2020

Por Ernesto Camou Healy

— Lo que más me gusta de los Años Nuevos es la multiplicación de buenos deseos y augurios de felicidad que se otorgan sin demasiada discriminación a casi cualquier persona que se nos cruza en el camino. Es una ocasión apta para hablar con un extraño, o conocido ocasional, darle la mano o hasta abrazarlo, y expresarle que, por lo menos en esta fecha, queremos que sea feliz y que permanezca en ese estado los siguientes doce meses.

La fórmula es “feliz año”, y nos tomamos el tiempo para acercarnos a alguien a quien el resto del ciclo anual sólo saludamos de lejos, con un gesto, pero en estos días se vale romper esa distancia, dar un abrazo insospechado, un apretón de manos y sonreír. Y repetimos una y otra vez ese deseo, quizá un poco abstracto pues poco sabemos lo que anhela y necesita ese personaje con quien, a veces y de lejos, nos cruzamos en la calle, la chamba y hasta la iglesia.

Y, salvo extrañas o neuróticas excepciones, esa sonrisa y las ganas de regalar felicidad tienen un sustrato de autenticidad, por más que no sepamos qué haría feliz al interlocutor y recipiente de nuestra buena voluntad. Y no importa ese contenido concreto que hace personal e íntima su búsqueda de alegría: Lo solemos decir con verdaderas ganas de que le vaya bien…

Y eso no es poco. Si nos ponemos a contar los días en los que uno se acerca espontáneamente al vecino o a quien vemos al pasar por una calle o nos atiende en un comercio, y le decimos una frase amable o simplemente le sonreímos, quizá nos sobren dedos para enumerarlos. Entonces la pregunta es ¿por qué en la cotidianidad ignoramos al transeúnte que se cruza con nosotros en el camión o el mercado? Alguien dirá que es un desconocido, pero la repetición del encuentro va concediendo cierta cercanía, va dando un rostro al extraño y lo va tornando parte de mi circunstancia a tal grado que su presencia aún difuminada y lejana, es parte de lo que soy, pues solo somos en relación con los que nos rodean, es imposible el aislamiento absoluto.

Ignoramos a ese desconocido cercano por falta de tiempo, por cierta pereza, miedo a establecer un compromiso, o porque no sabemos cómo reaccionará. Eso establece la distancia como una normalidad cómoda y prudente; en ocasiones refuerza sospechas o prevenciones que dificultan el acercamiento y nos obstaculizan la sonrisa.

Pero sonreír establece un vínculo, regala buena vibra y mejor voluntad, acerca y nos hermana, al menos por unos momentos de privilegio y cercanía. No es difícil, incluso el primer efecto positivo de sonreír es sentirse bien consigo mismo, y luego le afirma al otro, que no está solo, que hay un puente entre los dos, que acercarnos, aunque sea por un momento puede concedernos un instante de paz o alegría compartida.

Por eso, en este inicio de año vale la pena proponernos romper las barreras y buscar acercarnos y sonreír a todos, y todo el año. Si colocamos una buena dosis de autenticidad en la cercanía y evitamos dobleces y temores, puede ser posible ir construyendo abrazos permanentes y solidaridades urgentes.

Eso implica salir de uno mismo con movimientos de generosidad y respeto a quienes encontramos en el diario vivir. Hacerles una señal con el cuerpo y rostro, establecer complicidades y compartir sonrisas, todos los días del año, no sólo en “las fiestas” que nos ocupan estos días…

Y con el ánimo de hacer concreta esa felicidad, y dar sentido a la sonrisa, espero que tengamos todos, en estos meses por venir, la voluntad de construir un mejor entorno, menos hostil y más tolerante. Que hagamos de nuestra comunidad y hábitat un sitio limpio y libre de contaminación, exento de odios y mentiras, libre de corruptelas y bajezas, positivo y amoroso, pleno de sonrisas espontáneas y sinceras… 

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