Morena, quinceañera vetusta

Por Jaime García Chávez

El partido y movimiento Morena llegó a la edad de las ilusiones, aunque hace algunos años fue presentada en sociedad. Son los años iniciales que permiten hacer un balance de su pequeña cuan exitosa existencia.

Con ese motivo, y para no perder la costumbre, hicieron un acto de masas donde refrendaron, hay que decirlo claramente, su evidente sed hegemónica de pintar la república con sus colores partidarios, aunque sepan de sobra que nuestro país no cabe en un sólo partido. Y voy más allá: no cabe ni al interior mismo de Morena.

A la celebración se llega con un puñado de problemas graves. Por una parte, la administración se empieza a percatar de que el dinero no alcanza y ya se anunció el primer recorte en programas sociales; esto ocurre además con la crisis de designación de candidatos a los gobiernos de los estados, pues de 15 posiciones en nueve hay problemas tan graves como el que se observa –es un simple ejemplo– en Nuevo León y Chihuahua.

También se les puso inasistencia, probablemente pactada, a las dos figuras centrales, que son López Obrador, el fundador, y Claudia Sheinbaum, la Presidenta del continuismo. En su lugar, y con todo lo negativo que esto significa, se hizo presente el brazo de Palenque en la figura de Andy López Beltrán, exhibiendo un nepotismo que se le quiere adosar, no sólo a ese partido sino al país entero.

Por último, hoy que Morena se puede ver ante el espejo, y que nosotros la observamos desde la cotidianidad, podemos decir que la crisis de los partidos políticos en México no es nada más por la suerte que corren el PRI, el PAN, el PV y el PT, sino también por lo que le sucede centralmente al partido hegemónico.

Morena es un aparato de poder que ha aglutinado tantos elementos contradictorios, que podría ser un alquimista con sustancias peligrosas y explosivas. Surgió como un Movimiento de Regeneración Nacional y se va tornando a pasos agigantados en un simple instrumento de poder que no alienta una nueva vida pública para el país; y en esto la mezcla de una vieja y carcomida izquierda, al lado de exponentes del viejo PRI y de la derecha, desmiente los propósitos que auspiciaron el origen.

Un partido que crece a la sombra de un liderazgo único y carismático, suele concluir sus etapas de gloria cuando ese líder deja de cumplir, por la causa que sea; el papel de faro que se autoasigna. Y esa es la tragedia de Morena, que vive de medrar de López Obrador como la figura providencial que todo tiene en su cabeza y que con los dedos de sus manos señala rutas, casi omnisciente y omnipresente.

Sé que en Morena así lo ven sus más fanáticos seguidores, desde gente sencilla hasta encumbrados intelectuales orgánicos. Algunos hasta lloran cuando hablan del caudillo. La experiencia nos dice que partido que se sustenta en el culto a una personalidad, es partido que está perdido, aunque no sepamos el desenlace.

Conforme a la Constitución federal, los partidos políticos hoy en crisis alcanzan el alto rango de instituciones de interés público, con todo el peso que tiene esto por sus repercusiones en al ámbito político y jurídico.

Pero en el caso de Morena, esta categoría está lejos de corresponderse como una realidad. Morena podría ser una simple agencia del grupo en el poder con la capacidad de convocar a aspirantes a los altos cargos públicos y contratar empresas encuestadoras para que indiquen por dónde corren los vientos favorables a algunos de ellos; y entonces, en un acto administrativo y protocolario, hacer la designación. Ese es el espectáculo que vimos. Pero eso no refleja que estemos en presencia propiamente de un partido político, sino de una modalidad, acabada, del antiguo “dedazo”.

Ni siquiera hay una aproximación a postular y ejercer elecciones primarias para que de manera abierta y transparente se sepa quién tiene las posibilidades de ocupar una candidatura. Ahora se agrava esto porque la falta de institucionalidad pone a la vista de todos que Morena puede tener dirigentes formales en los estados, pero serán “coordinados” por el que se sacó la lotería.

En igual sentido se observa que por un lado está la ineficiente Ariadna Montiel, a quien ya le quedó grande el cargo, y por otro lado, el enorme contrapeso de Citlalli Hernández, que tiene voz y voto para decir quiénes van a gobernar, potencialmente, en las entidades.

De ahí la rebelión que encabeza Tatiana Clouthier y otros que pálidamente han reparado frente a las desmesuras que están viendo en su propio aparato electoral.

La crisis de los partidos no es privativa de México. La estamos viendo en todo el mundo y en Latinoamérica. Aquí en nuestro continente la izquierda va en retroceso, pero debemos estar claros de que no es nada más por culpa de la acción de la ultraderecha, y ya es tiempo de que la izquierda haga al menos una introspección para ver qué cuota ha aportado en labrar su desgracia.

Concibo que ser miembro o adherente de un partido político es que al menos se den estos dos requisitos: que los militantes tengan derechos reclamables para decidir el programa y la línea política partidaria; que puedan elegir colectivamente y de manera libre y directa a sus dirigentes y a sus candidatos, y que las dirigencias rindan informes a la propia militancia sobre el desempeño de sus responsabilidades y el manejo de los grandes recursos públicos que el erario pone en sus manos, no simples mítines, como es la usanza.

Todo esto se trata de evadir cuando las críticas se presentan en el momento que se tiene enfrente el argumento de que las encuestas hablan claro, aunque se sepa que sean a modo; pero más claro podrían hablar genuinas convenciones partidarias y elecciones primarias para ver el peso específico de aspirantes. Pero nada más lejos de los “renovadores” de la vida nacional. Y esto lo hemos visto, a nivel potencial, en las crisis, por ejemplo, de las recientes designaciones de “coordinadores”, dispensando el eufemismo.

Estos datos nos permiten decir que a tan corta edad, a sus quince años, Morena ya da muestras de reumatismo, porque no se quiere que haya articulaciones que permitan hablar de un partido en el que se respeta la dignidad de las personas.

En Chihuahua hay un ejemplo relevante: se ha postulado para gobernador a un hombre estructuralmente corrupto y de derecha, como Cruz Pérez Cuéllar; y la que era su némesis hasta un día antes, aceptó dejar, muy displicente, una senaduría para aspirar a ocupar la presidencia municipal de Ciudad Juárez, como haciéndole el favor a Morena para que no tenga contratiempos en Chihuahua.

Morena cruje y ya se larva su crisis profunda. Su falta de institucionalidad es grave y, digámoslo claramente, eso que se llama “derecha” puede tener aparatos amorfos para regresar por el poder. Pero la izquierda sólo se entiende a partir de principios democráticos, y ahí es donde, entre otras cosas, Morena suele naufragar con liderazgos unipersonales, caciquiles y carismáticos, propiciados por su esquizoide calidad de movimiento y partido.

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