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Por qué leemos menos durante la pandemia

Por Milena Heinrich

— La antropóloga francesa Michèle Petit inauguró la 25ª edición del Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura con un discurso reflexivo que, a través de testimonios de escritores, intelectuales y profesionales, recuperó las experiencias de lectura durante la pandemia para explorar lo que llamó un “fenómeno”: la dificultad que manifestaron muchos de leer un libro, y de este modo “interrogarse sobre qué significa leer y lo que ello supone”.

Reconocida como una de las mayores especialistas sobre la lectura en todo el mundo y autora de numerosos ensayos y libros -entre ellos El arte de la lectura en tiempos de crisis– la antropóloga francesa abrió esta edición virtual con un análisis situado que tomó como disparador los relatos en redes y medios de comunicación de autores argentinos como Martín Kohan, Mariana Enriquez, Alexandra Kohan y Darío Sztajnszrajber, la colombiana Carolina Sanín o la polaca, última Premio Nobel de Literatura, Olga Tokarczuk.

Desde que la pandemia y el confinamiento se instalaron no podía leer libros y aún menos libros de ficción. Yo no era la única”, dijo Petit al comenzar su discurso leído por ella misma en español, desde un pueblito de Grecia, donde desde su juventud pasa cada agosto y es el motivo por el cual no había podido participar de ediciones anteriores del foro en la provincia de Chaco. “Les hablo desde un país que como Argentina ha tenido crisis terribles”, contextualizó.

Así como a ella le costó concentrarse en libros de ficción, se encontró con que “en Francia, Italia, España, Canadá, Argentina, Colombia, México, mujeres y hombres consagraban posteos en redes sociales sobre esta dificultad, se preguntaban si eran los únicos y sobre sus causas. En respuesta muchos otros daban testimonios que les sucedía lo mismo, incluso escritores. El fenómeno les parecía tan sorprendente como para hacerse estas preguntas públicamente”, describió.

Lo que manifestaban es que “casi todos leían pero no libros ni literatura, pasaban gran parte de su tiempo recluidos leyendo artículos en internet, escuchando noticias, devorando testimonios, todos relacionados con la pandemia, sin saber qué estaban buscando, leyendo lecturas fragmentarias en su mayor parte. Si bien muchos pudieron volver a leer literatura más tarde, hubo un fenómeno lo suficientemente sorprendente para detenerse en él e interrogarse sobre qué significa leer, lo que ello supone”.(Shutterstock)(Shutterstock)

Con el trasfondo del miedo, la inquietud, la muerte, los lectores describieron “un estado de sideración”; frente al imperativo de la productividad, las “órdenes de leer” devinieron “omnipresentes”, agravadas para quienes se sentían sin deseo por la lectura y frente a la presión de “los medios de comunicación con su constante “llamado a leer y dedicarse a actividades culturales”.

Si “para leer no se requiere tiempo ¿qué se requiere para leer?”, cuestionó. Acaso una de las razones es que “leíamos durante tiempos robados, en las orillas de la vida, en el borde del mundo. Y eso, con el confinamiento no es un momento elegido, sino impuesto”, de modo que “las exhortaciones a leer son tan pesadas que termino con ganas de ir a nadar”, dijo Petit, jocosa frente al acoso del consumo cultural.

“Me pareció que ahí había por parte de los profesionales, de nosotros, un gran desconcierto. Era ante todo un deseo de contacto que se enviaba al exterior como una botella al amor, dirigido al mismo tiempo a todos y a ninguno como un extenso monólogo…” y ese mensaje “a veces pudo tener un efecto enloquecedor”, reconoció.

Si bien esta dificultad no fue generalizada porque “otros, en cambio, resistieron leyendo al extremo”, Petit se concentró en lo que llamó un fenómeno en un contexto muy singular atestado de imágenes de calles vacías, muertos, un escenario donde “se dejó de habitar el espacio, se terminó el espectáculo vivo”.

“Día tras día -argumentó- los medios nos expusieron un mundo de manera violenta: fueron esas visiones del infierno, de los pacientes acumulados en los pasillos de hospitales, de los trenes llenos de moribundos, de los ataúdes trasportados de noche en camiones, entierros en fosa sin ningún rito. Era como si asistiéramos a la debacle de lo simbólico y solo existiera lo real en su forma más cruda”.

“El espacio exterior -continuó- ya no nos contaba nada, solo nos hablaba del horror. El exterior estaba apagado, nada se abría ni hacía soñar. Ahora bien, leer consiste siempre en convidar un espacio íntimo con un mundo que se abre, un afuera. Basta pensar en todos aquellos a los que les gusta leer o escribir en cafés o medios de transporte para poder combinar su silencio con el rumor general de los demás. Muchos decían que ya no podían leer porque no tenían estos espacios”, ejemplificó.

A diferencia de la lectura, agregó: “Tengamos en cuenta que otras prácticas culturales parecieron menos difíciles en un primer tiempo y de manera perdurable. Por ejemplo, ver películas y series, aunque muchos informaron un impulso constante de prevenir a los actores si se acercaban los unos y los otros. Volvió el gusto de las películas de desastre como si el terror ajeno fuera un remedio para la preocupación”.

Dirigiéndose a docentes y mediadores, a quienes principalmente se orienta este foro, la antropóloga se refirió a que “la pandemia ha agravado las desigualdades en todas partes” en cuanto a la exposición a la enfermedad, la pérdida de ingreso, la falta de privacidad o el aumento de la violencia al interior de sus hogares, por lo que “este ha sido un gran desafío para los docentes” y para “muchos ha sido una oportunidad para repensar su práctica, para releerla”.Michèle PetitMichèle Petit

Petit recordó un texto de Olga Tokarczuk a propósito que circuló bastante a mediados de mayo, La ventana, donde la Nobel evoca su niñez y reflexiona sobre el ritmo diferente del confinamiento. “Una crisis también puede ser una posibilidad. Para algunos ha sido una posibilidad para el suspenso, para repensar su vida, para releerla de otra manera. Un arte de vivir con más sencillez”.

Para concluir y dando cuenta de la situación de Europa, en fase distinta a la de América, contó que “después de dos meses catastróficos las librerías francesas han experimentado un aumento espectacular en las ventas. El encierro ha terminado, el exterior cobra vida y muchos encuentran el camino de regreso al libro y lo que compran son libros de antecedentes, clásicos literarios, ensayos complejos”.

“No es de extrañar -sostuvo sobre los géneros elegidos- porque las muchas palabras intercambiadas en las redes sociales nos dejaron con hambre. Siempre es muy difícil contar la experiencia humana, contar la historia de lo que está pasando ahora, se necesita tiempo, ensueño, desvíos, metáforas, trabajo, lo opuesto a hablar rápido”.

Y ella también se reencontró con los libros. Y con los museos, como mencionó a título de cierre de la charla: “Visité un museo y copié una frase que Tériade (editor, crítico cultural) le escribió al pintor Henri Matisse durante la guerra: ‘Ahora que todo es más difícil, ahora es el momento de hacer las cosas más difíciles. Sueño con un libro flor’”.

Y cerró: “Este es el momento de hacer las cosas más difíciles y las más simples: compartir libros flor, bibliotecas jardín, reunirse para leer el mundo más intensamente con más atención a los detalles, gracias al arte y la ciencia, ahí donde es poética, la literatura. Conversar, escuchar, reír, también llorar, pensar, abrir el mundo. Es decir, la importancia de estos días de foro”.

Fuente: Télam/Infobae

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