Boff: ¿TENDRÁ FIN LA VIOLENCIA?

Por Leonardo Boff
Uno de los problemas más debatidos hoy es el de la violencia. Especialmente la más perversa de todas, llevada adelante por el ejército del Estado terrorista de Israel bajo Benjamín Netanyahu. Actualmente, los soldados se divierten cortando piernas y brazos de niños inocentes, en un genocidio a cielo abierto, vergüenza para toda la humanidad que presencia todo sin hacer nada. Temen la venganza del verdadero Satanás de la Tierra, que es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pues está enloquecido y es insensible al dolor del mundo, además de ser un criminal pedófilo.

A lo largo de la historia surgieron muchos intentos de comprender este trágico fenómeno. Ninguno de ellos le dio una respuesta convincente: ni Tomás de Aquino, ni S. Freud, ni R. Girard, ni el cristianismo con su doctrina del pecado original. Nadie. Y la violencia está presente en todo.
Acompáñenme en esta reflexión. Nacimos en el interior de una explosión inimaginablemente violenta, el Big Bang, que supuestamente ocurrió hace 13.700 millones de años. Inmediatamente después tuvo lugar algo absolutamente misterioso: el tremendo choque entre la materia y la antimateria. Casi se aniquilaron mutuamente. Quedó apenas una parte de materia por cada mil millones. De ese mínimo de lo mínimo surgió el inmenso universo sobre nuestras cabezas, con miles de millones de galaxias, billones de estrellas y otros innumerables cuerpos celestes.

Los cosmólogos y astrofísicos nos afirman que la evolución existe en función de poner orden en ese caos violento primordial, haciendo surgir órdenes cada vez más complejos y, entre ellos, el nuestro, el más elevado, como seres humanos inteligentes, hombres y mujeres. Imaginen una galaxia con sus miles de millones de estrellas devorando otra galaxia: ¿cómo sería su estruendo?

Lo trágico de todo esto es que la violencia continúa en el universo, dentro de cada estrella o planeta y dentro de cada uno de nosotros. Por eso somos llamados dementes (demens) y, simultáneamente, sabios (sapiens).
A veces predomina la dimensión demente. Creo que estamos inmersos en ella, representada por la plataforma de inteligencia artificial Palantir, que asume abiertamente una concepción negativa del ser humano como esencialmente violento y que debe ser controlado y limitado en su libertad. Otras veces predomina la dimensión sapiente, que permite tiempos de paz y prosperidad, el desarrollo de los diversos saberes, de lo económico y lo social compartidos y de todo tipo de artes. Obsérvese que, aun así, el lado demens está allí, aunque bajo el control del sapiens, pues ambos conviven siempre.

En Brasil, la violencia de las distintas facciones desafía al Estado de derecho y a las leyes, dominando con brutalidad y muerte regiones enteras de ciudades como Río de Janeiro. Todos los candidatos proclaman que van a exterminarla, pero no dicen por qué medios. Y el Estado y los organismos de seguridad siempre llegan tarde.
Seguramente la violencia en Brasil tiene muchas causas, ya analizadas minuciosamente por numerosos autores. En rigor, ni siquiera deberíamos decir que aquí ocurre violencia. La violencia es estructural en la formación de nuestra sociedad. Fuimos construidos sobre un fundamento de violencia, que fue el proceso de exterminio de muchos pueblos originarios. Violenta fue la colonización. Impusieron a Brasil el modo de vida de los europeos, nos obligaron a hablar su lengua, a imitar sus instituciones, a asumir la misma religión cristiana y a someternos a los capitanes donatarios.

Extremadamente violenta fue la esclavitud en Brasil, que trajo cerca de 4,9 millones de personas africanas, aquí convertidas violentamente en esclavas. Cuando desembarcaban en Bahía recibían las primeras tres «P»: pan, para que no murieran de hambre; palo, una violenta paliza para que aprendieran rápidamente a someterse; y, por último, paño, para cubrir sus vergüenzas, pues normalmente viajaban desnudos en los barcos negreros. L. Gomes lo mostró en sus tres volúmenes de Esclavitud (2019 y siguientes). En una palabra, las vidas de los esclavizados fueron transformadas en carbón para el proceso productivo, como solía decir el indignado y recordado Darcy Ribeiro.

Violenta es la forma en que el pueblo ha sido tratado habitualmente, especialmente por la élite del atraso, que siempre lo ha considerado un jeca-tatu, un don nadie, un pobre diablo, cuya primera forma de relacionarse con él es el grito o el garrote. Bien lo constató A. Chomsky: «Rara vez he visto un país donde la élite tenga tanto desprecio por los pobres como Brasil».

Pero hay una violencia que, en realidad, es antiviolencia, nacida de un sentimiento: la rebelión frente a la contradicción existente entre las grandes mayorías que viven en una miseria desoladora y las minorías que disfrutan de una opulencia indecente. Quien recorre las inmensas periferias de nuestras ciudades y después llega al centro o a los llamados barrios nobles constata este desgarramiento, anterior a cualquier juicio ético o político.

La primera reacción es: ¿cómo pueden estas poblaciones vivir durante toda una vida en condiciones tan infrahumanas? ¿Se lo merecen? ¿Cómo pueden andar por ahí niños semidesnudos, con vientres hinchados, jóvenes de 15 a 17 años remontando cometas hacia el cielo, los que ni estudian ni trabajan, hombres de mediana edad sentados en las placitas sin hacer absolutamente nada porque llevan mucho tiempo desempleados? Lo que más duele es ver a niñas de 12 y 13 años abordando a los transeúntes: «Tío, tío, ¿vamos a hacer el amor? Son solo 5 reales… Yo sé hacer todo lo que le gusta a un hombre». A veces es el único dinero que sostiene a la familia.
Y, por otro lado, ¿cómo pueden vivir quienes disfrutan de una buena vida, bien alimentados, bien vestidos, bien instruidos y con abundantes cuentas bancarias? ¿Cómo pueden vivir humana y éticamente en medio de tanta contradicción?

En ese momento intuimos, entre la indignación y el desaliento, que la desigualdad es peor que la pobreza. Es simplemente inaceptable, por ser demasiado irracional. La razón es esta: si estas clases privilegiadas y el Estado detrás del cual se esconden, en lugar de gastar millones cada año en seguridad policial, muros, circuitos cerrados de televisión, guardias privados, automóviles blindados y viajes al exterior, gastaran parte de esos recursos en proyectos de educación, salud, formación profesional, creación de centros comunitarios, cooperativas de construcción de viviendas y espacios de recreación y arte, habríamos encaminado en gran medida la solución del problema social. Y todos disfrutaríamos de paz, podríamos caminar de noche por ahí sin miedo a ser asaltados e incluso asesinados.

Pensemos en términos globales. Si las potencias militaristas, encabezadas por Estados Unidos, dejaran de gastar anualmente billones de dólares en armas de muerte para las guerras que apoyan en Israel, Ucrania e Irán, y resolvieran tener un mínimo de sensibilidad y ser un poco más racionales, invirtiendo en los seres humanos, entonces podrían garantizar alimentación, salud, vivienda y trabajo a cada habitante de este planeta. Habríamos creado las precondiciones para una paz duradera entre todos los pueblos, el sueño de Kant.

Ocurre que cada vez más personas de las comunidades periféricas empobrecidas despiertan y ya no aceptan esta contradicción. Pasan a la violencia, que es antiviolencia, como forma de venganza y de solución individual al problema social. Mientras se mantenga el tipo de economía dominante, incluso bajo la administración del presidente Lula, con su preocupación por los desposeídos, la violencia continuará porque su causa no ha sido destruida. Existe el riesgo de la rebelión de las masas de la que hablaba Ortega y Gasset ya en los años cuarenta. Esta nos conduciría a la barbarie, que no perdonará a nuestros hijos y nietos, y no a otro tipo de sociedad menos violenta por ser más igualitaria.
Pero llegará el tiempo en que prevalecerá la justicia, porque lo que debe ser tiene fuerza y la causa es invencible.

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL (https://www.revistaliberta.com.br). Escribió también Brasil: ¿Concluir la refundación o prolongar la dependencia?, Vozes, 2018 (www.leonardoboff.org).

About Author

Deja un comentario