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La mayor pérdida

Por Lilia Cisneros Luján

—La pasada semana, muchos fuimos impactados por la pérdida más cruel para una madre, que se trasladó de la frontera norte a la capital para celebrar la graduación de su hijo; pero al final del día recibió un certificado de defunción.  Muchas madres y padres –sobre todo los que ya hemos visto partir a un hijo- lloramos por una familia y una comunidad desconocidas; lamentamos la ausencia de medidas preventivas –para la salud lo mismo que la violencia- sentimos pena ajena por el chabacano apoyo a una mujer que ocupa la máxima posición política en el ejecutivo de la ciudad; y vimos con impotencia como la respuesta inmediata de los monstruos fue cuando menos dos secuestros más con sus respectivos homicidios. ¿Será por eso que profesionistas de clase media, bien preparados y con hijos en la segunda década de vida están abandonando el país? ¿Es el calificativo de “fifis” que se da a todo el que ha logrado éxito lo que los ahuyenta? O ¿será el temor que los propios descendientes expresan del riesgo de vivir en una patria tan maravillosa como lo es México?

Aun con las muchas imperfecciones, hasta hace unos meses los enfermos –de sida, diabetes, cáncer etc.- carentes de seguridad social, eran atendidos y medicados sin un alto costo ¿Alguien está llevando el recuento epidemiológico de los que han empeorado o muerto por “medidas de ahorro” en el sector salud? Al igual que la irracionalidad implícita en el grito porril “no estás sola” los aplausos embrutecedores se multiplican como si de verdad la corrupción y la impunidad fueran a la baja. ¿Quien no conoce de cerca amigos o familiares, que prefieren cerrar su negocio antes que seguir compartiendo el producto de su esfuerzo con pelafustanes, extorsionadores o rateros?

El secuestro, el homicidio, las lesiones alcanzan casi siempre buen rating, pero ¿Cuántos empresas –lucrativas o filantrópicas- han debido cerrar por la acción agresora de bandas organizadas a las que nadie persigue aun cuando haya denuncias? Lo sé porque ha sido el destino de un esfuerzo de tres décadas y media de un grupo de voluntarios que me siguieron para establecer el modelo de atención integral del niño quemado, con la construcción de un inmueble que hoy está vandalizado y a merced de los delincuentes. ¿Los manda alguien? Las policías de investigación ¿hacen algo con los peritajes de expertos que han ido para sustentar cuando menos una docena de denuncias?[1] Escuchamos de una esfuerzo conjunto entre Querétaro e Hidalgo para contener al crimen organizado sobre todo en materia de robo de autos ¿La defensa es para los propietarios o para las aseguradoras? Los robos de instalaciones –cables de cobre, tubos, muebles de baño, canceles, etc. ¿Quién los compra? ¿Por qué este comercio ilegal se mueve sin cortapisas?

Con todo y que ya me toca heredar este y otros esfuerzos y que con tiempo me he liberado del síndrome de fundadora, son pocos los atrevidos a reunirse en un esfuerzo que pueda aliviar la salud, no solo para niños víctimas de quemaduras, sino aprovechando la amplitud de la instalación para agregar, clínicas de trasplantes, geriatría y ortopedia, necesarios en la zona para un sector de población que se ubica en el rango de clase media y que carece de seguridad social ¿Por qué las instancias públicas son tan renuentes a la suma de esfuerzos? ¿Es por inseguridad, celos o inconveniencia de tener frente a sí un grupo de mexicanos con responsabilidad social? ¿Cómo podemos avanzar para el logro de nuevos programas, si por cada paso debemos detenernos dos o tres semanas para atender audiencias en las fiscalías y gastar recursos propios en materia de defensa de nuestra propiedad? ¿Reaccionarán el día que uno de los pelafustanes, mate a uno de nuestros voluntarios o a los policías decentes que responden al llamado de emergencia del 911?

Personalmente y como nunca antes, he sufrido bloqueos al envío de esta columna[2], todo lo que una ciudadana honesta que se atreve  a hablar con la verdad, lo he dicho y lo estoy incluyendo en mi próximo libro; pero mientras lo edito, además de los años y las secuelas de la tercera edad se me hace cada vez más difícil la tarea ¿Por qué debo multiplicar mi esfuerzo para librarme de un grupo de mediocres que ni siquiera lee y mucho menos comprende? ¿Los ataques en contra del hospital de niño quemado en Querétaro, son en realidad una forma de amenazarme?

Pero más allá de los quebrantos particulares de la familia del joven Ronquillo y las propias, la verdadera pérdida es para una nación, que luego de más de doscientos años de lucha para consolidarse, hoy se desmorona. Se atenta contra el Estado de Derecho, se promueve una lucha de clases sin más causa que el capricho de algunos resentidos y se circunda la realidad de ciudades y espacios de conservación con amenazas de destrucción por la acciones improvisadas de mediocres e ignorantes. ¿Cómo defenderse?

Podemos hacerlo pasivamente: No me meto, asumo que ya dí todo, administro con inteligencia mi mísera pensión, vendo lo que logré –con ahorros laborales, préstamos e hipotecas- a lo largo de mi vida y espero el final; o adecuo mi edad, condición de marginada de la política, víctima de los achaques de la edad y me preparo para la última batalla, en la inteligencia de que mi mayor pérdida será la vida misma pero en lugar de hacerlo en el silencio y la oscuridad del rincón, lo podemos hacer hablando, opinando, ejerciendo nuestro derecho a la vida y la libertad de pensar y sobre todo trasmitiendo la experiencia a jóvenes, que estén dispuestos a salir del ostracismo y la robotización a la cual la tecnología los ha condenado.


[1] El delito es en Querétaro, el inmueble afectado el hospital de atención a niño quemado, el cinismo es volverse a meter a robar y destruir apenas una hora después que los peritos abandonaron el inmueble.
[2] Aumenta el número de lectores, que me reclaman porque ya no les llega mi colaboración -que siendo gratuita y por ende altruista no está a merced de los duendes de las redacciones- y apenas si me escriben en lo personal, los censores los retiran discretamente de sus prohibiciones.

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"Oserí", es una palabra en idioma rarámuri que significa: Escrito. ------Chihuahua, México -2018
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