Por Hermann Bellinghausen

— Puede ser fácil olvidar la gentileza, los actos sutiles y las palabras medidas cuando uno vive en el encierro con otras personas. Una lectura optimista y voluntarista de las actuales cuarentenas escalonadas en el mundo entero las presenta como una suerte de hibernación, una latencia, una oportunidad. Según esto, saldremos reformados, dispuestos a cooperar, fortalecidos. Cuánto extrañamos dar abrazos, conocer gente nueva, transitar despreocupadamente entre desconocidos. Pero mientras del porvenir nada sabemos, sí del presente, que no sólo por buenas intenciones encuentra empedrado su camino, sino también por tedio, hartazgo emocional, vacíos del pensamiento o los bolsillos. En los jóvenes deben agitarse unas ganas insufribles de huir y estar en otra parte. De manera tenue y domiciliada vivimos la experiencia de los presos de verdad, recluidos por tiempo indeterminado antes de recibir sentencia y conocer su plazo, si alguno les queda por cumplir.

El panorama definitivo de la pandemia a escala doméstica está por verse, pero hay ventanas por las cuales se perciben indicios de los niveles de infierno que atraviesan muchas personas. En las ciudades mexicanas, la capital sin ir más lejos, las viviendas son en su gran mayoría, deja tú modestas, reducidísimas, los servicios en mal funcionamiento, personas y perros hacinados o en inevitable cercanía a merced de amarguras, miedos, deseos reprimidos, violencias soterradas que el aislamiento frustra o exacerba, bajo la certeza de que mañana esas mismas gentes seguirán allí.

El presidente de México intenta, como lo hacen otros, transmitir confianza y quedar bien mientras gana tiempo, pues él tampoco sabe cómo se van a poner el país y el mundo que apenas entran en una recesión inédita. A los datos uno supone realistas que registran un aumento de denuncias por abusos o discriminación, los políticos oponen promesas y los minimizan.

No podemos generalizar lo que sucede en centenas de miles de hogares y sitios de habitación. Pocas soledades son absolutas, y las privilegiadas se pueden considerar bendecidas. Porque, dicho con Jean-Paul Sartre, el infierno son los otros. Los círculos que lo componen se rastrean mejor en la sencillez escénica de A puerta cerrada (1944), estrenada en plena guerra europea, que en la densidad simbólica y moral de los círculos que Virgilio le mostrara a Dante.

Inés, Estelle y Garcin son de pronto puestos en una misma habitación. Los tres se portaron mal y ahora están en el infierno. A lo largo de la obra conocemos cómo murieron y qué clase de fichitas eran.

Garcin confiesa las torturas a las que sometía a su mujer. Inés le pregunta (casi dulcemente, apunta el autor) por qué la hacía sufrir. Él responde: Porque era fácil, bastaba una palabra para hacerla cambiar de color. De inicio, el trío de condenados intenta congraciarse, con escarceos de ligue y todo, pero les resulta más fácil odiar. Celos, rencores, envidias, desprecio. Los personajes de Sartre, a diferencia de la mayoría de nosotros, son malas personas y lo admiten. Por mucho que les desagrade, saben que merecen estar ahí, sin timbre que tocar ni puerta que se abra. Ni caso tiene esperar a Godot, nadie vendrá. Inés reconoce: Yo soy mala; eso quiere decir que necesito el sufrimiento de los demás para existir.

A puerta cerrada permite a Sartre elaborar con inmediatez cotidiana sus complejas y a veces contradictorias ideas filosóficas. Documenta el pesimismo, si se quiere, de los existencialistas bajo la ocupación alemana. Guerra en muchos frentes, holocaustos en curso, hambrunas, epidemias, violencia descontrolada, y en los mejores casos, heroísmo o muerte. La pesadilla que imagina es la del encierro insomne con los otros, que odian y traicionan.

En fechas recientes, al menos dos sicoanalistas me confiaron que durante esta temporada de sesiones a distancia, mediante aplicaciones e Internet, el mayor tormento de muchas personas es su convivencia con quienes comparten el encierro. No todos poseen paciencia, capacidad o voluntad conciliadora. O no todo el tiempo. Tampoco se trata, desde luego, de malas personas como las de Sartre, pero son al fin personas. Uno de estos amigos analistas lo resume así: Se la están viendo cabrona.

Malos tratos, intolerancias en lo nimio, agresiones incluso sexuales. Hay niños y niñas expuestos a peligros y ambientes intoxicados que, si acaso ya existían, no eran continuos. Parejas y familias malavenidas a las que de pronto se les cerró la puerta y ahí te veo hoy, mañana, pasado mañana. Añádanse las inestabilidades mentales, que como los dolores de muelas y otros problemas de salud están por ahora desatendidos. Pero los desequilibrios no esperan.

No todos la tienen igual de fácil, o menos difícil. Dichosos pues los que ahí la llevan.

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