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32 años del martirio de los jesuitas del Salvador

Por Juan José Tamayo/ Religión Digital

Hoy quiero recordar en un acto de memoria histórica aquella fatídica madrugada del 16 de noviembre de 1989 en la que fueron asesinados con premeditación, nocturnidad y alevosía los jesuitas Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Juan Ramón Moreno, Amando López y Joaquín María López y López, la empleada doméstica Elba Ramos y su hija Celina, de 15 años, por militares integrantes del sanguinario Batallón Atlacatl, muchos de ellos formados en la Escuela de las Américas, en cumplimiento de la orden del Estado Mayor del Ejército de El Salvador.

Voy a hacerlo en esta ocasión teniendo como guía la excelente novela ‘Noviembre’, de mi amigo el escritor salvadoreño Jorge Galán, publicada por Tusquets Editores en 2016 y galardonada con el Premio de Narrativa de la Real Academia Española por ser “una novela y una construcción literaria llena de verdad histórica y humana”.

Jorge y yo nos reencontramos en San Salvador durante mi último viaje al país centroamericano en noviembre de 2019 cuando fui invitado a participar en el Congreso-Homenaje dedicado a la figura, la obra y el pensamiento de Ignacio Ellacuría con motivo del 30 aniversario de su asesinato, cuyas conferencias han sido publicadas en el libro ‘Ignacio Ellacuría’. 30 años después, dirigido por Héctor Samour y Juan José Tamayo (Tirant lo Blanch, Valencia, 2021).

La novela aporta luz sobre los hechos y se adentra en otros crímenes contra personas religiosas de El Salvador como el jesuita Rutilio Grande y los seglares Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemos (asesinados el 12 de marzo de 1977), monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador (asesinado el 24 de noviembre de 1980), canonizado en 2018 por el papa Francisco, las religiosas Ita Ford, Maura Clarke, Dorothy Kazel y la misionera seglar Jean Donovan, de Estados Unidos (asesinadas el 2 de diciembre de 1980).

La novela recoge el testimonio de Alfredo Cristiani, entonces presidente de El Salvador, que reconoce la autoría militar de los crímenes de los jesuitas. El novelista se vio obligado a exiliarse del país por las amenazas de muerte recibidas. La obra se caracteriza por un insobornable compromiso ético, una profunda sensibilidad hacia el sufrimiento de las víctimas, la valentía y el coraje para denunciar a los autores materiales y a los responsables intelectuales, a quienes pone nombres y apellidos.

Volví a leer el libro en mi última visita a San Salvador recorriendo de nuevo algunos de los escenarios donde sucedió el óctuple asesinato. Visité las aulas donde impartían clases los profesores asesinados. Conocí la residencia donde vivía la comunidad de jesuitas. Toqué el césped del “Jardín de las Rosas” donde se encontraron los cadáveres, así llamado porque en él plantó Obdulio, esposo de Elba y papá de Celina, un círculo de rosas rojas y en el centro dos rosas amarillas en memoria de su hija y de su esposa. Entré en la capilla y me detuve ante sus tumbas.

Visité el Memorial de los Mártires del Centro Monseñor Romero donde están expuestos algunos de los enseres personales de las personas asesinadas, entre ellos el libro empapado en sangre El Dios crucificado, del teólogo alemán Jürgen Moltmann, que se encontraba en la estantería de la habitación de Jon Sobrino y cayó al suelo al ser arrastrado el cuerpo de Juan Manuel Moreno hacia esa habitación. Es todo un símbolo en plena sintonía con la teología histórica de los pueblos crucificados, a quienes hay que bajar de la cruz, elaborada por Ignacio Ellacuría, para quien la realidad histórica de los “pueblos crucificados” constituye el lugar social y hermenéutico de su teología.

Sobre el tema recomiendo la lectura del libro La realidad histórica del pueblo crucificado como lugar de la teología. ‘Reflexiones sobre el lugar hermenéutico de la teología en el pensamiento de Ignacio Ellacuría’, del teólogo austríaco Sebastian Pittl, actualmente profesor de teología en la Universidad de Tubinga (Alemania), editado por la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría, de la Universidad Carlos III de Madrid (ADG-N, Valencia, 2013).

Aquella madrugada del 16 de noviembre los militares entraron en la UCA con la voluntad de eliminar a su rector, Ignacio Ellacuría, una de las figuras más relevantes de la teología y de la filosofía de la liberación, y a sus compañeros jesuitas, prestigiosos intelectuales que analizaban críticamente la realidad del país centroamericano desde diferentes disciplinas: ciencias sociales, psicología social, economía. filosofía, teología, teoría política, derechos humanos, etc. El múltiple crimen, la autoría militar del mismo y la forma irracional como se produjo conmovieron al pequeño país centroamericano de El Salvador, a América Latina y al mundo entero.

Mientras releía la novela y recorría los lugares de la vida y la muerte de las personas mártires me rondaba a cada paso una pregunta que ciertamente no era retórica: ¿Por qué los mataron? Y topé con varias respuestas, a las que sumaré la mía propia. Para los sectores eclesiásticos salvadoreños aliados con la oligarquía y el poder político, el asesinato se debió a que los jesuitas se habían alejado de su misión pastoral y se habían implicado en la actividad política del lado de los guerrilleros revolucionarios. “¡Se lo tenían merecido!”, me imagino que pensaban para sus adentros. Algunos obispos responsabilizaron al FMLN del asesinato y así lo transmitieron al Vaticano, aun cuando fuera una versión inverosímil y totalmente infundada.

Jon Sobrino, compañero de las víctimas, que se libró de la muerte por encontrarse fuera de El Salvador, piensa de manera muy distinta: los mataron “porque analizaron la realidad y sus causas con objetividad. Dijeron la verdad del país con sus publicaciones y declaraciones públicas. Desenmascararon la mentira y practicaron la denuncia profética. Por ser conciencia crítica de una sociedad de pecado y conciencia creativa de una sociedad distinta, la utopía del reino de Dios entre los pobres. ¡Y eso no se perdona!”.

Comparto la respuesta de Sobrino, a la que añadiría otras: los mataron por haber vivido el cristianismo no como opio del pueblo, sino como liberación de los oprimidos, por denunciar la triple alianza del poder político, económico y militar, por trabajar por la paz y la justicia desde la no violencia en un país inmerso en el infierno de la muerte, por anticipar con su estilo de vida la utopía de otro mundo posible, por ser sinceros para con el Dios de la vida, auténticos en el seguimiento de Jesús de Nazaret el Cristo liberador y el proseguimiento de su causa, honestos con la realidad y coherentes en su estilo de vida austera.

A Ellacuría lo mataron, responde Eduardo Galeano, “por creer en esa imperdonable capacidad de revelación y por compartir los riesgos de la fe en su `poder de profecía’”. Poder de profecía que no consiste en adivinar el futuro a través de artes nigromantes, sino en la denuncia de la violencia estructural, que es la violencia primera, la originaria, se encarna en las instituciones políticas, sociales y económicas, generadoras de la injusticia en todos los órdenes, y es legitimada política e incluso legalmente, como repetía Ignacio Ellacuria, y la propuesta de otro mundo posible.

La novela ‘Noviembre’ profundiza en estas causas y suma otra más, que sin duda es la clave política de los asesinatos. En un ejemplo de honestidad intelectual y de búsqueda de la verdad desde la historia y la ficción literaria. Jorge Galán cree que los mataron porque estaban construyendo puentes de diálogo entre el gobierno y la guerrilla para la paz, y los militares dinamitaron salvajemente dichos puentes.

Treinta y dos años de la matanza de la UCA
Treinta y dos años de la matanza de la UCA

De la muerte de las personas asesinadas en El Salvador creo se puede decir lo que afirma de Ellacuría el filósofo Carlos Molina, profesor del Departamento de Filosofía de la UCA: “dio pie al surgimiento de un conjunto de pensadores –teólogos, filósofos, escritores, comunicadores- alrededor de su obra. Asimismo, muchas comunidades de creyentes y no creyentes, comprometidos con la emancipación humana, encontraron en la vida y muerte del jesuita una razón y una inspiración para luchar”.

Y continúa: “Se trata de una esperanza que surge de la radical desesperanza y una ‘buena nueva’ que no por ser lúcida sería menos dolorosa… Considero que esa muerte en que culmina la obra ellacuriana marca una dirección reflexiva que clava una de las líneas más certeras en la vida de otros profetas de nuestras tierras [Monseñor Romero y Roque Dalton], que pudo conjugar la esperanza con la denuncia de las injusticias situándose en el lugar de los pobres y excluidos”.

Vida, pensamiento, praxis liberadora y muerte son inseparables en las personas mártires de El Salvador. Por paradójico que parezca, la muerte dio sentido a su vida. Su pensamiento constituye la más auténtica interpretación de su vida en clave liberadora como seres-para-los-demás. Su compromiso por la justicia es la narrativa alternativa al discurso de la dominación, la dependencia y el subdesarrollo impuestos por el Norte global a los pueblos del Sur global.

La práctica profética que les condujo a la muerte, compartiendo la suerte de los profetas y profetisas de Israel, del profeta Jesús de Nazaret y de tantas personas luchadoras por la justicia social, cognitiva y ecológica, abrió las veredas de la paz y activó los procesos de reconciliación, el final de la guerra y los acuerdos de paz firmados entre el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional y el Gobierno en 1992 en el Castillo de Chapultepec, en México.

Dichos acuerdos lograron silenciar las armas, pero no eliminaron la violencia estructural, causante de la injusticia y la desigualdad, crecientes hoy en el mundo, y legitimadora de los diferentes sistemas de dominación: neoliberalismo, colonialismo, patriarcado, neofascismo, depredación de la naturaleza, racismo, xenofobia, aporofobia y fundamentalismos de todo tipo.

Para una profundización sobre la figura, el pensamiento y la obra de Ignacio Ellacuría remito a la obra ‘Ignacio Ellacuría. 30 años después’, dirigida por Héctor Samour y Juan José Tamayo (Tirant lo Blanch, Valencia, 2021), en la que colaboran 40 especialistas en la filosofía y teología de Ignacio Ellacuría.

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