Violencia, hambre, dolor e injusticia: las más graves pandemias en la Tarahumara

Por Patricia Mayorga/Proceso

—Para el sacerdote jesuita de la Sierra Tarahumara Javier Ávila Aguirre, hay pandemias más graves que el covid-19 en esa región, como la violencia y las sistemáticas agresiones contra los pueblos originarios.

Por esa razón, dice, resulta ridículo pedirles cuarentena a esas personas.

En una plática del movimiento Encuentro Mundial de Valores, a través de la plataforma de Facebook, el sacerdote radicado en Creel, municipio de Bocoyna, dijo que los pueblos indígenas son agredidos por megaproyectos y otros actores que continúan trabajando, pese a la pandemia.

“Aquellos que continúan los proyectos ecocidas, devastadores –el Tren Maya, aeropuertos, la deforestación, refinerías–, siguen buscando por todos los medios revocar amparos ganados por las comunidades para proteger sus derechos, como parte de su vida, de su cosmovisión”.

Y advirtió: “Aquí (en la Tarahumara) la vida sigue con pandemia, sin pandemia y a pesar de la pandemia”.

El jesuita recordó la pretensión del gobierno federal para pedirle a la madre tierra el permiso para construir un megaproyecto, habló de la simulación o falsas consultas a los pueblos para reafirmar la imposición, y de las agresiones ancestrales que sufren los pueblos originarios.

“De manera equivocada, como muchos gobernadores del país, sin importar la vida, exigen reactivar la economía. Las cosas ya no funcionan así, ojalá que entiendan las autoridades (…) Covid-19 ha hecho reacción en una pandemia peor, que se llama capitalismo. Covid-19 es una lupa que nos revela las inmorales estructuras sociales”.

Y la Tarahumara no está exenta de esa realidad, pero los pueblos, subrayó, tienen alternativas reales para existir ante un sistema que los invade, porque saben construir algo distinto, a pesar de que no será fácil, porque no han sido incorporados a las decisiones institucionales.

Los pueblos indígenas –añadió– han encontrado la muerte al defender sus derechos. Sufren desprecio, despojo, y pareciera que sólo existen para ser conquistados y despojados de sus tierras, para ser mostrados a otras naciones y al turismo por sus costumbres “extrañas” que muestran el folklor. “Esa es otra pandemia”.

Mencionó que un foro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, con diferentes representantes de pueblos originarios en América Latina que hoy están siendo tocados por la pandemia, se escucharon narraciones con dolor y esperanza de la realidad.

“Lo vivido ancestralmente ahora es llevado a extremos de muerte. Hay fuertes crisis económicas. La salud como negocio y no como derecho. El que tiene dinero es atendido y el pobre no tiene cómo buscar auxilio, con gobiernos que no le garantizan el derecho a la salud, y sin calidad de servicios. Es deficiente la educación, hay oídos sordos a pedidos constantes”.

Hay 420 pueblos indígenas olvidados en la cuenca amazónica que no tienen medios para enfrentar la pandemia, detalló.

Y más: “Se está demostrando con toda claridad la crisis estructural en muchos países, que pone en peligro de extinción a pueblos (…) es un triste sentimiento de abandono. Lo que debería de ser normal en un Estado de derecho se convierte en algo a conquistar en las democracias que son un territorio de desprotegidos”.

En algunas comunidades de América Latina, abundó, han establecido sus propios controles de entradas y salidas a sus comunidades, pero no ha sido suficiente. A algunas comunidades llega el apoyo a cuentagotas o no llega.

Otras recurren a plantas medicinales y espirituales con buenas experiencias, pero la pandemia no deja de golpearlos por los niveles de pobreza que arrastran históricamente.

“Las comunidades se han protegido. Estos tiempos y estas emergencias no son de hoy, ni de ayer, son de siempre. Nuestras respuestas son las mismas de siempre, buscando la manera de tocar los efectos en lugar de abatir las causas”, añadió el jesuita.

Y el pueblo rarámuri –dijo– puede aportar desde su experiencia de vida y su cosmovisión para encontrar soluciones, si se le escucha, pero hasta ahora no se ha hecho.

Las comunidades de la tarahumara son asentamientos dispersos en zonas más abruptas para evitar la relación con sus agresores. Esta forma de organizarse la implementaron desde la conquista, justo porque no querían relacionarse con los españoles.

Posteriormente, con los jesuitas, idearon opciones menos violentas, como los centros de reuniones, para socializar, acotó.

“Covid-19 apareció de manera hegemónica para asumir, proponer mecanismos de actuación. Se impone el miedo que debemos tenerle, la manera de enfrentarlo y verlo como algo peligroso que hay que tenerle miedo. Los medios se han encargado (…) los gobiernos lo usan como herramienta política para acreditar o radicalizar”.

Las poblaciones indígenas de Chihuahua, por ejemplo, han resultado menos dañadas a esa sensación, porque no tienen acceso a esa información, a esa imposición, a pesar de las consecuencias, como en la Amazonía, consideró el sacerdote.

Javier Ávila indicó que la semana santa es una de las celebraciones más grandes para los pueblos de la Tarahumara, y este año la gente comenzó a escuchar las recomendaciones sanitarias, como suspender los grandes festejos.

“Entendieron el riesgo y suspendieron, pero por primera vez se celebró más al interior. Sin la presencia del turismo que altera el ritmo de las celebraciones se recuperaron ritos. Fue ocasión para recuperar ritos de celebración, comentan que fue como un respiro”.

Los días que siguieron continuaron su vida normal. “¿Cómo se le pide a una comunidad que se aísle cuando es importante reunirse, trabajando juntos, organizando entre todos, arreglar y cuidar el mundo con la fiesta? Dios les encargó cuidar el mundo porque nosotros nos lo estamos acabando, y la mejor manera de cuidarlo es haciendo fiesta, porque todos se reúnen, hay comida para todos, no hay separaciones, todos están felices. A pesar de la dispersión que viven, no se les puede pedir que se aíslen

“Siempre hemos querido que celebren, que actúen como nosotros. La pandemia nos ha dejado muchas experiencias de vida, una de éstas es la forma de ver la vida que tienen los pueblos indígenas y la forma de enfrentarla. Si nos dejáramos, esas son las cosas que nos pueden enseñar los pueblos indígenas”.

Sin embargo, remató, en pandemia no se les puede pedir algo sin darles las condiciones para hacerlo, porque se van a morir en su casa, y no por covid-19, sino por hambre, dolor e injusticia.

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