El día después

Por Gustavo Esteva

— Es primero la noche del horror, de las tragedias. Pero en sus tripas late ya otro amanecer.

Nos quitaron, literalmente, el piso bajo los pies. Nuestro mundo era previsible. Ciertas tendencias profundas permitían anticipar el rumbo general de los acontecimientos. Desaparecieron. Persisten inercias, impulsos y manías y cabe anticipar lo que diversos actores intentarán, pero no lo que lograrán. Es la incertidumbre radical.

Quienes sienten en riesgo su poder comparten la obsesión por normalizar. Su primera reacción fue negar: nada pasa. Fueron las primeras semanas de Trump o la posición de Bolsonaro. La segunda reacción acotó el fenómeno en el tiempo: pronto pasará. Al constatar cuán ilusoria era tal actitud, tratan ahora de aprovechar la tragedia para reproducir y si es posible ampliar su poder político o económico en las nuevas condiciones.

La pasión por la normalización no sólo está en las élites. La comparten amplias franjas sociales. Igual quieren la normalidad quienes luchan desesperadamente por sobrevivir, que quienes sienten en riesgo cuanto tienen –dueños de empresas, por ejemplo– o quienes no soportan el confinamiento.

Otras franjas, empero, adoptan el lema que apareció en la Ciudad de México ante el gran terremoto de 1985: No queremos volver a la normalidad. Ineptitudes y sesgos de los gobiernos hacen evidente que el horror viene de muy atrás. Era normal una situación insoportable para muchas personas. El derrumbe más o menos apocalíptico de sus condiciones de vida abre la esperanza de dejar atrás la pesadilla. Para siempre.

Gobiernos y corporaciones intentan concentrar poderes y facultades con el pretexto de la emergencia. Se declara al fin el estado de excepción (o de ­emergencia) que existía de hecho. ­Hungría es el extremo: la mayoría parlamentaria dio a Viktor Orbán la facultad de prescindir de la ley y usar a su voluntad las instituciones por tiempo indefinido, para gobernar por decreto y a su antojo. Es lo que hacen paso a paso todos los gobiernos. Se usa la ley para violarla y consolidar ilegalidad, autoritarismo y control.

Otra reacción refleja es proteger a los ricos para reactivar la economía. Se entregan carretadas de dinero a las corporaciones. El sesgo toma a veces formas extrañas. En México, se renuncia por decreto a los tiempos del Estado en los medios, que hoy podrían emplearse para combatir la desinformación que las empresas así beneficiadas realizan continuamente.

Frente a la ceguera, incapacidad, cinismo e inmoralidad que vienen de arriba, aparece la asombrosa reacción desde abajo. No hay lugar en que no surjan expresiones de solidaridad. En Boston se multiplican las historias de quienes llevan comida o compañía a quienes las necesitan. En El Chaco, en Argentina, en la zona de General José de San Martín, agricultores urbanos con 20 años de experiencia reaccionan con ingenio y organización cuando les cierran sus seis ferias de intercambio. En Colombia se ocupan jardines públicos y espacios de los barrios para cultivar sus alimentos.

Un puma en Santiago de Chile, jabalíes en Barcelona, aeropuertos vacíos o Pekín sin contaminación simbolizan el impacto de la pandemia en el ambiente. Presionan quienes quieren seguir destruyendo el planeta y se reagrupan quienes se les oponen. Circula desde hoy una denuncia internacional contra el rescate inmoral de las compañías de aviación y se multiplican iniciativas para reducir el turismo y los viajes aéreos.

Para la mayoría, la emergencia será permanente. No volverán sus empleos o fuentes de ingreso, ni podrá salvarlos el Estado. No responden con lágrimas sino con insurgencia. Diciendo haciendo, carajo. Con estas palabras termina un llamamiento bien pensado que hasta el 1º de abril habían firmado la CONAIE de Ecuador, el Congreso de los Pueblos de Colombia, el Movimiento de Trabajadores Sin Techo de Brasil y unas 50 organizaciones de América Latina. (adhesiones: fru@resistencia-urbana.org y comunicacion@conaie.org).

Aprendieron de Eduardo Galeano: Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos, porque de nada sirve un diente fuera de la boca, ni un dedo fuera de la mano. Está cundiendo el coraje de estar juntos entre quienes optan, como Jerôme Baschet planteó brillantemente en Le Monde, por el cuidado de los lugares habitados y las interacciones del mundo vivo, la construcción de lo común, la ayuda mutua y la solidaridad, así como la capacidad colectiva de autoorganización y de autogobierno.

En medio del horror, trágico para millones de personas, se expande un movimiento incontenible. A veces toma la forma de tradición solidaria, que agrupa a quienes algo tienen para dar a los que no tienen. Cada vez más, es la expresión de capacidades y voluntades de construir un mundo diferente, más allá de las pandemias del patriarcado y el capitalismo. En vez del aislamiento impuesto, se intensifica responsablemente la interacción humana para dar otro color al amanecer.

gustavoesteva@gmail.com

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