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¿Hay perfección?

Por Lilia Cisneros Luján  

Por supuesto que los datos con los que contamos los ciudadanos, no son privilegiados ni se han originado en fuentes distintas a las que institucionalmente, indagan y evalúan los qué, cómo y donde de la condición de bienes y privilegios derechos y obligaciones de las personas físicas o morales. Además del origen institucional del insumo para armar las hipótesis y análisis que algunos atrevidos producimos; escuchamos y leemos a los medios, poniendo especial énfasis en la condición de periodistas de investigación, así como especialistas en diversas materias que actúan en el sector privado o académico. Obligado es no pasar por alto, la capacitación que a lo largo de varias décadas logramos obtener; básicamente de gobiernos instaurados al término de una revolución a la cual se arribó por el agotamiento de condiciones y acuerdos de la población, que no estaba en condiciones de continuar en situación de desigualdad, inequidad e ilegalidad.

Por supuesto que no siendo México el paraíso sino parte del mundo, las condiciones de la humanidad –corrupción, deshonestidad, incapacidad para el desempeño, etc.- que con cierta facilidad afloran, estuvieron presentes antes de la revolución mexicana, al final de esta y aun en el presente que con frenesí, el gobierno vigente, se empeña en darle un barniz de moralidad. ¿Cómo excluirse de las conductas –o pecados según la fuente- vanidosas? ¿Cómo evitar las consecuencias[1] de una auto-estima supervalorada? ¿De que manera se puede disminuir el efecto de división que produce una retórica constante de descalificación de los que no se pliegan al pensamiento y actuar del autoritario?

Habida cuenta de lo que produce el “mal de muchos”, imaginamos que algo similar a nuestros cuestionamientos ocurre en Brasil, donde muchos ciudadanos se preguntan ¿Cuál ha sido la ganancia del encarcelamiento de un ex-presidente? Elegir a un extremista de derecha ¿mejoró las cosas en Argentina? Mantener bajo amenaza de limitar la libertad de mujeres que han destacado en política[2] ¿eleva la condición de los pueblos a los cuales juraron servir? Podemos aumentar la lista de ejemplos, pero lo cierto es que con la conducción de todo tipo de líderes autocráticos, el modelo Calígula parece repetirse en pleno siglo XXI. Si bien la historia ha llegado a mimetizar el vocablo “Calígula” con diversas manifestaciones conductuales negativas, este joven emperador –el tercero en su linaje- decretó cosas como la abolición de impuestos, así como la publicación de registros de gastos de sus antecesores en materia de administración pública. Con el afán de cultivarse la voluntad popular para la aceptación de sí mismo como persona e incluso como dios, prácticamente agotó las reservas financieras del imperio en ayudas, muchas veces extravagantes, a los afectados por los incendios, el impulso a los espectáculos deportivos y la admisión de nuevos miembros en los organismos como el senado y la caballería- sin importar que los designados no fueran aptos para el puesto que se les había asignado.

Este emperador romano fue adicto a las obras constructivas, por ello ordenó la ampliación de puertos[3], la construcción de templos –en muchos de los cuales él mismo era venerado- y muchas auténticas extravagancias, vinculadas con campañas como la de conquistar Britania, metiendo a sus soldados al mar y obligándolos o combatir desde las aguas. ¡por supuesto que las ejecuciones en contra de todo aquel que le provocara tal miedo que debía ocultarse a quienes deben adorarle! no estuvo ausente de las decisiones de quien de niño recorrió con su padre varias batallas y conoció con su abuelo la sensación de poder que se logra aniquilando al contrario. Dichas ejecuciones generalmente se ordenaban sin previo juicio o retorciendo la aplicación de las leyes.

Al igual que este gobernante al cual la historia se ha encargado de presentar como un tirano demente, quienes deciden seguir sus pasos –de manera consiente o por simple impulso genético- inician con una aparente y creciente prosperidad y sobre todo con el ejercicio de gestiones “impecables” no sin omitir que ante el afloramiento de errores -administrativos, económico y políticos- la compulsión de culpar a otros, del pasado y del presente, es la respuesta casi automática, sin omitir que en algunos casos se llega al extremo de solicitar limosna, como lo hizo Calígula, a la plebe o vender los bienes de los ricos ejecutados para reponer la maltrecha tesorería fiscal.

Este tipo de gobernantes llamados hoy populistas, termina su vida con un cauda de comentarios –hoy se dice memes- desfavorables casi siempre magnificando no solo su incompetencia, sino incluso aspectos de perversidad, rarezas, manías y en general poca aptitud para el encargo al que fueron elegidos.

Quienes hoy juzgan con rudeza o franca hilaridad, pretensiones como las de un mandatario que pretende comprar el territorio de un país –como Trump respecto de Groenlandia- imaginando que la humanidad toda debe adorarle fanáticamente, deberían detenerse y analizar porque a veces a algunos lideres ofrecen un puñado de monedas. ¿Esta encaminada esta “ayuda” dirigida a derrocar a alguien incómodo? Si acaso los enemigos del vitoreado –como ocurrió con la treintena de asesinos de Calígula- son los verdaderos beneficiarios de tales “aportaciones” ¿se debe calificar al encargado de la “provincias conquistables” como traidor o como ingenuo? Los Calígula del siglo XXI, deberían ser más suspicaces para ubicar a sus potenciales ejecutores, partiendo del hecho de que en el mundo real no hay perfección.


[1] Descartar alguna opinión diversa de la propia; ignorar las voces que señalan a los cercanos –cuñados, tíos, esposas de amigos etc.- como actores de conflicto de interés; devaluar la opinión del otro si se atreve a señalar errores en la interpretación de leyes o circunstancias que afectan la toma de decisiones; condiciones patológicas en la emotividad como delirio de persecución, sed de venganza,…..
[2] Es el caso de las expresidentes de Brasil y Argentina, al igual que en su momento ocurrió en Filipinas.
[3] Roma, después de la hambruna acrecentada por las decisiones populistas de Calígula, dependía de los cereales importados de Egipto, de ahí que la ampliación de puertos producía una solución inmediata los ojos del pueblo.

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