G. Ángeles: “Tras un dulce silencio”

Por Guadalupe Ángeles

I. Apuntes

Densamente. Tengo en mis manos el mundo que es tu cabeza. Sin luz todo lugar que no habitamos. Luz somos. Tengo en mis manos tus pensamientos que son mis pensamientos. Y al diablo el mundo. Eres tú. Soy yo. Concretamente. Densamente. Abre. Sal. Quédate. Sabes que no habrá poder en el mundo… otra vez el mundo… al diablo el mundo.

            Atesorarte.

            Desollarte.

            Sabes que me refiero a lo blandengue; a lo duro; a lo inmortal. Somos inmortales solo si tú quieres. Si hablo, y despojas tu ser de todo lo que no eres tú. Como aserrar una nube, como escribir en la delgada película que sobre el lago nos muestra la eternidad de que seremos capaces, solo si quieres: Esta es la vida. Esto es ser: nosotros. Toco el temblor en tu voz. Toco la duda, un fuego respira bajo tus palabras, devoradoramente nuestras. Tuya, mía, esa luz. Sientes, lo sé, la claridad del camino, abre al aire tus alas. Templado. Quieto. Entre las nubes que multiformes crean todo lo necesario para estar y ser solamente ese vuelo inmóvil. Sabes que me descalabraría. Que si sí. Alucinaremos. Alta la noche. Desierto el mundo. Para siempre monologando.

            Encontrar la mejor manera para rescatarte de ti. De ese abismo vienes, de ese abismo donde nos mezclamos, tanto acallar lo que grita, pero es así: lava, ambos, fuego líquido. Voraz.

            Si quieres mirar el mundo hazlo, yo me quedo en mis palabras que son tuyas, las más profundas, aquí te espero. Ven.

            Para decir al mundo: no más.

(Para efectos prácticos la situación es la siguiente: Ella ha tomado el teléfono, le dice sí, él le habla a la parte lógica de ella, la cual promete, con total sinceridad, aceptar la decisión que por supuesto no le conviene, o al menos eso cree.

El lugar desde el que ella habla es una oficina sin ningún detalle que la haga diferente a miles de lugares que son todos el mismo, porque los escritorios están demasiado cerca unos de otros, donde llegan personas más bien asustadas que se van de allí lo más pronto posible, y se ve siempre por los pasillos a los que a diario checan en un aparato electrónico o una clásica tarjeta amarilla, luego de ese gesto, solo en apariencia mecánico, cumplen con los ritos que se acostumbran en los millones de oficinas que existen en el mundo.

Si acaso quisiera llevarse a escena esta historia, veremos que él está en una ciudad a donde ella no podría llegar caminando, a menos que se decidiera a invertir varios días en ello, él tiene un poco de tiempo, la piel ligeramente morena, un rostro ovalado y manos grandes, es alto; por si fuese necesario imaginarlo cuando contesta la llamada, pretende conservar la calma, eso se nota en su forma de argumentar de manera clara lo que piensa, mientras ella escucha y asiente con la cabeza pegada al teléfono en la oficina cualquier día entre semana, no sería posible saber si es de día o de noche, porque no importa).

08/2/07

II

Destino justo o injusto, es: Te amo. Huele en el aire las flores blancas ¿“huele de noche” las llaman?, quizá por ellas tu corazón va a dar a esa terrible historia que te cuentas siempre antes de dormir, y las palabras con que fabricas la existencia falsa de otra realidad hacen moverse a mis cabellos como el viento del atardecer. Dibuja esa leyenda a la orilla de tus sueños. Hazlo. Para mí es importante que te digas todo cuánto tienes que decirte antes de que empecemos a mirarnos, de esa manera definitiva y profunda, en la que no habrá ninguna duda, ¿has escuchado el silencio, se ha deslizado una dulzura en tu lengua?, una sensación así será comprender, en la transparencia de tu mirada brillará la verdad: la realidad es más ambiciosa que tus sueños.

 Si aprisiono entre mis dientes, levemente, el borde de tu mentón mientras la noche te come la conciencia, tal vez quieras también tocar con tu lengua el hueco de mi mano, la orilla de mi voz. Soy tu destino. Hombre impar. Desesperado por encontrar la raíz que te ate a la tierra en la que eres extranjero: tu individualidad. Pero no imagines que naciste con dos cabezas, no, somos uno, pero en distintos cuerpos, nada que temer, te lo aseguro.

            Piensa que tus manos perciben cómo es la piel de un árbol cuyas ramas se extienden, desde tu infancia hasta el día de hoy, cree en la eternidad del instante; sí, aunque suene ilógico, empieza por mirar la inmensidad frente a ti, ese océano pleno de iridiscencias de jade, exento de quietud, y te darás cuenta que no es tan difícil, entenderás poco a poco que el destino no se puede variar, ¿eso te asusta? No tienes por qué, cree, solamente.

            Abastécete de certezas, si quieres, nombra espías que se introduzcan en mis sueños, dales permiso a los verdugos de acecharme, diles que me tomen de ambos brazos, han de llevarme a la horca, hazlo, yo permanezco libre, amándote.

            Áurea, iluminada como si un sol por dentro me comiera toda la oscuridad. Mírate, nadie negará, al verte, que te pasa lo mismo. Hombre renuente. No ganas ni pierdes: estás. Allí radica la maravilla, es cuestión de que penetres en ti mismo. Hazlo.

Estás buscando la manera de conocerme. Preguntas a otros, me parece verte haciendo mapas hacia el interior de mi cabeza, es decepcionante la manera en que lo haces, la principal duda, al parecer, es que no podrás preguntarme, o sencillamente desconfías de las palabras, tal vez eso te defina como una persona lúcida ¿quién en su sano juicio confía en las palabras?, no tú ciertamente. Da lo mismo.

Ahora, mientras lees, tienes el suéter negro que tanto me gusta, y está bien, tú estás bien, en cuanto termine de preparar la cena iré hasta ese, tu sillón favorito, besaré tu cabello negro y volverás a la realidad, como quien tras un sueño ve la tibieza del sol. Creerás que quizá algún día te sea dado conocerme, que tal vez tus investigaciones tendrán el resultado que esperas, por ahora –en ese futuro inmediato, en el que te pones de pie y vas a lavarte las manos— aceptas el misterio de vivir con una mujer ineludible.

(Para efectos prácticos la situación es la siguiente: los esposos beben una taza de té, más tarde habrán de cenar, han terminado de estar solos, se miran, en sus ojos brilla un distinto amor.)

III. Afantasmarse

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.

Juan José Arreola

Ven, comeremos yerba, no temas, cada acto de tu vida se va escribiendo y la tinta violeta no habrá de disolverse sin que se vacíen por ello tus venas, yo soy quien te ve ahora y anota la rabia que se te destila, que violenta, llega a deshacer tus crenchas en suaves hilos de saliva, te muestras, eres oscuro, si lo sé yo, lo sabe la lluvia que nos descoyunta esta mañana donde solo ayuna la tristeza, al tiempo que se nos abren las fauces del limbo, tanta blancura y nosotros tan oscuramente nosotros sin posibilidad de cambiar de intenciones, ya lo sabemos, por eso la yerba. Descansa de tus recuerdos. Fueron encendidas todas las lámparas de la noche en el instante del beso, pero nada es cierto, lo afirmo hoy, mientras el sol nos mira, te devuelvo ahora el talismán, dame tu mano grande, dame el perfil de tu cadera otra vez, escupe la historia, bebe la miel, escupe el ácido que distrae tus pensamientos y se transforma en manto iconoclasta que destruye las semillas de tu sueño, nada soñarás después, hemos establecido, tu silencio y mi demoníaca tenacidad, los lugares donde ha de morir tu alegría, ¿era necesario? Solo porque las mentiras no son tus amigas, pero caminaremos, vendremos desnudos sobre la arena de mi sueño, lívidos, extranjeros de la suave y silenciosa, deslumbrante brisa, que nos abruma dentro y fuera, vamos, veamos, verás… dejemos al crimen sonreírnos desde el umbral, toma mi mano, yo te doy la sangre necesaria, rescatémonos, que la bárbara misión de nuestros cuerpos es la de habitar todo desierto con la natural ironía de los asesinados, si nuestra fe ha sido deshecha contrarrestaremos ese vacío que nos come con el gesto de quien bebe su propia sangre, si no, no seremos.

(Para efectos prácticos: La mujer saca el delgado instrumento del corazón del hombre que sangra).

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