Comerás flores, de Lucía Solla Sobral

Por Fernando Mendoza

“Recomiéndame un libro, estoy en una etapa en que no soporto ninguna lectura, he comenzado diez en la última semana y los diez los he abandonado con unas cuantas páginas. Espero tengas tino”.

Leí la notificación un martes por la mañana. Una amiga de Twitter me la había enviado por mensajería privada la tarde noche anterior. Me lo dijo a mí, que soy un pésimo recomendador de libros. Sí, soy un pésimo recomendador. Hablo y escribo de libros, pero muy raramente recomiendo lecturas. Cuando alguien insiste, lo primero que hago es preguntar qué tipos de libros le gustan. Si conozco del tema o del autor que me dicen, hago una lista de los que a mí me han llenado el ojo.

Dudé en responder a la amiga. Seguí el protocolo. “Qué temas te gustan, qué autores…”.

Luego vienen las emociones. Un libro que leí hace diez años puede tener una reacción muy diferente si lo leo hoy. Las emociones cambian y ello repercute en la lectura.

“¿Cuál es tu sentir hoy? ¿Alguna pérdida, algún dolor, una alegría extrema? ¿Cómo está tu corazón?”.

Recibí respuestas casi de inmediato. Literatura y con una pena más o menos grave que aquí no viene al caso comentar.

“¿Qué has intentado leer?”. Me dio la lista de los diez que no había terminado en la última semana. Buenos libros en general. Me llamó la atención el último. Comerás flores, de Lucía Solla Sobral. Mis portales favoritos de reseñas habían hablado bien de él. Buenas críticas en general. No lo tenía y no podía dar mi opinión. Le pregunté a la amiga.

“Un tema trillado. No me gustó…”. ¿Mal escrito?, pregunté. “No sé, no quiero saber de ese tema tan trillado y lo abandoné con unas veinte páginas leídas”. Quizá faltó darle mayor oportunidad, pensé.

Hice mi lista de cuatro lecturas que a mí sacaron de sendas crisis lectoras. Cerré el tema. Apunté en mis notas de Gmail en mi celular: Comerás flores.

En mi primera visita a El Sótano lo adquirí. Me inquirió su portada: una mujer atravesada por una flor por entre su estómago. La mujer no está muerta, tiene una pierna levantada, aunque sus brazos están flácidos. Hay esperanza.

Para su autora, Comerás flores es su primera novela. Y para ser su primera novela ha tenido un éxito inusitado en ventas y en críticas. Pero a mí no me llenó el ojo. Tardé en encontrarle el hilo conductor a la historia, dos que tres metáforas no hicieron clic con mis emociones y un tema trillado.

Marina es una joven de 25 años que acaba de perder a su padre, que era una figura central en su vida. Está re encontrando su camino existencial y laboral, gracias a que se mudó a un departamento que comparte con su amiga Diana y con su perra Frida. Marina es una chica extrovertida y ha tenido algunos fracasos amorosos que no han hecho mella en su vida. Comienza a ganar el reto frente a la pérdida de su padre.

De pronto aparece Jaime. Si bien al principio, no hay nada, lo cierto es que en las profundidades interiores de Marina, poco a poco brota el amor. Jaime es un tipo de 45 años -veinte más que Marina- y tiene una hija de la misma edad que la protagonista.

Como pueden ver amables cuatro lectores, el tema es trillado. Seguí con la lectura, porque encontré una buena narración con pasajes muy bien logrados en su redacción y porque esperaba ver cómo desarrollaba la autora el tema tan trillado.

De alguna manera, Marina refleja a un buen número de jóvenes, que van buscando con cierta madurez desenvolverse en este examen que es la vida y van adaptándose a los retos que van enfrentando, incluyendo el relacionado con el amor y la amistad.

La protagonista de Comerás flores deja el departamento con Diana y se va a vivir con Jaime. Tema trillado. Pero allí está también la hija de Jaime. Tema trillado. Jaime le hace vivir un cuento de hadas a Marina, haciéndole regalos costosos y apareciéndose en momentos inesperados. Tema trillado. La diferencia de edades al principio no causa problemas, pero en la medida en que la relación va consumiendo semanas y meses se va apareciendo con mayor rigor. Tema trillado.

Seguí leyendo porque esperaba ver cómo la autora desarrollaría el final, que ya suponía cuál era. Además quería ver cómo terminaba el desorden alimenticio de Marina y si de alguna manera podía influir éste en el final de la novela.

Solo por ello, lo terminé.

No quiero ser spoiler. No diré nada de cómo Marina terminó en la biblioteca de la medianoche y acabó la taza antes de que su café se enfriase.

Quizá si hubiera leído Comerás flores antes de irme a Oaxaca, hubiera escrito algo diferente. Quizá. O si lo hubiera encontrado inmediatamente después de ir a El Salvador hubiera encontrado historias diferentes. Quizá. Lo cierto es que lo leí en su momento… y no insistí con mi amiga de Twitter para que volviera con él.

Por cierto, mi amiga terminó su crisis con un libro que puse en la lista de cuatro que le escribí. Y no fue Donde el corazón te lleve, de Susanna Tamaro, que nunca falla.

Nos leemos la próxima. ¡Hay vida!

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