtítulo que bien podría ser sacado de los archivos de cualquier corporación policiaca.

Hace la autora una serie de listas, en las que se puede descansar entre capítulo y capítulo, algunas inician con una pregunta, me hubiera gustado agregar una más: ¿Un árbol hace las veces del amado muerto?

Los personajes son asombrosamente verosímiles, la madre es vista por la hija sin piedad, como solemos mirar los hijos reales.

Una enseñanza para enfrentar al desamparo nos regala Julián, el hermano e hijo centro de la historia: el silencio, o un NO pronunciado a tiempo, son armas poderosas al enfrentar la salvaje lucha por la preservación de la tranquilidad (íntima y personal, intransferible) –aunque ello sólo sirva para diferir su acto último, desde las primeras páginas, inevitable.

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