Panfleto universal con errores de predicción o interpretación que la historia ha puesto en su lugar, sigue siendo un texto de bella escritura, emocionante y hasta poético, que posee una extraordinaria actualidad. Frases y párrafos enteros parecen escritos hoy, ante el encanallamiento del mundo conducido por una minoría de magnates y políticos que son la materialización exacta de lo que Marx y Engels llamaban burguesía:
“El gobierno del Estado moderno no es más que un comité que administra los negocios comunes de la clase burguesa”. “La burguesía no puede existir sin revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y con ellos las relaciones de producción, y por lo tanto las relaciones sociales”. “La moderna sociedad burguesa que ha hecho surgir medios de producción y circulación tan poderosos, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros”.
Momento, ¿habla de Musk, Trump, Thiel, Netanyahu, el calentamiento global? ¿O de aquella burguesía que varias revoluciones aplastaron para instaurar regímenes “populares” que terminaron en el infierno y al naufragar reabrieron paso a aquella burguesía polvorienta y su aristocracia parásita, recargadas y potenciadas ahora en el paraíso capitalista global que describieron Marx y Engels con precisión y sin fecha de caducidad.
Hay que volver al Manifiesto después de Lenin y Stalin, después de Mao, Castro y un etcétera tan numeroso como el lector recuerde. Miéville plantea: “¿Qué significa hoy buscar inspiración en el Manifiesto o guardarle fidelidad? ¿Leer con suficiente generosidad como para extraer lo que podamos de sus páginas, con suficiente espíritu crítico como para ver sus fracasos y puntos ciegos, para criticarlo con rigor y sensibilidad?” Lo describe como “un producto imperfecto y parcial de su tiempo, y no obstante es algo vivo, leyéndolo en este nuevo tiempo sin anteojos, con empatía y afán”.
Hoy, el capitalismo se hace ver inevitable, invencible, casi inmanente, nos convence de que el cambio es imposible y la catástrofe en puerta sólo barrerá a los débiles, pobres o subhumanos. Impone “otra” inteligencia y con ella reglas ilegales y brutales de obediencia. Miéville no omite subrayar la fascinación de los autores del Manifiesto ante los logros de la burguesía cuando describen la expansión de Occidente y el establecimiento de un sistema de pensamiento, producción y dominio global donde, sin embargo, las masas trabajadoras viven entre la explotación y el desempleo, la miseria interior y la miseria material. Trotsky siempre reclamó al Manifiesto “subestimar las posibilidades futuras latentes del capitalismo”.
Aun así, y en parte por eso, la frescura del librillo sigue siendo sorprendente. Sus primeras líneas, si cambiamos los nombres, se cumplen en Washington y Bruselas, y de rebote en América Latina: “Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada contra el fantasma del comunismo: el papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los sicarios uniformados alemanes”.
El hundimiento del comunismo soviético, los delirios polpotianos y todos los pecados históricos del comunismo no fueron tanto por culpa del Manifiesto como por la traición febril a sus principios. Los autores dejan claro que el comunismo no mata a los individuos que son sus enemigos de clase, sino que transforma los modos de organización y producción para desaparecerlos “como clase”.
La lúcida lectura de Miéville concluye con una reflexión sobre el odio a partir del trumpismo, Bolsonaro, “el auge de la alt-right y la creciente presencia del racismo y el fascismo”. Trump predica el odio explícitamente. Pero hay otro odio, el odio de clase que siente, y debe sentir el “proletariado” (que en términos actuales se aplica a todos los pueblos sometidos, rebeldes o no, obreros, campesinos). Engels dedicaría más páginas al odio, aún implícito en el Manifiesto. Dice Miéville: “Nunca se debe confiar en el odio… pero, siendo inevitable, no debemos ignorarlo. Tampoco es automáticamente inmerecido” y puede ser “aliado de la liberación”.
Y cierra así: “El odio no puede ser el único ni el principal impulso renovador. Eso sería profundamente peligroso. No debemos celebrar ni confiar en nuestro odio, pero tampoco debemos negarlo. ‘A riesgo de parecer ridículo’, dijo el Che Guevara, ‘permítanme decir que el verdadero revolucionario se guía por un gran sentimiento de amor’. Es por ese amor que, leyéndolo hoy, debemos odiar más y mejor de lo que supo y pudo el Manifiesto comunista”.
