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Violencia, moral y suelo


Por Javier Sicilia 

— Desde hace más de dos décadas la violencia es nuestro pan de cada día. En la calle, en las redes sociales, en los partidos políticos, en las elecciones, en el trabajo, la violencia florece adquiriendo las formas más variadas y perversas. Las soluciones, sin embargo, parecen lejanas. Como si las partidocracias y los frentes, de los que en estos días saldrán nuevos gobernantes, estuvieran enfermos de alzheimer, las soluciones que nos proponen son las mismas que la teoría del Estado no ha dejado de plantear desde que Hobbes escribió El Leviatán: la violencia legítima mediante cuerpos policiacos eficientes. A pesar del fracaso de esa estrategia, sostenida tanto por Calderón como por Peña Nieto, las partidocracias la esgrimen como si fuera una novedad y una panacea.

Andrés Manuel López Obrador, sin embargo, ha colocado antes de ella una propuesta más sensata: terminar con la corrupción. Para AMLO, la corrupción no sólo es el origen de la violencia, sino de los otros dos graves males que padecemos: la miseria y el desempleo. Si se acaba con ella, la violencia disminuirá, en la misma proporción que la miseria y las policías podrán entonces mantener la paz.

Ciertamente AMLO tiene razón cuando señala que el problema de la violencia es de orden moral. Pero se equivoca cuando quiere reducir su causa a la corrupción, que sólo es un rostro más de la violencia, y suponer que su propia honestidad, como un deus ex machina, puede, acompañada de un código de ética, hacer de los corruptos íntegros y de los violentos pacíficos.

Lo que olvidamos cuando hablamos de moral es que para que pueda formar parte de la conducta humana necesita un suelo que la contenga y permita vivirla; por suelo entiendo una forma de vida. Un monje o una monja, por ejemplo, pueden vivir su castidad porque el suelo monástico –hecho de una vida austera, reglamentada por la oración y el trabajo manual e intelectual– lo permite. Si se les trasplantara al centro de una orgía, la castidad se volvería sólo un discurso o un acto heroico. En este sentido, la violencia, dado el suelo que hemos abonado, no podrá ser erradicada con un decálogo moral, tampoco –aunque la virtud se predica con el ejemplo– mediante el aura omnipresente de la honestidad de un hombre, mucho menos con corporaciones policiacas reformadas.

El suelo en el que habitamos, un suelo donde el dinero, el consumo y la explotación del deseo son el fundamento de todo, es en sí mismo violento. En un suelo así, donde vivimos tantalizados (un verbo acuñado por la mercadotecnia que se refiere a Tántalo, castigado por los dioses a tener siempre hambre y nunca poder tomar los deliciosos manjares que los dioses ponen frente a él) y asediado por apetitos que sólo pueden cumplirse mediante dosis cada vez mayores de poder y dinero; donde los programas televisivos, cinematográficos o de esparcimiento virtual son 80% violentos; donde las vidas que se exaltan y tienen mayor rating son las de criminales como El Chapo y Escobar; donde los narcocorridos han sustituido a la poesía popular; donde las pasiones políticas humillan la racionalidad transformándola en insultos, acusaciones y difamaciones; donde el lenguaje, cada vez más empobrecido, sirve para mentir y encubrir los rasgos de lo intolerable; donde las redes sociales, destrozando la ortografía y la sintaxis, se levantan como patíbulos de la barbarie, el resentimiento y el odio; un suelo en el que, fustigados por la búsqueda del éxito a cualquier precio, ninguna mentira es tan burda que no pueda expresarse con terquedad, ni ninguna crueldad tan abyecta que no se diluya en la charlatanería y la banalidad de los discursos mediáticos y las ofertas del mercado y su publicidad; en un suelo así es prácticamente imposible articular la moral que tanto deseamos y necesitamos.

En ese suelo, abonado con dosis cada vez mayores de consumo, la honestidad y la paz, semejantes a la castidad del monje o de la monja trasplantados al centro de una orgía, terminan en el fracaso, sostenidas sólo por un puñado de seres humanos que resisten heroicamente en las márgenes.

Para terminar con eso habría que rehacer el suelo de la nación. Pero ¿cómo escapar de un sistema global en donde el valor absoluto es económico, en el sentido de la escasez y el deseo; cómo poner un coto al anhelo de poseer las desaforadas producciones del mercado; cómo no sucumbir a la tantalización de sus ofertas y sus exigencias de dinero y poder para acceder a ellas? ¿Cómo superar la necesidad de porciones cada vez mayores de energía, de salud, de educación? ¿Cómo rehacer un lenguaje empobrecido y degradado en sus significaciones y sentidos, el lenguaje que es la casa de lo humano? ¿Cómo, en síntesis, escapar a la lógica de la envidia y la competencia que está en la base del liberalismo económico y de la idea de progreso?

Esa es la aporía de la moral en nuestra época, una aporía que sólo podríamos superar rehaciendo nuestro suelo mediante un modelo como el que Iván Illich mostró en La convivencialidad. Hoy, en que la paz urge, todos tendríamos la obligación de leerla. Ese modelo nació de una profunda observación de lo mejor de un territorio arrasado.
Sin un paradigma convivencial, la violencia y sus múltiples rostros seguirán reinando bajo el clamor de una ética que perdió la dignidad de su suelo y su posibilidad de florecer en él.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

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