El síndrome de Australia

Por Hermann Bellinghausen

— El problema con Fernando Pessoa, que también lo encontramos en otros poetas pero en ninguno de manera tan constante, es que tiene razón en cosas que uno preferiría que no la tuviera: El ser humano no sabe más que los otros animales; sabe menos. Ellos saben todo lo que necesitan saber. Nosotros no. A la luz (más bien tiniebla de humo) de los incendios monumentales en Australia, y en menor medida pero también brutales en la Amazonia y California, es difícil echarle la culpa a algo más que a la propia humanidad, aunque los malabaristas de gobiernos, grandes corporaciones y fanáticas iglesias cristianas lo atribuyan a la Tierra misma o a los pueblos originarios, porque no existe ningún calentamiento global; es sólo Dios jugando a los dados como siempre. Y en favor de los negocios.

Es más fácil culpar del coronavirus a los chinos (o a su fauna), que de las sequías y los incendios a mineras, petroleras, madereras, monopolios hídricos y guerras. La erosión y el desmonte serían causados en todo caso por los indígenas, aunque lleven siglos en suelos a los que el capitalismo llegó hace apenas 200 años o menos. Así piensan los presidentes: esa gente no sabe cuidar sus bosques, hay que quitárselos. Podemos rastrear declaraciones paralelas en Trump, Bolsonaro y el premier australiano. Casualmente, estos señores son quienes más desprecian las instancias y las regulaciones internacionales, recortan recursos en el rubro y se burlan de la niña sueca.

Démonos una idea de lo que ocurre precisamente en esos tres grandes países gobernados por políticos negacionistas y ultraconservadores. En Australia, durante 2019 se quemaron 10 millones de hectáreas, un territorio más grande que Hungría o Bélgica. El megaincendio de Gospers Mountain fue seis veces más grande que Singapur. Quinientos millones de aves se vieron afectadas. Murieron un billón 250 millones de animales. No, los números no nos dan una idea. Estamos anestesiados. Según World Wildlife Fund (WWF), estos daños equivalen a mucho más que la suma de las conflagraciones en California y Brasil-Bolivia. En los pasados 30 años se ha duplicado el área arrasada por fuego en la Amazonia, y tan sólo en 2019, ante el horror mundial (al que son impermeables gobiernos como el de Brasil), se perdieron más de 4 millones de hectáreas en un mes.

Ese mismo año se quemaron en California más de 100 mil hectáreas, equivalente a la mitad de la Ciudad de México o casi toda Los Ángeles. Pero en 2018 habían ardido 700 mil en el incendio más grande registrado allí. Y en 2017 fueron 113 mil. En África, sobre todo Congo y Angola, desde 2013 se queman un promedio de 300 mil hectáreas cada año. En México hemos visto incendios graves y reiterados en la selva Lacandona y sobre todo Chimalapas, donde se perdieron 10 mil hectáreas de selva en 2019.

Además de estos desastres mamuts, sabemos que tales fuegos suelen ser provocados para meter desarrollos turísticos e inmobiliarios, autopistas, tráfico de madera o minas a cielo abierto, como se ha vuelto costumbre, de Quintana Roo a Chihuahua. Vivimos en llamas y la cosa sólo empeora. No hay bomberos que alcancen ni tecnología que suplante a las lluvias, escasas en unas partes del mundo, y brutales, masivas, en otras. Para colmo, el año pasado se registraron las más altas temperaturas en Antártida, llegando a 18.3 grados centígrados (un aumento por encima del resto del planeta).

La humanidad, y la naturaleza en su conjunto, están atrapadas en una cascada destructiva. Los éxodos ambientales son masivos en el centro de África y América Latina. Los bosques desaparecen de Chile, Colombia y México; en ninguno de estos tres países hay gobiernos que protejan realmente el medio natural a gran escala. En ellos se privilegian los cultivos de aguacate o amapola, los megaproyectos (suma de autopistas, trenes, nuevas ciudades, zonas industriales, desarrollos turísticos, hidro y termoeléctricos), la extracción extensiva de oro, plata, carbón, petróleo. Siempre en nombre del progreso, de la civilización y de la riqueza que, como siempre, cae en manos de unos cuántos que ya eran millonarios.

No por casualidad Brasil, Colombia y México encabezan otra lista macabra: la de defensores ambientales asesinados o criminalizados (ver La soledad de los guardianes: http://ojarasca.jornada.com.mx/2020/02/06/la-soledad-de-los-guardianes-8553.html). Como especie nos estamos disparando al pie. Tan sólo en México ha caído una veintena de guardianes desde diciembre de 2018. En materia de cuidar este mundo al borde del abismo, nuestro progreso significa que sabemos menos, no más que los animales

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