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La voluntad de construir

Presentación del libro La vida al cristal, de Lucero Olimpia Salcido [octubre, 2010]

Por Jesús Chávez Marín

—Cada uno de nosotros tiene en la memoria un número que parece infinito de historias guardadas en la memoria, pero solo unos cuantos se toman el trabajo, siempre arduo, de contar por escrito algunas de ellas. Lucero Olimpia Salcido es una de esas personas: en su libro La vida al cristal reunió en forma cronológica la vida que pasa, un racimo de relatos de su propia existencia, ordenados en forma cronológica. El resultado es esta encantadora novela, donde ella es autora y protagonista.

Contada en primera persona, la historia inicia con el nacimiento del personaje, en medio de una familia humilde y numerosa. Desde el inicio, el lector disfruta el encanto de una decantada sencillez, una prosa que fluye con la naturalidad y la frescura del agua de un río, donde personajes se van dibujando con trazos efectivos y se cuentan a veces escenas de crueldad terrible con el estoicismo y la serenidad de un estilo que resulta fascinante de tan duro y claro, sin melodrama ni reflexiones moralistas ni quejumbrosas que estorben el relato.

En esta novela hay crueldad y dolor. Es la historia de una mujer que desde niña observó con atención un mundo hostil en el que desde edad temprana se vio obligada a actuar con fuerza y voluntad inquebrantable. Trabajó desde la edad de siete años y desde muy chica vivió fuera de la casa de sus padres, incluso en una ciudad distinta, porque tenía la meta de estudiar para maestra, y para eso debía terminar antes la primaria y la secundaria; su madre se oponía a que siguiera estudiando.

También desde pequeña fue víctima y testigo de la violencia. Con furia, un día la madre la golpeó con una soga de lechuguilla mojada, como castigo porque las vacas que cuidaba junto con su hermano pequeño se perdieron en el monte. Ella tenía solo siete años, y ante una actitud natural de rebeldía de la niña, la mujer la condenó a abandonar la escuela. Ella huye de su casa y se instala como pequeña sirvienta en una casa ajena. Pero sigue en la escuela.

Una de las escenas dolorosas que se relatan, casi a las primeras páginas, es cuando la madre sorprende a un ladrón, que además era su hermano, robando dinero de su casa. La mujer lo atrapa y le pide que devuelva el dinero, y entonces sucede esa escena, contada con esa claridad pasmosa propia del estilo de este libro:

Una noche, mi mamá descubrió al ladrón y lo alcanzó en el patio, lo persuadía para que se arrepintiera y le devolviera el dinero de la cosecha. Mientras discutían, salió mi papá, con la carabina en la mano.

Él preguntó: ¿Qué está pasando aquí? El ladrón le contestó: “Es esta, que se está viendo con su querido”. Mi papá enfrentó a mi mamá golpeándola en la frente con la culata de la carabina. Por el golpe recibido no podía hablar para decirle quién era el ladrón que se estaba llevando el dinero de la cosecha, dejando a mi papá con la duda y el celo para siempre.


Hasta aquí la cita. El hombre creyó de inmediato la calumnia, la mentira que usó como coartada el ladrón, y antes de preguntarle a su mujer, la ataca con brutalidad: un culatazo del arma en la frente.

Esta estremecedora crueldad habrá de repetirse a lo largo de las páginas siguientes. A pesar de su natural inteligencia y de la gracia de su laboriosidad voluntariosa, la protagonista no tiene suerte en el matrimonio. Se casó a la edad de 15 años con un hombre que no fue solidario con ella y que aún después de divorciada le roba la casa que ella había construido, para vivir en ella con su nueva mujer. Su segundo marido le resultó aún más perjudicial: la golpeaba, le robaba dinero, la hacía víctima de fraudes y no le ayudaba en la crianza de los hijos.

A pesar de tantos obstáculos y de unas cuantas crisis depresivas, la valerosa mujer se las arregla para educar a sus hijos, mantenerlos, construir sus casas, instalarse en varias ciudades buscando la vida y hasta de alcanzar su sueño de ser maestra y fundar dos jardines de niños. Ella misma con sus manos realizaba las edificaciones, sentando ladrillos, batiendo la mezcla, instalando la cimbra y tendiendo el colado de los techos, con la ayuda de sus pequeños hijos.

Ante los ojos asombrados de los lectores se va desarrollando el relato de la vida de una mujer ejemplar, de recia voluntad, y sabemos de su vida, tan similar a la de muchas mujeres mexicanas que luchan por sus hijos y por sus ideales todos los días, y cuya tiempo cotidiano es un heroísmo cristalizado en la obra magnífica de procurar el sustento y la educación de los hijos. En el caso de la protagonista de esta novela, ella además consigue una educación magnífica y con su generosidad cotidiana trabaja ocho años gratis en la edificación de una escuela de niños.

Pero como dije al principio, lo asombroso de esta novela no es el racimo de relatos, muchos de ellos de dolor extremo y cotidiano espanto, sino la forma de contarlos, con sencillez, con naturalidad y hasta con cierto candor, que hacen un estilo muy original y elegante.

Al final nos queda una sensación de serenidad, pues a pesar de la dureza de esta vida, se ven los frutos de una lucha admirable: escuelas, hijos, hombres y mujeres de bien que tuvieron una existencia digna al amparo de una mujer valiente y fuerte. Y también muy inteligente.

Les recomiendo a ustedes la lectura de este libro. En sus páginas hallarán una historia bien contada y la lección vital de una existencia plena.

Salcido, Lucero Olimpia: La vida al cristal. Editorial Universidad Autónoma de Chihuahua, México, 2010.


Octubre 2010.

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