Por Francisco Xavier Ortiz
Vago y no Malasangre era el nombre del perrito blanco que reconocí en la primera ronda que caminé esta mañana por el perimetral del parque, pero una vez que emprendí la segunda vuelta observé que a unos 60 metros adelante Blanquita –una vecina que todos los días viene al parque a correr–, cruzaba la calle América Latina para levantar con sus brazos a Vago, su querido perro que había sido atropellado por una troca que circulaba a alta velocidad y que de esa misma manera desapareció dejando tendido al animal sobre el asfalto.
Hace tres años, como “callejero por derecho propio”, Vago tocó el corazón de Blanca y ella “”le entregó su casa, sus noches de invierno y su calor de buena mujer”. “Convirtió en caricias sus lamidos lerdos y le enseñó el hocico a mover…”, como canta Serrat. Así, Vago vivió y acompañó a su ama desde que tuvo el privilegio de ser recogido de la calle hasta esta mañana que fue atropellado. Blanquita lo levantó con sus brazos y lo recostó en la banqueta, justo enfrente del magno letrero que dice,: Parque Huerta Legarreta”. Cuando me percaté del suceso, crucé la calle y me acerqué a Blanquita. “Lo atropelló una troca que venía muy recio y no se paró, acaba de suceder”, expresó entre sollozos. Yo percibí al animal que aún con lentitud cerró y abrió los ojos…–¡Sigue vivo! Le advertí a la vecina. Pero ella ya no logró mantenerlo despierto, por más que lo movía y acariciaba, ya no parpadeó. Sumamente entristecida, me pidió llamarle por teléfono a su marido, en lugar de aceptar que fuera por mi troca para llevar al perro con un veterinario, como le había ofrecido. Ciertamente Vago ya había muerto. Y el esposo de Blanca no tardó en llegar en su pick up y se lo llevaron envuelto en una cobija dentro de la cabina.
Al tercer día me topé de nuevo a Blanquita trotando. Me confirmó que Vago había fallecido desde aquel triste momento y el veterinario procedió a deshacerse del aninmal, pero no precisó si lo enterraron o lo incineraron, como lo exigen las autoridades sanitarias. Blanquita, aún triste por el deceso, respondió con un rotundo “no” cuando le sugerí que volviera a dar cobijo a uno de tantos perros que deambulan por el sector. Pero por qué no, le pregunté. “Es que se sufre mucho cuando se van”, me respondió al tiempo que reanudó su marcha.
