Por Guadalupe Ángeles
Para buscarte iría al mar, a esa abstracción donde me dijiste que amamos internarnos porque nos recuerda el útero. Pero acaso también pudieras estar entre los árboles, mirando hacia un breve río. No imagino no verte cerca, tú eres yo, pero lejos, yo soy tú, pero en este cuerpo que se niega a permanecer amarrado a la rutina.
No tendría tiempo de llorar, pateando piedras para ver que ninguna tiene tu sangre. Este horrible poema de ausencias me obliga a desdecirme cada tanto. No me cabe en la imaginación tu ida. Tantas historias de dioses que me cantaste, tanto dios de piel azul cuyas costumbres me diste a conocer, y todo era un río y todo era un árbol enorme en medio de la noche, porque fuiste tú quien me contó del santo que hablaba con los animales y supe desde esa imposibilidad que de alguna forma estarías siempre ahí.
Yo soy la que huye. Tú jamás te irías como yo, hacia otra vida en la que para buscarte tendría que regresar a la infancia donde quisimos hacer una especie de casa de campaña para nuestra hermana menor, para que no la golpeara el viento de silencios que se fueron acumulando a nuestro alrededor. Pudo más la fuerza de su llanto que nuestra energía infantil. Y fuimos las tres un dibujo a grises en la madrugada que se iba iluminando.
