Camou: Peroratas en la ONU

Por Ernesto Camou Healy

Esta semana tuvo lugar, en Nueva York, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, a la que asisten representantes de la mayoría de los países del mundo. Hay una convención diplomática que data de la fundación del organismo que sugiere que el primer orador sea Brasil: Así sucedió en la primera asamblea y la costumbre se ha respetado desde entonces. Es una manera de iniciar con un país importante, neutral ante los bloques de poder y con peso regional.

Le tocó entonces iniciar a Lula da Silva, con un discurso en el que se preguntó si la organización estaba perdiendo eficacia en su objetivo de impulsar el diálogo pacífico entre naciones y evitar los conflictos y guerras entre países. Urgió para que se la fortalezca y que pueda alcanzar sus objetivos originales. Al brasileño le siguió, es la costumbre, el Presidente de los Estados Unidos, de alguna manera el país anfitrión, o sea Donald Trump. Escuchar sus palabras durante más de 40 minutos da un significado más profundo, y espeluznante, a la palabra “perorata”: Su participación fue una sarta de mentiras, acusaciones y auto alabanzas en las que, entre otros dislates aseguró que, si Irán no se pliega a su voluntad, “aniquilará el país completamente”, o sea lo va a reducir a la nada, lo va a borrar de la faz de la tierra. Decir eso, en ese auditorio, es simplemente contradecir la misión de las mismas Naciones Unidas.

No dejó títere con cabeza: A todo mundo ofendió, con la dudosa excepción de aquellos países de América Latina, cómplices y títeres, que han consentido plegarse a sus caprichos. De México dijo que es un país controlado por los narcotraficantes, que son terroristas, y que debe resolver sus aprietos porque los E.U.A. no pueden admitir un vecino con 2,000 kms. de frontera con ese problema: Dejó, no muy disimulada, una amenaza contra nuestro territorio y los mexicanos. Su arenga fue dirigida a sus simpatizantes y posibles votantes para convencerlos de que es un dirigente fuerte y valeroso, con las elecciones legislativas de noviembre próximo en la mira, más que a los delegados presentes en la Asamblea.

Nuestra Presidenta, al comentar esa diatriba, eligió la prudencia y dijo que “ella podría decir que es muy difícil vivir al lado de un país con muy alto nivel de consumo de drogas; o que es el mayor productor de armas en el mundo… pero no lo voy a decir” –terminó con una sonrisa.

Y después de Trump apareció Netanyahu que llegó al podio en medio de rechiflas y gritos de una mayoría de los delegados: No lo quieren por su política criminal y genocida en contra de los palestinos de la Franja de Gaza. Antes de que empezara su participación alrededor de unas 80 delegaciones eligieron abandonar la asamblea y dejarlo hablando en una relativa soledad. Por eso inició su alocución, más bien fallida, con una frase retadora: “Si quedan algunos cobardes morales que no haya abandonado la Asamblea, háganlo por favor”. Sin rubor confesó los asesinatos de civiles que el ejército sionista ha cometido, y responsabilizó por su propia muerte, a niños, mujeres y ancianos porque no le hicieron caso de huir de sus casas antes de los ataques de la milicia israelí.

Escuchar los dichos de ambos personajes resulta extremadamente preocupante: Son dirigentes poderosos, con personalidades patentemente sicóticas, es decir sin capacidad de empatía y compasión por los otros y su entorno, capaces sólo de pensar en sí mismos y lo que les conviene, que están tomando decisiones que deberían poner en duda su capacidad moral y su inteligencia, en aras de lograr objetivos que contradicen flagrantemente los más fundamentales derechos humanos, sin compasión alguna por el exterminio de pueblos enteros sólo por su etnicidad, y acumulando, Trump y sus allegados, billones de dólares en sus empresas criminales.

Algo huele muy mal en la sociedad estadounidense.

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